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El milagro de hacer medicina en un pueblo de Angola

Este reportaje sobre Angola está incluido en #LaMarea51

CUBAL, ANGOLA // “¿Alguno de vosotros ha vivido una guerra?”. Agostinho Pessela lanza la pregunta a un grupo de españoles delante de su bar tienda mientras beben Cucas, la cerveza original de Angola. La luz del establecimiento es la única señal eléctrica en muchos metros a la redonda. Solo algunas linternas difusas salpican la oscuridad, magnificada por el ladrido de los perros. Los niños juegan sin hacer caso a la noche. “Pero hablo de vivir una guerra de verdad, de tener que salir corriendo”, prosigue Agostinho recogiendo los brazos y el cuerpo hacia su corazón en un movimiento abrupto, como si esquivara un disparo, una bomba. La tierra ensucia sus pies enchancletados a medida que los encoge hacia las pantorrillas. Arriba, la vía láctea, observa la escena con una nitidez que asusta. En cualquier momento –parece– millones de estrellas pueden venirse abajo. Agostinho tiene 42 años: en 27 de ellos, más de la mitad de su vida, estuvo haciendo esos mismos ademanes para protegerse de una guerra extendida a lo largo de diez años, y otros diez y diez más y otros diez. Cuatro décadas.

La tienda recuerda a los ultramarinos de otros tiempos en España, donde el trigo y los garbanzos salían de grandes sacos a granel hacia las bocas hambrientas de otros 40 años de dictadura. Estanterías al fondo y un mostrador alto. “Ha habido una evacuación por un brote de malaria. Más de 18.000 mosquiteros serán repartidos”, avisa un titular en la parte baja de una tele pequeña mal sintonizada. Nadie lo ve. Nadie lo lee. Una niña desdobla de su mano un billete de 100 kwanzas, 25 céntimos de euros al mejor cambio. Compra una vela. Agostinho vende todo lo que puede llegar a Cubal, un pueblo de 300.000 habitantes en el centro de Angola. “De noche soy comerciante y de día soy médico”, dice con una amplia sonrisa de dientes muy blancos, lo poco que a esas horas ilumina su rostro negro. Al día siguiente presentará un estudio sobre la rabia en unas jornadas científicas organizadas por el Hospital Nossa Senhora da Paz, un centro de la red pública gestionado por las Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús que mantiene desde hace diez años un convenio con el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona.

El sol sale a las seis en Cubal. El ruido de las motos sobre los baches de tierra simula el bostezo de una ciudad que duerme poco. Hay bullicio a la entrada del hospital, un rellano con varias instalaciones y algún baobab en medio. Allí llegó Agostinho hace dos décadas, cuando no sabía nada de Medicina. Hoy es el adjunto de la Dirección Clínica. Tiene cinco hijos. Florentina, la mayor, se prepara para hacer las pruebas de acceso a la carrera. Él no tiene título, como casi todos los médicosdel centro. La mayoría, explica el director general del hospital, Ignacio Puche, se han formado como técnicos de salud y en el camino, por las peculiaridades del contexto, se han visto en la necesidad de asumir responsabilidades clínicas. “Algunos de ellos han superado con creces las expectativas en cuanto a sus capacidades y su desempeño”, explica. Quienes conocen a Pessela afirman que posee la cátedra de los que aprenden a base de la experiencia.

Agostinho Pessela, en el hospital. O. CARBALLAR

Aquí no se curan resfriados. Aquí las enfermedades tienen nombres serios. Se llaman malaria, tuberculosis, se llaman cólera, se llaman rabia, se llaman lepra, se llaman sida. Aquí se concentran casi todas las patologías olvidadas –desatendidas en la clasificación de la OMS–. Y cuando no saben cuál es su nombre tampoco saben que están enfermos. Aunque crean que orinar sangre es normal. Están enfermos. Aquí, lo que se podría curar con una pastilla, se complica hasta la muerte por falta de conocimiento, de saneamiento, de inversión y educación. Por el círculo vicioso de la desigualdad y la pobreza, paradójicamente, en uno de los países africanos con más riqueza per cápita. El gasto en salud en Angola apenas supera el 3% del PIB, la esperanza de vida no alcanza los 55 años y uno de cada seis niños no llega a los cinco. En estas condiciones se hace medicina en Cubal, donde el 70% de la población no tiene acceso a agua potable y solo el 12% dispone de letrinas. Las enfermedades infecciosas y la desnutrición son el pan nuestro de cada día.

De campo de refugiados a hospital de referencia

“Esto empezó siendo un dispensario en 1973. De aquí para abajo era todo tiendas de refugiados“, señala la doctora Milagros Moreno, 60 años. Ella inició hace 26 este viaje a lo desconocido, una aventura de amor, como titula el libro que está a punto de publicar. Milagros nació en Melilla y se licenció en Barcelona, donde se especializó en Pediatría. En la sala de desnutrición hay ocho niños. Una madre muestra a la enfermera las llagas que a su hijo, de menos de dos años, le comen el cuerpo. Es un caso grave. La mujer llora porque asegura que no tiene nada que darle de comer. Sofía Rodrigues, una médica voluntaria portuguesa, mira impotente a Milagros, que insiste en que tienen que hacer pedagogía con las madres. “Echa el huevo, bátelo muy bien y se lo dais mezclado con leche”, pide la doctora. Milagros, durante 25 años directora general del hospital, es de esas personas a las que no les gusta posar ni las poses. Ha visto de todo. Ha operado de todo. Ha trabajado sin descanso. Y ha llorado sin parar. Cada día se levanta a las cuatro de la mañana. Y después de misa de las seis, al hospital.

Una mujer abraza a su hijo en una sala del Hospital Nossa Senhora da Paz. O. CARBALLAR

“Vamos a ver si ha subido algo de peso”, confía junto a una cuna con una bolsa de cacahuetes molidos en la mano. Paulino tiene once meses y pesa tres kilos. Su madre lo acurruca en una tela estampada de flores. Con delicadeza, Milagros descubre al bebé y posa sus huesos en la balanza, colgada del techo. La aguja se mantiene impasible en los tres kilos. El pequeño también tiene tuberculosis. “Vamos a ver si mañana sube algún gramo más”, consuela a su madre. Estos días, Jorge Cordón, un cocinero voluntario, ayuda a preparar menús nutritivos. “Ten mucho coraje”, le pide a Paulino, que la mira con más profundidad que sus ojos hundidos. En otra cama, un niño sufre una convulsión. En una cuna, una niña y su madre duermen abrazadas. Milagros no se rinde con facilidad. Reclama recursos cada vez que una autoridad visita el centro. Dice que sin un trabajo en conjunto, nada aquí es posible. “Estoy disfrutando tanto…”, comenta en un descanso de las jornadas. “Es que he aprendido mucho sobre el carbunco”, desvela con la misma felicidad que una niña pequeña. Su ponencia versa sobre esta enfermedad zoonótica con un 29% de mortalidad en la zona.

En el camino para que un campamento de heridos de guerra esté hoy realizando estudios punteros en este país se cruzó Israel Molina, el director de la Unidad de Medicina Tropical del Vall d’Hebron. “Yo viajé a España porque mi hermano estaba enfermo y el nefrólogo, que conocía a Israel, me lo presentó. Él tenía un proyecto para Sierra Leona. Pero al cabo del tiempo, me llamó, me contó que lo de Sierra Leona no había salido y me preguntó si podía venir”. Israel cogió su mochila y atravesó más de medio continente para llegar a aquel lugar recóndito ubicado en la misión católica de Tchambungo. Una vez que aterrizas en Luanda tras ocho horas de avión, quedan diez horas más de autobús hasta Benguela, la capital de la provincia. Y aún no hemos llegado. Faltan tres más para ver las primeras casitas de adobe de Cubal.

Romeo y sus amigos juegan delante de varias chozas. Están descalzos. Tienen entre 11 y 13 años. Ven los mismos amaneceres, atardeceres y anocheceres todos los días. Son terriblemente bellos. Pero no verán otras bellezas en toda su vida. Ni otros horizontes. “Hacer medicina aquí es un desafío constante. Hay que venir al terreno a investigar para transformar y mejorar la vida de la gente. El objetivo ahora es atraer a talentos, que vengan las generaciones de médicos que están saliendo de la facultad y que la universidad y los hospitales trabajen juntos y que sean ellos los que sacan esto adelante”, reflexiona Molina tras un viaje relámpago a la Universidad de Benguela, donde ultima los detalles para construir un futuro centro de investigación junto al hospital. De 42 años, antes que por África, conoció por su madre, emigrante sevillana en la posguerra, lo que es la pobreza. “Libertad”, reza su camiseta. Es lo único que reza. Ateo confeso, creyó en Milagros y así comenzó el milagro de hacer medicina todos los días en Cubal. No ha sido fácil llegar hasta ahí. El centro de investigación será construido a la espalda del centro de tuberculosis, una referencia en Angola.

Adriano Zacarías es uno de los pacientes que logró salvar su vida. No trabajaba. No tenía estudios. Tras superar la enfermedad, continuó formándose observando a miles y miles de pacientes. Treinta años después, es el responsable de la unidad. Su hija mayor está estudiando la licenciatura de Análisis Clínicos: “Aquí está el tchambungo pero yo quiero que mi hija vea otras cosas, vea más lejos de lo que yo pude ver y si quiere que vuelva después para que podamos aprender de su experiencia”. Para poder pagarle los estudios, la mujer de Zacarías se ha puesto a vender zapatos de segunda mano en el mercado.

Un enfermero atiende a pacientes en la unidad de tuberculosis. JESÚS ROBISCO

La unidad de tuberculosis tiene 70 camas y una ampliación añadirá espacio para 40 internos más. Al año pasan unos 700 enfermos. En algunas de sus paredes lucen dibujos infantiles esperanzadores. Ana, antigua paciente, inventó una canción: “Doctor Zacarías me cura o tumbe, há que ter valor para apanhar pica (en portugués, hay que ser valiente para aguantar las inyecciones)”. Los enfermos yacen tendidos en camas bajas cubiertas por mosquiteros. Hace calor. Tosen y se les ve las costillas. Con un 20%, las infecciones respiratorias representan la primera causa de muerte en Angola. “Esta realidad existe”, confirma Zacarías en uno de los dos momentos en los que pierde la sonrisa. En el otro habla de su otra hija. Ella no superó la enfermedad, que se convirtió en multirresistente, cuando la bacteria ya no responde a los tratamientos convencionales. Tenía 11 años. En ese tiempo no disponían de medicamentos para aquella fase, denominados de segunda línea. En ese tiempo, las hermanas pidieron la medicación a España. Y llegó. Llegó a Angola. Pero no a Cubal. El conductor tuvo un accidente por el camino. La pequeña murió un mes después.

Es mayo de 2017 y tampoco hay fármacos de primera línea, explican en la sesión clínica que abre cada día el trabajo en el hospital. En la de hoy participan también los médicos españoles que han venido a las jornadas. Torres atiende sin pestañear. Lleva zapatos blancos y marrones como una estrella del jazz negro de los años 20. En realidad no se apellida Torres. Torres se llama Alberto Filipe. Lo de Torres le viene por el histórico jugador del Benfica. Lo que resulta incomprensible, a la vista de su parecido de verdad, es por qué nadie le puso doctor Mandela. Cuenta Eva Gil, del Vall d’Hebron, que a ella este hombre la ayudó mucho: “Cuando llegué no sabía nada. No tenía ni idea de las enfermedades que había aquí”. Eva vino por dos meses en un primer viaje. Luego de voluntaria, y ahora lleva dos años en la zona. “A veces me preguntan cosas y no sé qué responderles. Son médicos, solo les falta el título”. Cuenta también que Armindo Zaje, que acaba de licenciarse, llama “jefe” a Pessela.

El doctor Armindo es joven, tiene 26 años y lleva un solo mes en el hospital. Calza deportivas y viste vaqueros rotos. Él y Nicolau Maliengue son los dos únicos médicos angoleños titulados en el centro. La primera generación en Benguela y Huambo, las dos ciudades más cercanas, data de 2013. “Lo peor es hacer entender a las personas que tienen que venir a tratarse”, reflexionan. O ver cómo un joven cualquiera con una neumonía no tuberculosa en una situación estable muere en menos de 72 horas. O cómo roban medicamentos para comerciar con ellos en la calle. La sesión clínica está presidida por las enormes manchas blancas que presentan las radiografías. A la salida del cónclave, los médicos del Vall d’Hebrón muestran su admiración por la evolución de estos profesionales, que de no tener futuro han pasado a jugar un papel fundamental en el futuro de los demás a través de la ciencia.

Una sesión clínica antes de comenzar el trabajo del día. O. CARBALLAR

Trabajar sin fármacos

Arleth Nindia es feminista. No tiene miedo. Tiene cinco hijos y los mismos resortes que Rosa Park para sentarse en su puesto de trabajo. Es la responsable del laboratorio. Con traje de chaqueta entallada y pantalón beiges, con un moño alto en su cabeza y unas sandalias de cuñas blancas en sus pies presenta un estudio sobre patologías parasitarias intestinales, casi todas prevenibles y tratables. El 44% de la prevalencia se da en niños. “Tomen nota”, advierte a las autoridades allí presentes con la autoridad que la confianza en una misma otorga. Arleth no es solo la jefa del laboratorio. Artelth es la jefa de un grupo de hombres, que habla de parásitos por la mañana y de las preocupaciones por sus hijos adolescentes por la tarde. Si Arleth hubiera nacido en España, habría tenido un hijo –”en vuestro país solo se tiene uno o dos”, reflexiona–.

Domingas Piedade, 43 años, es la responsable del banco de Urgencias. Al principio, no quería asumir el puesto. “Yo quería ser solo enfermera”. Al final, consultó a su entorno y aceptó. Si Domingas hubiera nacido en España, como Arleth, sus vidas serían otras. Pero nacieron en Cubal, como todos ellos, como todas ellas. Y hay que ser pobre y negro para saber cuántas veces te pueden dar un porrazo solo por intentar algo tan sencillo, que escribía Billie Holiday en sus memorias. Helena Malessu, 52 años, es la limpiadora del laboratorio. Procedente de Ganda, llegó al hospital con dos hijos desnutridos. Tiene tres más. Después se quedó a trabajar. Es curiosa, todo le interesa, quiere saber cómo son otras vidas lejos de la suya. “La pobreza es no tener oportunidades, la pobreza es no poder ir a la escuela, la pobreza son las consecuencias de la desnutrición, de la anemia, de unas enfermedades que afectan al desarrollo intelectual de los más pequeños”, señala Cristina Bocanegra, médica de la unidad catalana. Durante dos años también trabajó en este rincón de Angola. Hay pocas personas que no griten a su paso con alegría: ¡Doctora Cristina, doctora Cristina! Los niños se arremolinan en sus pies. En un estudio sobre la esquistosomiasis demostró una alta prevalencia de la enfermedad en la zona hasta ese momento desconocida.

Arleth Nindia, en el laboratorio. O. CARBALLAR

Aparatos revolucionarios

El número de pacientes ingresados anualmente en el hospital oscila entre 5.000 y 6.000. Unas 25.000 personas son atendidas de forma ambulatoria. En las consultas externas, Raquel María Mateus Filipe, 55 años, responsable del programa de VIH-SIDA, atiende a una niña de 11. Se contagió de VIH tras una transfusión, tuvo tuberculosis a los cinco años, luego otra infección grave y ahora puede que la tuberculosis haya vuelto para quedarse. Espera quieta, en el regazo de su madre, seria, con el miedo metido sin saber muy bien dónde. Se llama Angelina. A la mañana siguiente, harán la prueba definitiva mediante una técnica que permite un diagnóstico más sensible y detecta la resistencia a los fármacos antituberculosos. El aparato revolucionario se llama genexpert y ha llegado a Cubal gracias a un acuerdo con la Fundación Probitas, que en los próximos días firmará un convenio para mejorar las condiciones del laboratorio. “Es que, por ejemplo, no pueden tener algo tan básico como un banco de sangre en condiciones correctas porque no hay luz ni agua las 24 horas. En un lugar en el que cinco de cada cien personas muere como consecuencia de una transfusión”, asegura Elena Sulleiro. Ella y Mercé Claret han trabajado estos días con Arleth y sus compañeros en nuevas técnicas que permitirán un conocimiento epidemiológico de la tuberculosis y de la resistencia a los fármacos que se utilizan para su tratamiento, crucial para elaborar guías terapéuticas adecuadas que reduzcan la morbi-mortalidad de la enfermedad en la zona y, en su caso, reevaluar las pautas establecidas en el Plan Nacional de Salud de Angola. Al día siguiente no pudieron hacer la prueba porque Angelina no acudió.

En una sala aledaña se esconde un ecógrafo. “Se nos ha acabado el gel”, muestra Marcos Ibáñez, un médico voluntario de Zaragoza que ha adelantado el dinero para la compra del material. Está enseñando a Zeferino Pintar, 41 años, a hacer ecografías de mediastino, una ayuda más en el difícil diagnóstico de la tuberculosis infantil y una herramienta que apenas es utilizada en España. Zeferino es una pieza clave en el funcionamiento del hospital. Ahora solo trabaja tres días a la semana para compatibilizar sus estudios de licenciatura. Fue uno de los primeros que se planteó formarse a raíz de la colaboración con el Vall d’Hebron. Hace un par de años viajó a Barcelona, donde permaneció dos meses en el Servicio de Radiología. La colaboración con el hospital catalán se traduce, además, en sesiones de telemedicina cada 15 días. En ellas, los profesionales exponen las historias clínicas más complicadas y, entre todos, los de Angola y los de España, con una pantalla vía Skype, intentan dar con la solución.

El caso de esta semana es el siguiente: un hombre de 41 años presenta un cuadro de toxicodermia en su rostro, manos y pies alarmante. “Sospechamos que es una consecuencia adversa del tratamiento de segunda línea para la tuberculosis”, analiza Eva Gil. “¿Qué hacemos? ¿Suspendemos el tratamiento?”. Ya lo hicieron y mejoró. “Pero si lo suspendemos definitivamente morirá de tuberculosis”. Tras un largo debate, deciden administrar de uno en uno los fármacos para saber cuál produce la afección a la piel. Y deciden que sea así para evitar que el hombre tenga que venir todos los días al hospital a ponerse una inyección. La razón principal para llegar a esta conclusión es que puede dejar de venir, como la pequeña Angelina. Eva avisa de que uno de los fármacos está caducado. El contexto también forma parte del tratamiento en Angola. Pessela se quita la bata blanca y se vuelve a su bar tienda: “La gente se piensa que aprender es sentarse en una silla y escuchar un rollo que te explica otro. Los médicos que vengan de aquí a unos años van a darles mil vueltas a los demás porque este hospital es un aula constante”.

Son las seis y media. Cae la noche en Cubal. Hoy no hay Cucas. Fernando Salvador, que también supo lo que era hacer medicina en este pueblo, prepara la cena junto a su jefe, Israel Molina. Es el único momento de distensión. Tras jugar a las cartas y cantar por Alejandro Sanz y Laura Paussini, el equipo, compuesto también por la farmacéutica Hermisenda Cortés y el zoólogo Alberto Martínez, continúa con el tema que no han soltado desde que subieron al primero de los aviones que los trajo a Cubal: gusanos, estrongiloides, heces, praziquantel, fasciolas, PCR, mosquitos, vectores… “Verlos trabajar me alimenta. Sigo aquí por ellos. Pero cuando esto funcione sin nombres, yo me voy con mis tomates híbridos”, concluye Israel diez años después de presentarse en aquel hospital de monjas. “Quiero decir que estoy muy contenta y que he aprendido muchísimo en estas jornadas”, expresó una hermana, con un crucifijo en el cuello, en el último turno de palabra.

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‘Cartas de la guerra’: amor y antiimperialismo

cartas de la guerra

El escritor António Lobo Antunes (Benfica, Lisboa, 1942) fue reclutado en 1971 como médico militar y fue trasladado a Angola, donde Portugal libraba una anacrónica guerra colonial. Allí permaneció dos años que marcarían su vida y toda su obra literaria. La correspondencia mantenida entonces con su mujer es el hilo conductor de Cartas de la guerra, la película de Ivo Ferreira que llega mañana a nuestros cines. En ella, el director combina los textos de Lobo Antunes con una preciosista concepción visual para retratar la soledad, la angustia y el desconcierto del soldado en tiempos de guerra.

El estilo epistolar ha sido utilizado muchas veces en el cine bélico. Por ejemplo, el personaje interpretado por Charlie Sheen en Platoon (1986) también se convertía en narrador del infierno a través de las cartas que le escribía a su abuela. Las de Vietnam y Angola fueron guerras que coincidieron en el tiempo y que tuvieron puntos en común. El más importante es la toma de conciencia por parte del soldado. “Mirando atrás, ahora me doy cuenta de que no peleábamos contra el enemigo, peleábamos contra nosotros mismos, el enemigo estaba dentro de nosotros”, decía el protagonista de Platoon en una de sus misivas. Ese fue el gran drama de las guerras de la descolonización, la inquietud de unas tropas que se preguntaban qué demonios estaban haciendo allí.

Los jóvenes que pelearon en la Segunda Guerra Mundial sabían muy bien que combatían el fascismo, ¿pero qué es lo que se le había perdido a la siguiente generación en Argelia, Vietnam o Angola? ¿Cómo vestir con orgullo el uniforme de los verdugos de la metrópoli? Lobo Antunes empieza a cuestionarse estas cosas en medio de la sabana africana, a 6.000 kilómetros de casa, dolorosamente alejado de su esposa, que además está embarazada. Recompone piernas amputadas por las minas, atiende a la población local, ve las torturas a las que son sometidos los partidarios del MPLA, lee los panfletos rebeldes, capta las dudas de sus propios oficiales (militares que luego protagonizarían la Revolución de los Claveles) y escribe, sobre todo escribe, libros, poemas y largas cartas de amor y desesperación a su esposa. Y su concepción del mundo cambia, claro:

Empiezo a entender que no se puede vivir sin una conciencia política de vida. Estoy sinceramente dispuesto a sacrificar mi comodidad, y algo más si fuera necesario, por lo que considero importante y justo. Mi instinto conservador y autosatisfecho ha cambiado mucho y mi visión se mueve día a día hacia la izquierda. No puedo continuar viviendo como lo he hecho hasta ahora”.

Ivo Ferreira mezcla frases de Lobo Antunes con encuadres de una composición asombrosa, en un blanco y negro deslumbrante que recuerda al estilo fotográfico de Sebastião Salgado. Y narra con exquisita morosidad la descomposición moral del soldado en una guerra absurda.

Aquel conflicto fue el canto del cisne del régimen de António de Oliveira Salazar. Comenzó en 1961, en un contexto político de cambio que el dictador portugués no quiso asumir. Con más o menos reticencias, Francia (pacíficamente en sus colonias subsaharianas pero tras una desgarradora guerra en Argelia), Bélgica e incluso la España de Franco se sumaron al proceso de descolonización de África. Pero Salazar se empeñó, en contra de todo el mundo (incluidos sus aliados de la OTAN), en mantener un imperio imaginario y ruinoso. Sus sucesores —Salazar murió en 1970— alargaron la guerra de Angola hasta 1974, el año de la independencia de las colonias y del fin del Estado Novo. Pero la herida seguiría abierta en sus antiguos dominios. La guerra civil en Mozambique duró hasta 1992 y la de Angola hasta 2002. Como muchos de los países surgidos de la descolonización, también ellos acabaron siendo estados fallidos. Mozambique, golpeado por el subdesarrollo y las hambrunas, sigue al borde de una guerra civil. Angola, que no ha logrado aún una satisfactoria transición a la democracia de partidos, es además un territorio acosado por enfermedades infecciosas asociadas a la pobreza.

Por desesperanza, pero sobre todo por puro amor, el Lobo Antunes de Cartas de la guerra recuerda a su esposa que es libre:

No pienses que estás atada a mí. Nada te impide hacer lo que quieras, si así lo deseas. Con 23 o 24 años hay muchas cosas que nos apetecen, muchas experiencias que nos gustaría vivir. Eres totalmente libre. Y nunca podría desear que estuvieras atada a un hombre muerto”.

Por puro amor, el mismo hombre, deslumbrado por la belleza, desea también la libertad de África:

Este continente es maravilloso por su vida, su energía, su juventud, su imaginación. Es bueno para los que venimos de un país cansado de ver esta vegetación, los sonidos, la exuberancia animal. Las aldeas de cabañas construidas con estacas, los plataneros, los paños sueltos con los que se visten las mujeres, la abundancia de niños de todos los tamaños, las estupendas figuras masculinas. Todo esto es extrañamente bello y estimulante, a pesar de la pobreza y la miseria. Esta tierra mágica y caliente es tan bella que corta la respiración. Aquí todo es excesivo y extraordinario”.

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Cubal, capital de las enfermedades olvidadas

CUBAL (ANGOLA) // Castelho Filipe es enfermero. Lleva más de 20 años trabajando con enfermos de lepra en Angola. Los datos de un estudio realizado en la provincia de Benguela y en la capital, Luanda, son demoledores: el 10% de estas personas no tiene derecho a una habitación, el 7,5% no tiene los mismos derechos de salud que el resto, el 25% no tiene derecho a vivir en familia, el 17,5% no tiene derecho a casarse, el 5% no tiene derecho a participar en la vida social, el 5% no tiene derecho a la educación y el 5% tampoco tiene derecho a una sepultura. “La lepra tiene cura, basta con un diagnóstico precoz; el problema es que el 95% llega tarde al tratamiento, y los mitos sobre esta dolencia son la principal causa de exclusión social”, explica Filipe en la presentación de la investigación. El porcentaje de exclusión, a pesar de haber descendido, aún es alto: en torno al 30%. La autodiscriminación asciende al 17%. 

La lepra forma parte de la lista de enfermedades tropicales calificadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como desatendidas (NTDs, en inglés). Son patologías principalmente infecciosas asociadas a la pobreza que afectan a más de mil millones de personas, la mitad en África. El pasado año, en solo 13 municipios de Angola, fueron detectados 231 nuevos casos de lepra, la mayoría de ellos en Luanda (115) y en Cubal (25), de unos 300.000 habitantes. 

Durante dos días, este pueblo ubicado en el centro del país africano ha acogido unas jornadas científicas -que van ya por su séptima edición- organizadas por el Hospital Nossa Senhora da Paz y el Programa de Salud Internacional del Instituto Catalán de Salud (PROSICS). “No tienen una alta mortalidad, pero sí generan una altísima muerte social”, resumió el representante de la OMS en Angola, Nzuzi Katondi. “No son visibles, no causan grandes endemias, no viajan mucho, no llaman la atención de la sociedad y afectan a una población con escasa influencia política”, concluyó la directora del Programa estatal de Enfermedades Desatendidas, la doctora Cecilia de Almeida, creado en 2006.

La rabia es otro ejemplo. Un recorte de prensa de mayo de 2014 indica que en solo una semana fueron atendidos 20 casos de mordeduras de perros. “Es una enfermedad 100% prevenible, pero no tenemos vacunas ni inmunoglobulinas”, enfatizó el director clínico del centro angoleño, Agostinho Pessela. En ocasiones, puso como ejemplo, algunos organismos públicos administran otras vacunas, como las antitetánicas, con lo que el problema persiste y la persona afectada cree que está inmunizada contra la rabia.

La falta de medicamentos, aparte de la invisibilización y el desconocimiento, es la gran batalla con la que luchan a diario en este medio rural. “La situación en los últimos meses ha causado roturas de stocks y dificultad para encontrarlos en el mercado local oficial”, aseguró la responsable del servicio de Farmacia del hospital, Silvia Serón. 

Como afectan a los pobres no se invierte en investigación y como no se investiga no se erradican.  Es el círculo vicioso en el que se mueven estas dolencias, que no son enfermedades en abstracto: “Detrás de ellas hay personas. Por eso queremos llegar a compromisos realistas y que se concreten para ayudar de verdad. Trabajar en redes con otras instituciones, sobre todo en el sector de la educación, la salud pública, veterinaria y otras instituciones como las universidades y la OMS”, destacó la doctora Milagros Moreno, que presentó un estudio sobre el carbunco o ántrax –Angola es también un lugar endémico para la presencia de esta enfermedad causada por una bacteria que se encuentra en el medio ambiente en forma de esporas–. 

Durante 20 años, ha sido la directora general del Hospital Nossa Senhora da Paz, un centro de la red pública gestionado por las Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Durante 25 años, fue la responsable de Pediatría. Aún sigue trabajando allí. Cuando llegó, el lugar donde estos días se han celebrado las jornadas era un campo baldío lleno de tiendas de campaña para refugiados. Los desastres de 40 años de un país en guerra se perciben todavía hoy en los rostros de gente que no sabe leer ni escribir, que no ha tenido oportunidades.

“En las escuelas y en la formación está la esperanza, es la única manera de salir del desconocimiento”, reclamó la farmacéutica Hermisenda Cortés durante la presentación de un proyecto piloto para llevar la ciencia a las aulas. Citando a Mandela, la profesora de Microbiología y Parasitología de la Universidad Katyavala Bwila de Benguela Marisela Iglesia, de origen cubano, también discurrió en esa línea: “Son los cambios que hemos provocado en la vida de los demás lo que determina el significado de la nuestra”. Su compatriota y compañero en la misma universidad, el epidemiólogo Osmel Gamboa insistió en que no es la pobreza la que trae las enfermedades sino las malas economías. “Cuidado con el esnobismo. No al Samsung Galaxy, no al último pantalón”, avisó. “La mayor pobreza que hay en el mundo es la pobreza del alma. Hay que transformar y prepararnos para los cambios climáticos y ambientales. Si no, como decía Saramago, seguiremos llorando como el hombre del neardental”, advirtió en un discurso que concluyó con una declaración de amor a todo el público.

María Nieto, trabajadora del laboratorio del hospital de Benguela, denunció que en un medio como aquel, en el que deben analizarse todas las heces, los médicos no las indican. Tampoco se utilizan las técnicas adecuadas para detectar las enfermedades, manifestó Fernando Salvador, médico de la Unidad de Medicina Tropical Vall d’Hebrón-Drassanes, en la presentación de un estudio sobre las helmintiasis intestinales, de origen parasitario. La Fundación Probitas tiene previsto un proyecto de mejora del laboratorio del Nossa Senhora da Paz en aspectos tan fundamentales como el abastecimiento de agua y electricidad. Elena Sulleiro y Mercé Claret, representantes de esta institución, explicaron la relevancia del trabajo en esta sección para alcanzar un buen diagnóstico. Según la jefa del laboratorio del hospital angoleño, Arleth Nindia, la diarrea es la tercera causa de consulta en el banco de urgencias. 

Solo el 12% de la población de Cubal tiene letrinas. Los niños hacen su vida en el río. Allí beben, allí se bañan, allí defecan. Y lo que en otras partes del mundo es fuente de vida, aquí, como define el director de la citada unidad del Vall d’Hebrón, Israel Molina, el agua se convierte en una fuente de muerte. El convenio que firmó hace ahora diez años con este hospital se ampliará en breve con la creación de un centro de investigación, entre cuyos principales objetivos estará la atracción de talentos a la comarca. Para ello, según el vicedecano de la Universidad Katyavala Bwila Tomás João, participarán varias universidades y centros hospitalarios de Angola y España.

Un ejemplo de la importancia de la investigación sobre el terreno es un estudio elaborado sobre la esquistosomiasis, que concluyó que la prevalencia en la zona, desconocida hasta el momento por las autoridades gubernamentales, es mucho más elevada que la media nacional, lo que la convierte en una comunidad de alto riesgo. En concreto, la investigación, publicada en la revista PLOS Neglected Tropical Diseases, sostiene que el 61% de los niños en edad escolar -entre 5 y 12 años- están afectados por la enfermedad, causada por gusanos que penetran en la piel durante el contacto con aguas infectadas. Los resultados, según la autora principal, Cristina Bocanegra, permiten dos avances: hacerle ver a la gente que está enferma y que puedan acceder a un tratamiento que la OMS recomienda y que deben proporcionar los gobiernos en las zonas donde la incidencia en los menores supera el 50%. En Angola, uno de cada seis niños no llega a cumplir los cinco años y el gasto estatal en salud solo asciende al 10% del presupuesto, según Unicef. 

Desde la OMS, Nzuzi Katondi reivindicó la difusión en los medios de comunicación de las consecuencias de estas enfermedades, que agravan aún más la pobreza. En las jornadas no hubo ningún otro periodista. El actual director del hospital, Ignacio Puche, ironizó sobre las “prioridades informativas” del país, inmerso en las elecciones presidenciales que se celebrarán en agosto: “El Ministerio de Salud tiene que invertir en profesionales, fortalecer y liderar el sistema. No podemos seguir con un sistema paralelo”. La directora de la ONG Mentor en Angola, Luciana Ceretti, también reclamó especialistas y un trabajo en conjunto. Según la OMS, el control de estas patologías olvidadas debe convertirse en una parte integral de los planes nacionales de salud y de sus presupuestos.

Las jornadas incidieron, además, en la necesidad de unir a la investigación médica el trabajo de los veterinarios y zoólogos, como mostró la ponencia sobre fasciolas del especialista en moluscos de la Universidad de Valencia Alberto Martínez-Ortí. También hubo varias mesas que abordaron otras enfermedades de la zona como la malaria. Un estudio presentado por la doctora Eva Gil reveló el gran desconocimiento que aún existe sobre ella.

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“La distribución de la tuberculosis es la distribución de la pobreza”

tuberculosis

La primera vez que Israel Molina visitó Cubal, en Angola, la gente se moría de tuberculosis de una manera escandalosa. De eso hace diez años. “Teníamos la medicación pero no respondían”, explica el director de la Unidad de Medicina Tropical y Salud Internacional del Vall d’Hebrón de Barcelona, que mantiene un convenio de colaboración con un hospital de la zona, el Nossa Senhora da Paz. Hoy, la tuberculosis sigue siendo una de las principales enfermedades de esta comarca africana, pero su visibilización y la mejora en el acceso a los medicamentos han contenido la letalidad de una patología que, lejos de estar erradicada, como se percibe erróneamente, es la que más muertes causa en el mundo, por delante del sida: en 2015 murieron 1,8 millones de personas y 10,4 millones la contrajeron. Los Objetivos de Desarrollo Sostenibles de la ONU marcan el año 2035 para acabar con la pandemia.

¿Qué es la tuberculosis?

Es una enfermedad infecciosa producida por una bacteria que se contagia básicamente por el aire y afecta sobre todo al pulmón, pero puede afectar a cualquier órgano del cuerpo. Es una enfermedad lenta, que va consumiendo y puede llegar a matar. Hay personas que tienen una inmunidad potente y son capaces de controlar la infección e incluso eliminarla. Pero incluso en estos casos, con el tiempo, la enfermedad puede reactivarse. Más que crónica es una enfermedad que consume.

¿Por qué se suele pensar que la tuberculosis está erradicada?

Es una enfermedad que nuestra sociedad vincula en general con la posguerra y con los momentos de miseria en España, con momentos de pobreza, momentos de exclusión. Todo el mundo ha conocido a alguien con tuberculosis, estaban los antiguos sanatorios y tiene una carga tan peyorativa que todavía se usan eufemismos para referirse a ella: se habla de una sombra, de una mancha, de pleura. Era, por tanto, una enfermedad muy visible, muy vinculada a la situación de pobreza y con un gran estigma social. Esa situación mejora, desaparece y, por ende, la gente piensa que también desaparece la tuberculosis. 

¿Qué secuelas suele dejar en las personas en caso de superarla?

Depende del órgano al que afecte. Lo más común es el pulmón. Si una persona tiene una tuberculosis pulmonar y se cura, puede dejarle agujeros en el pulmón. Es una enfermedad que donde afecta destruye, y si se cura, esa cicatriz o esa destrucción se queda.

¿En qué países hay una mayor incidencia actualmente?

En la zona subsahariana, el continente indio, zonas de Europa del Este, América latina… Es decir, la distribución de la tuberculosis es la distribución de la pobreza. En Barcelona tenemos la tasa de tuberculosis más alta de toda España y probablemente de Europa. En el Raval, con un porcentaje de inmigración muy alto, se han llegado a dar casi 100 casos por 100.000 habitantes. Una tasa altísima. Aunque también es cierto que, fruto del esfuerzo multidisciplinar, se ha conseguido rebajar mucho esos números. En Cubal, la tasa es de 400 por 100.000. Eso es muchísimo.

¿Cómo es el tratamiento allí?

El tratamiento para la tuberculosis es básicamente el mismo en Angola, en España y en Sebastopol. Hay cuatro medicamentos básicos. La gran diferencia es que en Angola, el suministro es mucho peor, se rompen los stocks, no llegan todos los medicamentos a los pacientes. Y estamos hablando de medicamentos de primera línea. Si es difícil mantener un stock de primera línea, mantenerlo de segunda es muy díficil.

¿Cómo afecta a los menores?

Es una enfermedad que no distingue entre adultos y jóvenes. Si tu madre tiene tuberculosis, te vas a contagiar sí o sí. Se mueve por núcleos familiares. Los estudios que se hacen sobre África destacan que las mujeres tienen más tendencia a la tuberculosis que los hombres y eso es porque las mujeres están más tiempo en casa, cocinando, con la familia… El hombre se va a cultivar al campo, donde el contagio es más difícil. Y si la mujer se contagia, los niños también.

¿Las vacunas no han mejorado la situación?

Las vacunas en desarrollo actuales aún no han demostrado ningún beneficio. Ha habido varias iniciativas, de las cuales España es uno de los líderes, y ninguna de las dos vacunas han demostrado un poder curativo. La vacuna clásica, la BCG, no te previene el contagio, sino que desarrolles una enfermedad (manifestación) grave.

¿Cuál es el principal problema a la hora de tratar a estos pacientes?

Aunque los medicamentos son potentes, necesitan meses para conseguir la curación y eso tiene que ver con la bacteria que la produce, que se reproduce muy lentamente. Y no hay suficiente interés por parte de la industria farmacéutica, que es quien, nos guste o no, hace el motor de la investigación. No hay interés, no hay medicamentos y los que salen son inaccesibles para la mayoría y esto, a su vez, deriva en tratamientos irregulares, interrumpidos, la gente abandona la medicación. Tú tienes tuberculosis, te tomas la medicación y en dos semanas o un mes te encuentras bien, estás trabajando en el campo… ¿Vas a estar tomando pastillas cinco meses más? Y eso deriva en la aparición de la tuberculosis multirresistente, que va a ser la bomba que va a estallar en los próximos años.

¿Qué puede ocurrir?

El sueño de erradicar la enfermedad es prácticamente inviable. La tuberculosis nos lleva acompañando desde que el hombre es hombre y lo seguirá haciendo por los siglos de los siglos. El problema, como digo, va a ser la tuberculosis multirresistente, que es resistente a los medicamentos comunes. Este es un problema de salud pública generado por nosotros, hemos ido seleccionando cepas cada vez más resistentes, y estas cepas van a extenderse por todo el mundo. Europa del Este es uno de los puntos calientes a nivel mundial, y eso está muy cerca de nosotros.

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La felicidad de África en 20 fotografías

Pongamos que se llama África. África es una chica que acaba de terminar el tratamiento por una tuberculosis multirresistente. Permaneció un año en el hospital porque le había abandonado su familia y, justo cuando iba a recibir el alta, ingresó su hermana. Pongamos que se llama Felicidad. No se conocían. Tras el encuentro, hubo una fiesta. Ahora las dos hermanas viven juntas. La historia sucedió en Cubal, en el centro de Angola. Y es solo una de las múltiples sonrisas que captó Jesús Robisco con su cámara. “Es muy complicado obtener lo que se quiere porque, aunque sea tirar piedras sobre mi tejado, pienso que la fotografía tiene mucho de mentira… Es simplemente una pequeña pincelada, una ilusión de aquello que vemos reflejado en ella, sobre todo cuanto más impresionante sea. Es una reflexión un poco rara y que tendría que explicar largo y tendido pero el resumen sería este, que ves muy distintas las fotos cuando has visto in situ la misma realidad”, afirma el fotógrafo. 

Aquella realidad que pudo ver él se refleja ahora en Historias de Cubal, una exposición fotográfica nacida de un proyecto de cooperación entre el PROSICS (Programa de Salud Internacional del Instituto Catalán de Salud) y el Hospital Vall d’Hebron en el Nossa Senhora da Paz. El trabajo podrá visitarse hasta el 31 de mayo en Barcelona, en la Unidad de Medicina Tropical y Salud Internacional Vall d’Hebron-Drassanes. El 100% de los beneficios de la venta de estas fotografías irán destinados a la rehabilitación del centro y la mejora de las condiciones de ingreso.

Angola, un país arrasado por 40 años de guerra, registra uno de los peores marcadores sanitarios de todo el mundo. Uno de cada seis niños no llega a cumplir los cinco años y el gasto en salud solo asciende al 10%, según Unicef. El Nossa Senhora da Paz dispone actualmente de 400 camas en una zona donde viven unos 300.000 habitantes. La sección más grande es Pediatría, que dispone también de un centro de renutrición para tratar los casos que necesitan permanecer en el hospital. La falta de recursos y las enfermedades agudas infecciosas constituyen la primera causa de ingreso. 

¿Por qué decidiste ir a Cubal?

Fue una serie de coincidencias, yo tenía ganas de hacer algo así desde siempre pero con algún fin, sentirme un poco práctico, tener la experiencia y aprender de ello. Entonces conocí a Israel Molina, director del Programa de Salud Internacional del ICS, que me hizo la propuesta. Necesitaban material gráfico para los distintos proyectos que están realizando allí.

¿Qué has querido reflejar con estas fotografías?

Lo que he querido reflejar y la idea del encargo era mostrar la vida diaria del hospital y los alrededores pero, sobre todo, la felicidad y el optimismo que existe en Cubal, también y a título muy práctico los medios o modos de vida. Las penurias típicas no nos interesaban nada, no queríamos presentar unas fotografías deprimentes que dieran pena porque, aun siendo real, también es una realidad que hay mucha felicidad, más si cabe teniendo en cuenta que a veces viven en situaciones muy precarias. Haciendo un ejercicio comparativo, podría hacer fotografías muy deprimentes dándome una vuelta por cualquier ciudad supuestamente desarrollada y no sería un retrato del todo justo. Pues aquí pasa lo mismo, es verdad que están muy mal pero también hay que ser muy optimistas, y hay que fijarse también en todo lo positivo, este era el encargo.

¿Qué ha sido lo más difícil a la hora de desarrollar tu trabajo allí?

Querer obtener mi concepto de felicidad y de belleza que a veces se encuentra en lo más cotidiano, de forma muy natural. Me interesa mucho, y a la vez transmitirlo con el concepto que tiene el resto de la gente. Además es algo que hago de algún modo intuitivo a mi modo de ver, me cuesta siempre mucho explicar el porqué de muchas de mis fotografías. Por lo general, me gusta ser muy sutil, para mí una mano, una forma, un espacio, algo muy simple puede tener mucho significado. Me llega, me conmueve e intento comunicarlo, destacarlo, traspasarlo, regalárselo al que va a mirar esa foto, pero esto es lo realmente complicado. Además, te encuentras ante una realidad tan distinta a la tuya que lo primero que tienes que hacer es entenderla para poder fotografiarla. 

¿Cuánto tiempo estuviste con ellos?

Veintiún días. Los primeros días simplemente me dediqué a ello, sin ni siquiera llevar una cámara de fotos, un clásico, solamente mi modo de ver y sobre todo una mente muy abierta. En algunas fotografías existe esa sutilidad de pocos objetos en la composición o de utilizar los espacios vacíos que para mí tienen mucha fuerza. Otras, por el contrario, se llenan de significado simplemente por la naturalidad y la autenticidad de estas personas. Hay otras fotografías más evidentes, muy normales, que han sido muy fáciles de hacer y que de algún modo las hago para completar el trabajo. 

¿Has viajado a otras zonas de África?

He estado en varias zonas de Marruecos y en Egipto, que sigue siendo África aunque algo distinta. En El Cairo estuve casi un mes trabajando en un proyecto muy distinto sobre una compañía de danza formada por bailarines de distintos países del mundo árabe, toda una odisea en cuanto al concepto, pero lo que sin lugar a dudas tienen en común estos lugares de África es que la gente te acoge, te ofrece su casa, su comida, sus historias de forma natural. Es un tanto tópico pero compruebas que quien menos tiene es quien más comparte y eso les hace inmensamente ricos. En El Cairo, el tendero donde comprábamos la comida nos regaló el último día toda la compra diciendo “Todos somos hijos de un mismo dios”. Para que eso te pase aquí tendrías que estar reuniendo cupones mucho tiempo y aun así no te regalarían nada. Otra realidad que se hace muy evidente en estos lugares es la desigualdad entre la mujer y el hombre. Mientras él toma té o café rodeado de más hombres en un sitio de hombres, las mujeres cargan por todo África con las labores de la casa, llevan agua o fardos en sus cabezas, a sus hijos a cuestas o labran la tierra. Pero no nos engañemos, esto también pasa aquí en cierto modo.

¿Crees que falta información -o se informa mal- en los medios sobre África?

En general creo que nos falta mucha información, aunque hay de todo, muy buenos informantes y más que de sobra medios para estar informado. Pero hay que ir a buscarlo haciendo un esfuerzo, no es algo de lo que se nos esté dando de forma regular. También es cierto que lo que es noticia y lo que no está muy influenciado por los intereses mayores. Por ejemplo, se habla mucho sobre determinadas guerras pero porque directamente nos pueden afectar a nosotros. Sobre otros temas se informa de forma puntual cuando pasa algo de forma muy relevante, luego pasan unos días y no se sigue hablando aunque la noticia siga existiendo.

¿Por qué eres fotógrafo?

Desde siempre tuve inquietud artística pero nunca pensé que podría ser un medio de vida. Yo soy del 71. Aun así cuando estudié no era una opción y supongo que por eso ni lo pensaba. Años más tarde me vi dando clases de educación física porque también el deporte ha sido algo principal en mi vida, al mismo tiempo pintaba y hacía fotos meramente por placer. Me crucé con gente de la danza contemporánea y empecé a hacerles fotos y, poco a poco, vi que, ahora sí, podía ser mi trabajo. Dejé de dar clases y me fui especializando en fotografía escénica. ¿Por qué soy fotógrafo? Creo que es una mezcla entre lo que disfruto haciendo y lo que la vida me ha ido ofreciendo.

Podría dedicarme a muchas más cosas que he probado y me han gustado pero la fotografía puede ser muy creativa, me gusta el reto diario de hacer algo distinto ante tantas opciones aunque sea dentro de mi especialidad. No es que luego lo haga todos los días porque es muy complicado, eso es lo bueno, que por ejemplo ahora he estado haciendo un trabajo en Cubal. También tener un trabajo que te gestionas tú mismo te da mucha libertad, que para mí es muy importante, aunque a veces trabajas mucho más que si fueras un empleado por cuenta ajena. Más que querer ser fotógrafo ha sido un descubrimiento.

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