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Escenarios inéditos en Alemania

Martin Schulz

Vivimos tiempos de ruptura en los que muchos esquemas tradicionales de la política se caen en pedazos. Ahí están la victoria de Donald Trump y del Brexit, o el fenómeno Emmanuel Macron, que ha puesto patas arriba el sistema político en Francia. Ahora le toca a Alemania, considerada habitualmente como un ancla de estabilidad en Europa, enfrentarse a una situación inédita (y sorprendente para mí que había elogiado en estas mismas páginas la cultura de los pactos políticos en mi país). Tras el fracaso de las negociaciones para formar un gobierno de coalición tripartito, liderado por la canciller Ángela Merkel, el domingo pasado se abren dos posibles escenarios nunca vistos desde que se creó la República Federal en 1949: repetir las elecciones o que la CDU gobierne en minoría. Hasta ahora, casi siempre ha habido gobiernos de coalición estables.

El liberal FDP ha sido durante décadas el socio menor tanto de democristianos (CDU) como de socialdemócratas (SPD). Pero ahora ha sido precisamente este partido, que obtuvo el 10,7% de los votos en las elecciones de septiembre, el que rompió las negociaciones con los democristianos de Merkel y los verdes, tras un mes de intensos debates. En el parlamento alemán actual hay seis partidos –siete si se considera que el socio bávaro de la CDU, la CSU, tiene bastante vida propia–. Y nadie quiere pactar con la ultraderechista Alternativa para Alemania, que entró por primera vez en el parlamento con el 12,6% del voto. Para los democristianos y liberales, la formación de izquierda Die Linke (9,2%) es igualmente tóxica, con lo que las alternativas de una coalición estable viable se reducen a dos.

Pero el SPD ha rechazado rotundamente repetir la Gran Coalición con Merkel, tras sufrir un batacazo que le dejó con un 20,5%, su peor resultado jamás. En un primer momento, todo el mundo entendía los motivos de los socialdemócratas, y hasta los compartía, ya que pactos entre los dos grandes partidos pueden reforzar opciones más radicales. Ahora aumenta la presión –externa y también interna– para que el SPD reconsidere su decisión. Alemania no puede permitirse un periodo prolongado de incertidumbre y una canciller debilitada. Especialmente teniendo en cuenta los grandes desafíos por delante, sobre todo una reforma profunda para revitalizar a la Unión Europea, para la que Macron ya ha presentado un proyecto.

Ahora se sienten confirmados en Alemania aquellos que admiran las ventajas de otros sistemas políticos que favorecen la gobernabilidad, como en EEUU, donde la gente básicamente tiene que optar entre dos candidatos. Reducir las opciones políticas a dos alternativas, facilita la estabilidad política pero puede incrementar el desencanto con la política. Prefiero poder elegir de un menú más amplio, siempre y cuando los partidos sean capaces de llegar a pactos en los que cada uno debe renunciar a parte de su programa. En este sentido, espero que los políticos alemanes conserven la tradición del pacto de coalición y no nos metan en un avispero.

Artículo publicado en El Heraldo (Colombia).

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Merkel solo teme la complacencia de su electorado

NEUSS // Poco antes de las siete de la tarde del jueves pasado aterriza el helicóptero que transporta a Angela Merkel cerca de un gran hotel de congresos en Neuss. Después de haber celebrado dos actos electorales en el Estado de Hessen, la canciller de Alemania está a punto de dar su tercer y último mitin del día antes de las elecciones federales del domingo. Dentro de la sala de fiestas le espera un millar de personas en un ambiente festivo que destila un aire de complacencia de quien ya se siente ganador.

Neuss, una ciudad industrial cerca de Düsseldorf, es una tierra propicia para la candidata de la Unión Democristiana (CDU). En las elecciones regionales de mayo pasado, aquí en Renania del Norte-Westfalia –el Estado federado más poblado de Alemania– los conservadores infligieron una dura derrota a los socialdemócratas. Éstos perdieron su principal feudo, lo cual acabó con el resto que quedaba del entusiasmo que había despertado el nombramiento de Martin Schulz como candidato del SPD en enero.

En Renania, la CDU puede adoptar un discurso muy diferente al que maneja a nivel nacional. Aquí se presenta como un partido que acaba de tomar el poder. En este sentido, los oradores regionales que preceden a la canciller en Neuss arremeten contra la coalición de socialdemócratas y verdes a la que acaban de desbancar del gobierno y prometen cambiarlo todo a mejor. Por momentos, el público parece olivdarse de que la CDU lleva más de una década gobernando en Berlín.

Entonces entra Merkel entre el aplauso entusiasta del público. A diferencia de los que acaban de hablar, ella no puede pintar un país en el que hay que cambiar muchas cosas. Tras 12 años en la cancillería, ella sigue el guion del lema principal de la campaña: “Por un país en el que vivimos bien y a gusto”. Frente a esta versión de un país próspero, los partidos de la oposición han centrado su campaña en las desigualdades sociales en Alemania, desde los socialdemócratas de Schulz hasta los Verdes, Die Linke e incluso la xenófoba Alternativa para Alemania.

En Neuss, Merkel despacha el asunto con una frase: “Para mí la protección social es importante porque es un elemento esencial de la economía de mercado social pero debemos mirar cómo generamos la riqueza”. Para ello propone bajar los impuestos, un clásico de la derecha.

La canciller no puede esquivar el tema que más ha puesto en peligro su liderazgo: la crisis de los refugiados. Merkel defiende que se trataba de ayudar a personas “en una situación de emergencia” y alaba la labor de decenas de miles de voluntarios en Alemania que han colaborado en acoger cientos de miles de refugiados. Es un gesto valiente de la jefa de gobierno, que le gana unos aplausos, pero difícilmente aplacará las críticas en el seno conservador por las políticas de puertas abiertas.

El único guiño a aquellos votantes que se sienten amenazados por la llegada de los refugiados es cuando exige reforzar las leyes para poder deportar a potenciales terroristas con más facilidad que ahora.

En este momento, Merkel llega a la política exterior que ocupa buena parte de su discurso. Se presenta como una roca en medio de la tempestad de un mundo inestable: Corea del Norte, Siria, Ucrania, el Estado Islámico etc. Hace una defensa apasionada de la Unión Europea que despierta aplausos fuertes en el público, casi una rareza en estos tiempos en el Viejo Continente.

Entre tanta autocomplacencia por el trabajo hecho, Merkel, de repente, saca un tema para justificar su decisión de optar por un cuarto mandato: la digitalización. “Antes daba autógrafos, ahora solo hago selfies”, es la frase original con la que ilustra el cambio tecnológico de los últimos años. “Si volvemos a vernos dentro de cuatro años todo habrá cambiado más con la conexión digital de las cosas”, explica para enseguida asegurar a los oyentes que “siempre hemos sabido adaptarnos a los cambios”.

Al final del discurso, la canciller hace un llamamiento insistente al voto. Con razón, porque a estas alturas la complacencia entre electorado conservador que da por descontado la victoria de la CDU es su principal riesgo.

Antes del cierre de las urnas a las 18 horas este domingo, las quinielas barajan varias opciones de gobierno. Para Merkel, sin duda, la mejor opción sería seguir gobernando en la “Gran Coalición” con unos socialdemócratas, idealmente algo castigados por las urnas. Luego está la posibilidad de un gobierno de CDU con los liberales del FDP, la pareja clásica que ya gobernó en la época de Helmut Kohl y en la segunda legislatura de Merkel. Incluso cabe especular con un pacto entre tres, con conservadores, liberales y verdes.

Si aciertan las encuestas, las opciones para un gobierno de izquerdas entre SPD, Verdes y Die Linke son escasas. Hace cuatro años estos tres partidos sumaron mayoría pero la negativa de los socialdemócratas de aliarse con los poscomunistas de Die Linke impidió echar a Merkel del poder. Ahora, Schulz estaría abierto a una coalición de izquierda. Pero parece que los números no le saldrán.

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En el castillo de la ultraderecha alemana

AfD

Casi nadie en Alemania duda de que el próximo domingo la canciller, Angela Merkel, logrará por cuarta vez consecutiva que su Unión Democristiana sea la primera fuerza en las elecciones parlamentarias. En una de las campañas más aburridas que recuerdo, quizás el elemento más interesante –y preocupante– es el papel de Alternativa para Alemania (AfD), el partido antiinmigrantes, antieuro y antiestablishment.

El martes fui a un mitin en Düren, una ciudad mediana en el extremo oeste del país. La escenografía del evento parecía una sátira. El mitin se celebró en un castillo medieval, Schloss Burgau. Al pasar por el puente del foso, un grupo de contramanifestantes, vigilados por la Policía, increpaba a todo el mundo que entraba al recinto amurallado. Dentro, un público compuesto en el 80% por hombres blancos de mediana edad llenaba una amplia sala repleta de blasones de caballeros germánicos. El tono del móvil de uno de los asistentes era una marcha militar.

Hasta aquí el cliché de cómo nos imaginamos el típico ambiente de la ultraderecha en Alemania. Pero los discursos de los cuatro candidatos regionales distaban mucho los acalorados debates de bar. Eran académicos y abogados que hablaban con gran detalle técnico sobre las supuestas violaciones de las leyes de inmigración en Alemania y Europa, y que cargaban contra la política monetaria del Banco Central Europeo. El mensaje era claro: el euro es una estafa para los ahorradores alemanes y los cientos de miles de refugiados de Siria, Iraq o Afganistán nunca debieron haber entrado en el país.

Después de esta primera mesa algo soporífica, llegó el plato fuerte de la tarde en el castillo de Burgau: el discurso de Alice Weidel, una de los dos candidatos principales de AfD para las elecciones federales del domingo. Esta locuaz empresaria de 38 años siguió la línea de sus predecesores en el podio y durante la primera parte de su intervención apenas mostró emoción.

Weidel tiene como pareja a una mujer de origen asiático, lo cual para ella no es incompatible con el discurso homófobo y xenófobo de muchos de sus compañeros de partido. Se abstuvo de proclamas abiertamente racistas, pero hizo algo más peligroso. Habló de un supuesto incremento en la inseguridad ciudadana, que pretendía demostrar con una búsqueda en Google desde su móvil de las palabras clave “pelea” y “hombre con cuchillo”. Renglón seguido, pero sin establecer relación directa, habló de los refugiados. Todo el mundo en el castillo captó la idea, al juzgar por los aplausos.

Weidel es la cara moderna, femenina, joven y más aceptable de AfD. Su compañero de cartel es Alexander Gauland, un conservador histórico de 76 años, que practica un discurso simplón y extremista. Hace unos días exigió que los alemanes dejaran de avergonzarse de la actuación del ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Mucho me temo que esta bicefalia, este “double ticket” de Weidel y Gauland, nos dé una desagradable sorpresa este domingo.

Artículo publicado en El Heraldo (Colombia)

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Con la política exterior no se juega

Martin Schulz

Las campañas electorales suelen ser el mejor vivero para promesas falsas, declaraciones de principios insostenibles y todo tipo de ataques exagerados. Y el escenario se vuelve particularmente propicio a proclamas populistas cuando en el debate entran asuntos de política exterior.

En la campaña para las elecciones parlamentarias del 24 de septiembre en Alemania se ha colado un protagonista insospechado: las relaciones con Turquía. A ambos países les unen lazos históricos desde la época del Imperio otomano. Además, en Alemania viven tres millones de personas de origen turco, de los cuales la mitad mantiene la nacionalidad turca. Es lógico que en Alemania preocupe mucho la deriva autoritaria de Recep Tayyip Erdogan, que se ha acelerado tras el fallido golpe de Estado contra su gobierno hace un año.

El presidente turco ha puesto en marcha una purga masiva de personas acusadas de pertenecer a la organización del clérigo Fethullah Gülen, el supuesto cerebro detrás de la asonada militar. Se han cerrado medios de comunicación y hay decenas de periodistas encarcelados. En los últimos meses, las autoridades turcas además han detenido a ciudadanos alemanes, algunos de origen turco, entre ellos periodistas y activistas por motivos políticos.

Pero las necesarias protestas por parte del Gobierno alemán ante estos abusos han dado paso a declaraciones encendidas de los dirigentes políticos. El tono entre Berlín y Ankara ha subido a niveles preocupantes, hasta el punto de que las relaciones con Turquía ocuparon buena parte del debate televisivo entre Angela Merkel y Martín Schulz el domingo pasado, incluso más tiempo que las políticas sociales o la educación. El candidato socialdemócrata sorprendió a la canciller con su promesa de que, en caso de ganar, intentaría cancelar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea con Turquía. Un golpe barato, ya que estas negociaciones llevan mucho tiempo en el congelador.

En un primer momento, Merkel contestó a Schulz que no pensaba romper las relaciones diplomáticas con Turquía solo porque en la campaña electoral los candidatos intentaran hacerse los duros con el tema. Pero tras unos instantes, añadió que plantearía el asunto de las negociaciones a sus socios europeos. Eso sí, en octubre, después de las elecciones…

La promesa de Schulz no solo es populista sino también hipócrita, ya que, al mismo tiempo, defiende el acuerdo entre la UE y Ankara para que Turquía ‘contenga’ a los refugiados de Siria, Irak y otros lugares. Pero el oportunismo de Schulz alberga varios riesgos. Primero, envenena la convivencia con la comunidad turca en Alemania. Segundo, con la amenaza de terminar las negociaciones de adhesión, propina un golpe duro a la oposición en Turquía que, pese a todo, sigue manteniendo una voz crítica contra Erdogan. Una ruptura de este calibre sería todo un regalo para el presidente turco, porque reforzaría su discurso de que en Occidente no quieren a los turcos. Los populismos se retroalimentan.

Artículo publicado en El Heraldo (Colombia)

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Con la política exterior no se juega

Martin Schulz

Las campañas electorales suelen ser el mejor vivero para promesas falsas, declaraciones de principios insostenibles y todo tipo de ataques exagerados. Y el escenario se vuelve particularmente propicio a proclamas populistas cuando en el debate entran asuntos de política exterior.

En la campaña para las elecciones parlamentarias del 24 de septiembre en Alemania se ha colado un protagonista insospechado: las relaciones con Turquía. A ambos países les unen lazos históricos desde la época del Imperio otomano. Además, en Alemania viven tres millones de personas de origen turco, de los cuales la mitad mantiene la nacionalidad turca. Es lógico que en Alemania preocupe mucho la deriva autoritaria de Recep Tayyip Erdogan, que se ha acelerado tras el fallido golpe de Estado contra su gobierno hace un año.

El presidente turco ha puesto en marcha una purga masiva de personas acusadas de pertenecer a la organización del clérigo Fethullah Gülen, el supuesto cerebro detrás de la asonada militar. Se han cerrado medios de comunicación y hay decenas de periodistas encarcelados. En los últimos meses, las autoridades turcas además han detenido a ciudadanos alemanes, algunos de origen turco, entre ellos periodistas y activistas por motivos políticos.

Pero las necesarias protestas por parte del Gobierno alemán ante estos abusos han dado paso a declaraciones encendidas de los dirigentes políticos. El tono entre Berlín y Ankara ha subido a niveles preocupantes, hasta el punto de que las relaciones con Turquía ocuparon buena parte del debate televisivo entre Angela Merkel y Martín Schulz el domingo pasado, incluso más tiempo que las políticas sociales o la educación. El candidato socialdemócrata sorprendió a la canciller con su promesa de que, en caso de ganar, intentaría cancelar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea con Turquía. Un golpe barato, ya que estas negociaciones llevan mucho tiempo en el congelador.

En un primer momento, Merkel contestó a Schulz que no pensaba romper las relaciones diplomáticas con Turquía solo porque en la campaña electoral los candidatos intentaran hacerse los duros con el tema. Pero tras unos instantes, añadió que plantearía el asunto de las negociaciones a sus socios europeos. Eso sí, en octubre, después de las elecciones…

La promesa de Schulz no solo es populista sino también hipócrita, ya que, al mismo tiempo, defiende el acuerdo entre la UE y Ankara para que Turquía ‘contenga’ a los refugiados de Siria, Irak y otros lugares. Pero el oportunismo de Schulz alberga varios riesgos. Primero, envenena la convivencia con la comunidad turca en Alemania. Segundo, con la amenaza de terminar las negociaciones de adhesión, propina un golpe duro a la oposición en Turquía que, pese a todo, sigue manteniendo una voz crítica contra Erdogan. Una ruptura de este calibre sería todo un regalo para el presidente turco, porque reforzaría su discurso de que en Occidente no quieren a los turcos. Los populismos se retroalimentan.

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La CDU derrota a los socialdemócratas de Martin Schulz en su principal feudo

Martin Schulz

El Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) ha sufrido una debacle en las elecciones regionales de Renania del Norte-Westfalia, según pronostican los primeros resultados. El partido de la hasta ahora primera ministra del mayor estado del país, Hannelore Kraft, cosechó el peor resultado de su historia en esta región con el 30,6%. A soloveinte minutos de conocerse los primeros resutados, Kraft concedió la derrota.

La CDU de la canciller Angela Merkel logró un 34,3% y su candidato Armin Laschet se perfila como nuevo jefe de Gobierno. Los liberales del FDP consiguen un 12,2%, su mejor resultado histórico en esta región occidental, y los Verdes bajan hasta un 6%. La ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) entra en el parlamento de Düsseldorf con un 7,7%, mientras Die Linke superaría por la mínima el umbral del 5% para obtener representación parlamentaria. El Partido Pirata sale del parlamento con un 1,2% de los votos.

La derrota del SPD es un duro revés para su presidente Martin Schulz de cara a las elecciones federales de septiembre. Los socialdemócratas han perdido tres comicios regionales en este año, incluyendo la de este domingo en su principal feudo en el Land más poblado del país, con 18 millones de habitantes. Los analistas daban por perdidas las esperanzas de Schulz para desbancar a Merkel del poder en caso de no ganar en Renania del Norte-Westfalia.

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Martin Schulz se juega sus opciones para la cancillería en Renania del Norte-Westfalia, el gran feudo socialdemócrata

Martin Schulz

Este domingo se celebra el ensayo general para las elecciones federales alemanas de septiembre. Los comicios regionales en Renania del Norte-Westfalia (NRW, en sus siglas en alemán) -con 18 millones de habitantes, el estado federado más poblado del país- son decisivas para el futuro de la política alemana. Martin Schulz se juega sus opciones de desbancar a la canciller Angela Merkel en su tierra. El candidato socialdemócrata es de Würselen, una pequeña localidad renana cerca de Aquisgrán.

Renania del Norte-Westfalia es el feudo por excelencia del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), donde ha gobernado durante los últimos 50 años, con un breve paréntesis entre 2005 y 2010. Desde hace siete años, gobierna una coalición entre SPD y los Verdes encabezada por la primera ministra Hannelore Kraft y su vice Sylvia Löhrmann de la formación ecologista. Si no se equivocan las encuestas -y últimamente han fallado bastante-, el gobierno rojiverde no renovará la mayoría en el Parlamento regional de Düsseldorf.

Es más, el SPD de Kraft puede incluso perder su primera posición, ya que va prácticamente empatado con la Unión Democristiana (CDU) en los sondeos. “Me enfrento con filosofía al juicio de los votantes”, dijo Schulz en su último mitin en Würselen, “unas veces te dan y otras veces ganas”. A pesar de la aparente parismonia, el expresidente del Parlamento Europeo sabe que se la juega este domingo después de las dos derrotas de los socialdemócratas en las recientes elecciones regionales del Sarre y Schleswig-Holstein. “Si el SPD quedara en segundo lugar, será muy difícil frenar la espiral a la baja. Significaría que Martin Schulz debería enterrar sus esperanzas para la cancillería”, comentó el politólogo Oskar Niedermayer en la revista Focus, en línea con lo que piensa la gran mayoría de los analistas.

Cuando Sigmar Gabriel renunció el pasado enero a la presidencia del SPD y a la candidatura al Gobierno a favor de Schulz, se desató una euforia inesperada en el centroizquierda. Los socialdemócratas, que durante años habían languidecido en las encuestas, llegaron incluso a superar a la CDU de Merkel en la intención de voto. Pero entonces llegó el baño de realidad. En marzo, los socialdemócratas fracasaron en su intento de ganar a la CDU en el pequeño Land de Sarre. Y el domingo pasado, el SPD sufrió otra inesperada derrota en el estado norteño de Schleswig-Holstein. El celebrado “efecto Schulz” parece haberse desinflado.

Los partidos suelen agarrarse al hecho de que en elecciones regionales tienen mucho peso los temas locales. Kraft, una economista nacida en una familia obrera en la Cuenca del Ruhr, el antiguo corazón industrial de Alemania, no ha conseguido superar los problemas económicos en NRW. En 2016, la tasa del paro del 7,7% estuvo por encima de la media nacional del 6,1%. El crecimiento, sin embargo, dio un acelerón el año pasado y el Producto Interior Bruto cerró con un alza del 1,8% frente al 1,9% en todo el país.

El gobierno rojiverde ha sido atacado en esta campaña electoral por la abultada deuda del Land de unos 180.000 millones de euros. Lejos de arrepentirse, Kraft destaca las fuertes inversiones en educación pública, una de las competencias principales de los estados federados. Otra es la seguridad, cada Land tiene su propio cuerpo de policía. Y el de NRW últimamente ha dado titulares negativos. La tasa de criminalidad ha subido. A eso se suman episodios como las agresiones sexuales contra cientos de mujeres en la Nochevieja del año pasado en Colonia, y la falta de reacción de la policía, o el hecho de que los agentes en Renania del Norte-Wesfalia tuvieran fichado al tunecino Anis Amri pero no pudieran evitar que matara a once personas al entrar con un camión en un mercado de Navidad el diciembre pasado.

El candidato democristiano Armin Laschet ha basado su campaña en el asunto de la seguridad, donde la gente suele atribuirle mayor eficiencia a la derecha. Laschet no entró demasiado en el espinoso tema de los refugiados, aunque sí invitó a un acto de campaña a Horst Seehofer, el primer ministro de Baviera muy crítico con la política migratoria de la canciller.

Con este discurso, la CDU probablemente contribuirá a que la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) se quede por debajo de sus expectativas en NRW. Según los sondeos, la formación xenófoba superará el umbral del 5% para entrar en el parlamento pero se quedará por debajo del 10% que le dan algunas encuestas a nivel nacional. AfD tiene un nuevo competidor en el renacido Partido Liberaldemócrata (FDP) que mantiene un discurso intencionadamente ambiguo con el tema de los refugiados. Después de que el FDP se quedara fuera del Bundestag (la cámara baja del Parlamento alemán) por primera vez en medio siglo en las pasadas elecciones, su líder nacional Christan Lindner, que es de Renania, se presenta como un candidato antisistema para captar los votos de la gente que quiere castigar a los grandes partidos, CDU y SPD, que gobiernan ahora juntos en Berlín.

Die Linke, la formación de izquierda, probablemente entre también en el parlamento de Düsseldorf, aunque el margen que le dan los sondeos es demasiado escaso como para relajarse. En cualquier caso no formará parte del futuro gobierno porque en los últimos días de la campaña, Kraft descartó la opción de pactar con Die Linke. Es la lección de las elecciones en el Sarre, donde la perspectiva de un gobierno de SPD y Die Linke movilizó a los votantes desencantados de la CDU.

Ante este panorama, en Renania del Norte-Westfalia la gente ya se va preparando para una “gran coalición” entre socialdemócratas y democristianos, como la que gobierna en Berlín. La pregunta es si será encabezada por Kraft o Laschet. Y de ello depende en buena parte si el futuro canciller de Alemania se llama  Merkel o Schulz.
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Trump y Merkel, pelea programada

Trump carnaval Düsseldorf

En apenas dos semanas, la paranoica política del “America first” del presidente Donald Trump ya se ha cobrado muchas víctimas, especialmente los millones de personas de los siete países de mayoría musulmana que ya no pueden entrar en EEUU, incluyendo los refugiados sirios. Mientras, el proteccionismo de vieja escuela ya está golpeando a México, con el desplome del peso y la retirada de inversiones comprometidas de fabricantes de automóviles. Varios gobiernos de Asia estudian ahora qué ponen en el lugar del tratado de libre comercio TPP, volatilizado por el magnate inmobiliario, y hay temores de una guerra comercial con China.

También al otro lado del charco aumenta la preocupación por el imprevisible inquilino de la Casa Blanca, especialmente en Alemania. No es porque Trump vaya a enterrar también previsiblemente el tratado de libre comercio con la Unión Europa, ya que el TTIP también había perdido apoyo en Europa. Lo que ha encendido las alarmas en Berlín son unos cuantos comentarios de Trump y de gente de su equipo dirigidos al gobierno de Ángela Merkel. El último fue la entrevista de Peter Navarro, un alto asesor económico del presidente, que ha descrito el euro como una especie de marco alemán en disfraz. En una entrevista con el Financial Times, Navarro acusa a los alemanes de devaluar la moneda única frente al dólar para empujar sus exportaciones y así “explotar” a otros países.

Es cierto que el balance comercial de Alemania ha sido criticado también por otros gobiernos, muchos economistas y la Comisión Europea. El superávit de uno es el déficit de otro, y en el caso de EEUU el saldo a favor de Alemania subió a 74.000 millones de dólares en 2015. Es el principal socio comercial, del cual dependen cientos de miles de empleos alemanes. Los norteamericanos son compradores asiduos de coches de alta gama, y Trump podría estar tentado a traer de vuelta a casa también estos puestos de trabajo.

Merkel contestó a las acusaciones de Washington que el Banco Central Europeo es absolutamente independiente. En su primera conversación telefónica con Trump el sábado la canciller también expresó su rechazo al veto a los visitantes musulmanes. Muy pocos líderes internacionales se han atrevido a criticar de forma abierta la alocada política del presidente estadounidense. Aunque, visto el cuadro psicológico del multimillonario neoyorquino, probablemente le encante que le provoquen. Parece que siempre anda buscando una buena pelea. Excluido, de momento, la Rusia de Vladímir Putin, los rivales de altura para Trump en el mundo son China y Alemania.

Para atacar a Merkel, el presidente podría intentar dividir a los europeos. De hecho, cree que la Unión Europea ha sido un invento al servicio de Berlín, y el brexit le parece fantástico. Mucho depende ahora de quién saldrá ganador de las elecciones en Alemania y Francia este año. Solo una buena sintonía entre los futuros gobiernos en Berlín y París podría hacer frente a las posibles agresiones de Donald Trump.

Artículo publicado en El Heraldo (Colombia)

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