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Huelva-Almería: el tren de los pobres

PEDRO BLANCAS // “¿Sabes lo que tienes que hacer para ir a Almería?”. No me encuentro en mi coche preguntando en una gasolinera, ni mi interlocutora es un municipal de ningún pueblo aceitunero de Jaén. Me lo pregunta, a bocajarro, la revisora del tren Sevilla Santa Justa con destino a Almería.

Sorprendido, pienso  que lo que tenía que hacer para ir a Almería ya lo había hecho: comprar el billete y montarme en el tren. Pero mi ingenuidad, o la mala praxis de Renfe, me ha regalado tres viajes en uno. La revisora, con muy buena voluntad y poca cualificación, al tiempo que me explica la odisea andaluza, pide ayuda para que traduzcamos en inglés a los turistas que ocupan medio vagón.

“En este tren hay que bajar en Antequera. Out this train in Antequera. Luego hay que subir a un autobús hasta Granada. Go Granada in bus. Y allí subir a otro tren para llegar a Almería…”. Ya no tuve interés para en escuchar la repetición en inglés.

A pesar de que el tren arriba en Málaga y los pasajeros con destino a Almería debíamos abandonarlo en Antequera, la grabación de la megafonía del vagón insiste en cada pueblo: Tren con destino a Almería, próxima estación, Marchena.

Seis horas y cinco minutos de transiberano andaluz. Cualquier turista de selfie disfrazado de explorador presumiría de intrépido si esta aventura la viviese en un país exótico… ¡Guau! Sin bar, ni personajes engolados cerrando negocios por teléfono, sin preferente… Solo guiris despistados y pobres incautos.

Sí, pobres muy pobres. Tanto que no merecemos ni el paripé del escáner en el andén ni un vigilante que venda seguridad. No hace falta con gente que viaja en un ave zancuda con baypass en bus. Si hoy nos atentaran, mañana ondearían pancartas con reyes y presidentas proclamando: todos somos pobres.

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“La dictadura franquista fue una venganza”

dictadura franquista Secuencia del documental 'La fosa borrada del sur'.

Solo en la provincia de Almería, entre 1939 y 1945, fueron procesadas 11.300 personas. De ellas, 609 fueron condenadas a muerte. Y más de la mitad, en torno a 380, fueron fusiladas en las tapias del cementerio de San José. Unas 350 murieron en la cárcel de El Ingenio, víctimas de torturas, enfermedades y hambre. Es la historia que narra La fosa borrada del sur (Ediciones Paralelo 37 Audiovisual), un documental que intenta hacer entender cómo pudieron ocurrir los hechos en la dictadura franquista y por qué se permitió silenciarlos durante tantos años. Charlamos con su director, Diego García Campos, que esta semana ha presentado la cinta en Sevilla. 

¿Por qué ha hecho el documental?

En el origen del proyecto se han unido varias circunstancias: mi compromiso como periodista desde mediados de los 90 con la recuperación de la memoria; la necesidad de saber qué ocurrió con estas víctimas en Almería y la iniciativa conjunta con la ARMH Almería y su pasado reciente para apoyar a un grupo de familiares de víctimas a que encontraran a sus seres queridos.

¿Qué quiere transmitir con él?

Que el silencio y la injusticia no deberían haber quedado impunes. Que la violencia de posguerra no era necesaria. Que nadie debe impedir que ese dolor antiguo de posguerra quede ahí sepultado para siempre, y que hay unas víctimas que tienen, al menos, derecho al honor y la memoria.

“Comenzó una nueva guerra… la de la venganza, la persecución, el miedo…”, dice el documental. ¿Por qué sigue España sin entenderlo?

Ni siquiera los historiadores que han estudiado nuestra historia reciente a fondo lo entienden. Todo fue una venganza, ni siquiera pesaron esos principios de perdón cristiano a los que tanto se acogieron durante y después de la guerra los vencedores. Fue una represión sin piedad, cruel y continuada. Por eso una de las cuestiones pendientes es construir un relato en el que se clarifiquen ciertas cuestiones básicas, tal y como hicieron las dictaduras fascistas europeas y otras dictaduras latinoamericanas. Aquí se hizo una ley de punto y final y se cerró la herida en falso. 

“El que olvida el pasado le vuelve la espalda al futuro”, dice una de las personas más mayores que sale en la cinta. 

Es Alberto, un abuelo comunista que sufrió la violencia de posguerra en toda su familia, incluido él mismo. Uno de ellos, su hermano, fue fusilado después de ser torturado de una forma que hiela la sangre. Su edad no le impide seguir luchando con fuerza por que se conozcan aquellos hechos

El documental incluye una parte ficcionada. ¿Por qué? 

Se ficciona un juicio sumarísimo, traslado de presos, cárcel y fusilamiento en el tristemente conocido cementerio de San José, entre otras cuestiones. Es un apoyo a la parte documental. Sobre todo para intentar acercar a los ojos del siglo XXI lo que pudo ocurrir en esos años de posguerra. Hoy, tristemente, aún se enseña una historia torcida en algunos lugares. Los jóvenes y los no tan jóvenes deben entender que aquello no fue solo una guerra, que unos luchadores perdieron su vida por enfrentarse a unos golpistas y que la muerte no fue suficiente para los vencedores. La humillación y el dolor han pervivido y aún hoy siguen en parte.

¿Cree que el documental tendría que verse en las escuelas?

Precisamente explicamos en las presentaciones que se ha hecho en un tono didáctico. No obstante, hay algunos momentos muy duros por lo que se describe y por cómo lo describen los hijos o los nietos de las víctimas. Hemos pretendido ser didácticos. Por eso se intercalan puntos de vista de cinco historiadores, investigadores de referencia de la memoria –Fernando Martínez, Antonio Cazorla, Eusebio Rodríguez, Juan Hidalgo y Óscar Rodríguez–, que explican los acontecimientos para que se entiendan, y cómo se organizó la represión.

¿Se lo recomienda a miembros del Gobierno? Me acuerdo del diputado por Almería, y portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando.

Este y otros documentales que se han realizado a nivel de todo el territorio español deberían ser herramientas de concordia y reconocimiento de un pasado que está por reescribir y entender, no armas arromadizas de unos contra otros, y menos de falta de respeto al honor y recuerdo de las víctimas o de sus familiares. Algunos comportamientos no tienen ni calificativo. El respeto a las víctimas debe estar por encima de todo. Primero conocer, luego acordar un relato nuevo de la historia de acuerdo a las investigaciones y realidades. Poco ocurrió como se escribió. Hay mucho interés en ocultar en cada territorio quién hizo cada cosa y de qué forma se benefició, incluso económicamente, de aquellas muertes y expolios. 

 

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