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Cómo ser una mujer y tener que vivir como un hombre

No es la primera vez que Capitán Swing se aventura con el difícil género del ensayo, ni es la primera vez que lo hace con uno tratando un tema femenino que es, claro está, analizado desde el punto de vista feminista. Como tampoco es la primera vez, congratulémonos, que acierta en su elección. Y en esta ocasión lo ha hecho con un tema que, a priori, puede parecernos ajeno, el de los bacha posh, literalmente “vestida como un niño”, en Afganistán y quizás por eso es más interesante si cabe.

‘Las niñas clandestinas de Kabul. La vida oculta de las chicas afganas disfrazadas de muchacho’ (Jenny Nordberg, Capitán Swing) nos transporta, de la mano de los retratos de distintas familias también realizados por la periodista sueca Jenny Nordberg, a una parte de la reciente historia afgana con una primera frase tan triste como sobrecogedora: “Mi hermano es, en realidad, una niña”. A partir de ahí, se suceden las historias en las que el denominador común acaba siendo cómo se vive, si eres mujer, en una sociedad en la que “controlar y despreciar a las mujeres se convirtió en un reverso símbolo de virilidad”.

En Afganistán, con una cultura gobernada casi por completo por los hombres, el nacimiento de un hijo es motivo de celebración mientras que la llegada de una hija a menudo se lamenta como una desgracia; así pues, algunas niñas, para honrar a su familia, para ganar un poco de libertad, o para conseguir un dinero indispensable para que su familia coma, acaban travestidas en niños durante unos cuantos años. Una vez convertidas en niños, pueden cambiar el destino; ya sea ayudando económicamente a sus familias trabajando o colaborando en los negocios familiares, o yendo a la escuela hasta unas edades en las que a las niñas no les está permitido.

Nordberg ha entrevistado a numerosas familias que cuentan en su familia con una de sus niñas que, “al ser niño”, “disfruta” de un estatus privilegiado, pero al mismo tiempo peligroso ya que, si son descubiertas, pueden ser rechazadas por la sociedad, ya que una mujer en contacto con hombres no puede garantizar su pureza. Un libro en el que, además, la periodista realiza un recorrido no solo de cómo acaban decidiendo convertirse en niños, sino también de cómo lo viven sus familias, por qué se mantiene esta figura en la sociedad afgana y, lo más sorprendente de todo, cómo esta costumbre existe en numerosos países del mundo, aunque no sea siempre por motivos religiosos. En el ensayo, además, conocemos la situación de la mujer en Afganistán, de la homosexualidad o de las agresiones sexuales nunca denunciadas.

Las voces las ponen Mehran, Zahra, Shukria, Nader y muchas otras mujeres que de niñas fueron convertidas en niños y que, conforme cumplen años, no saben cómo encauzar su vida en el momento en que ya no tienen más remedio que retomar su feminidad.

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En Afganistán, Rusia se apoya en el ex presidente Karzai

El ex presidente afgano Hamid Karzai parece contar ahora con el respaldo de Moscú, que ve en él al mejor propagandista de los análisis del Kremlin. Desde que dejó el poder y traspasó al Emirato Islámico (Daesh) sus funciones como “padrino” del tráfico de opio, el ex presidente afgano se ha vuelto en contra de Washington y en abril pasado incluso acusó a Daesh de ser un instrumento de la CIA [1]. Hamid Karzai, que ahora parece interesarse por el futuro de su pueblo, participó en octubre en el foro (…)

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La India substituye a China en el abastecimiento de Afganistán

El abastecimiento de trigo a Afganistán, que China garantizaba tradicionalmente a través de Pakistán, está encontrando dificultades debido al tránsito de mercancías indias a través de Irán. Un acuerdo firmado en mayo pasado, en Teherán, entre la India, Irán y Afganistán acaba de entrar en vigor y prevé la entrega de volúmenes de cereales por un monto ascendente a 500 millones de dólares al año, lo cual demuestra el respaldo de Estados Unidos al presidente iraní Hassan Rohani y la existencia de una lucha (…)

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‘La escala’: maquillar el recuerdo de la guerra

¿Qué razones impulsan a dos chicas a ir a la guerra? Pues las mismas o parecidas a las de los chicos.”Tenía 19 años, no tenía curro y no sabía qué hacer. Me alisté por el dinero y por la libertad que da. Y, como suele decirse, por ver mundo”, dice una de las protagonistas de La escala, un drama dirigido por dos mujeres, las hermanas Delphine y Muriel Coulin.

La escala, que se estrena este viernes, cuenta la historia de un destacamento de soldados franceses que regresa de Afganistán pero que hace una parada de “descompresión” en Chipre antes de volver con la familia. Para liberar el estrés acumulado se alojan en un resort de cinco estrellas y son sometidos a exploración psicológica: un programa de realidad virtual simulará los dramas que vivieron durante los combates.

Esta perversa terapia existe realmente. Sirve para que la pantalla maquille el recuerdo de la violencia de la que han sido testigos, transformándola en algo parecido a un videojuego o una película. Para las mujeres soldado el trauma de la guerra no será su único problema. Rodeadas de testosterona a flor de piel, verán que no están a salvo ni siquiera lejos de los talibanes.

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‘La escala’: maquillar el recuerdo de la guerra

¿Qué razones impulsan a dos chicas a ir a la guerra? Pues las mismas o parecidas a las de los chicos.”Tenía 19 años, no tenía curro y no sabía qué hacer. Me alisté por el dinero y por la libertad que da. Y, como suele decirse, por ver mundo”, dice una de las protagonistas de La escala, un drama dirigido por dos mujeres, las hermanas Delphine y Muriel Coulin.

La escala, que se estrena este viernes, cuenta la historia de un destacamento de soldados franceses que regresa de Afganistán pero que hace una parada de “descompresión” en Chipre antes de volver con la familia. Para liberar el estrés acumulado se alojan en un resort de cinco estrellas y son sometidos a exploración psicológica: un programa de realidad virtual simulará los dramas que vivieron durante los combates.

Esta perversa terapia existe realmente. Sirve para que la pantalla maquille el recuerdo de la violencia de la que han sido testigos, transformándola en algo parecido a un videojuego o una película. Para las mujeres soldado el trauma de la guerra no será su único problema. Rodeadas de testosterona a flor de piel, verán que no están a salvo ni siquiera lejos de los talibanes.

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Trump y el apoyo de Pakistán a los yihadistas, por Thierry Meyssan

En su serie de análisis sobre la política de Donald Trump en el Medio Oriente, Thierry Meyssan muestra que, contrariamente a la opinión generalizada, el presidente de Estados Unidos no ha cambiado su estrategia. Rompiendo con sus predecesores, Trump ha tratado de cortar el apoyo de Pakistán a los yihadistas en Afganistán, como ya eliminó el respaldo de Arabia Saudita a los yihadistas en el Levante. El autor explica de paso que, aunque algunos electores de Trump dan muestras de inquietud al verlo desplegar más tropas en Afganistán, la lógica indica que deberían aprobar esa decisión.

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La interminable guerra en Afganistán se acaba de alargar

Afganistán

En Estados Unidos tenemos dos presidentes: el verdadero Donald Trump y el Trump del teleprompter. El verdadero Trump dice –y tuitea– lo que se le pasa por la mente. El del teleprompter lee desde una pantalla discursos que le preparan. Su voz suena forzada al leerlos, de forma tal que algunas personas comparan estos discursos con el video de un rehén. Las dos versiones de Trump han estado en plena exhibición últimamente, tanto en las declaraciones en las que afirmó la equivalencia moral entre los neonazis y los activistas antifascistas que se congregaron para oponerse a ellos, como en sus ataques a los medios de comunicación y las amenazas con cerrar el gobierno si no se construye su muro fronterizo.

Sin embargo, fue el anuncio que hizo en su discurso del lunes pasado, en el que el presidente Trump prometió que la guerra en Afganistán –la más larga en la historia estadounidense– iba a continuar, lo que podría ser lo más atemorizante de todo, asegurando más sufrimiento y muertes tanto para los soldados estadounidenses como para los civiles afganos.

Matthew Hoh, veterano de guerra, excomandante de la Armada que luchó en Irak, dijo sobre el anuncio en una entrevista para Democracy Now!: “Fue una vil y desagradable demagogia basada en el miedo. Por supuesto, me entristece mucho que no hubiera nada en ese discurso más allá de la perspectiva de más muertes”.

Tras combatir en Irak, Hoh trabajó en el Departamento de Estado estadounidense en Afganistán, cargo al que renunció en 2009. En su carta de renuncia de cuatro páginas, Hoh escribió: “No veo el valor ni el sentido de las continuas bajas de tropas estadounidenses ni de los gastos de recursos en apoyo al gobierno afgano en lo que, en realidad, es una guerra civil que lleva 35 años en curso… No creo que ninguna fuerza militar haya estado a cargo de una misión tan compleja, opaca y hercúlea como la que ha recibido el Ejército estadounidense en Afganistán”.

Donald Trump sostuvo durante mucho tiempo que Estados Unidos debería retirarse de Afganistán. En octubre de 2011, tuiteó: “Es hora de irse de Afganistán. Estamos construyendo carreteras y escuelas para gente que nos odia. No contempla nuestros intereses nacionales”. En enero de 2013, en una rara coincidencia de opinión con el entonces presidente Barack Obama, tuiteó: “Estoy de acuerdo con el presidente Obama en torno a Afganistán. Debemos hacer una rápida retirada. Para qué seguir desperdiciando nuestro dinero… ¡a reconstruir Estados Unidos!”. Más adelante, en las elecciones presidenciales de 2016, obtuvo la mayoría de los delegados del Colegio Electoral y, a pesar de perder el voto popular nacional por tres millones de votos, se convirtió en presidente del país.

El lunes, en un discurso en la base militar Fort Myer, justo al lado del Cementerio Nacional de Arlington, el Trump del teleprompter dijo: “Poco después de asumir la presidencia, instruí al secretario de Defensa Mattis y a mi equipo de seguridad nacional para que emprendieran una revisión exhaustiva de todas las opciones estratégicas en Afganistán y el sur de Asia”. El círculo íntimo de Trump en la Casa Blanca se ha reducido a sus familiares y sus generales: el general John Kelly, jefe de Gabinete; el general James Perro Loco Mattis, secretario de Defensa y el teniente general H.R. McMaster, asesor de seguridad nacional. Después de una reunión en Camp David con estos generales y otros asesores militares, Trump anunció en su discurso de Fort Myer su compromiso de enviar miles de tropas más y de destinar decenas de miles de millones de dólares de los impuestos de los ciudadanos para la guerra en Afganistán.

Kathy Kelly, tal como Matthew Hoh, tiene una amplia experiencia en Afganistán. Como activista por la paz del grupo Voces por la No-violencia Creativa fue nominada en dos ocasiones para el Premio Nobel de la Paz. Ella está de acuerdo con Hoh respecto a que el gobierno de Afganistán, que cuenta con el respaldo de Estados Unidos, se ha venido abajo y no está ofreciendo ninguna seguridad contra los diversos caudillos de la guerra afganos.

En una entrevista para Democracy Now!, Kelly explicó: “Estados Unidos es uno más de los varios caudillos militares del país en este momento. Sin duda es el que está más armado y el que tiene mayor acceso a fondos, pero Estados Unidos no ha favorecido ningún tipo de gobierno que haya sido conveniente para el pueblo de Afganistán”.

El periódico The New York Times informó recientemente que el presidente Trump está siendo informalmente asesorado sobre Afganistán por el multimillonario inversionista Stephen Feinberg, propietario de la empresa contratista militar DynCorp, y que Trump podría estar procurando el control por parte de Estados Unidos de la riqueza mineral aún sin explotar de Afganistán, que se estima que tiene un valor de un billón de dólares. Kathy Kelly responde al respecto: “Afganistán es un país que necesita poder alimentar a su pueblo, no enviarlo a mazmorras y minas para trabajar como siervos. Para restaurar la infraestructura agrícola se debería volver a sembrar los huertos, limpiar los sistemas de riego, reponer los rebaños. Se necesitaría desvincular a la gente del comercio del opio. Esas son cosas que se podrían hacer”.

El presidente Trump debería reunirse un fin de semana en Camp David con activistas por la paz, así como con civiles afganos, que conocen su país y su sufrimiento mejor que nadie. No obstante, si tenemos en cuenta lo que hemos aprendido sobre Donald Trump en los primeros siete meses de su presidencia –ya sea sobre el verdadero Trump o el hombre del teleprompter– podemos asumir que ese tipo de reunión no está en el guion.


© 2017 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

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El terrorismo y las ficciones, un análisis político tras los atentados en Cataluña

Fusil AK-47. Foto: Flanell Kameras.

Desde los atentados de Barcelona y Cambrils al último ataque sucedido en Londres apenas han pasado tres meses, una distancia que, posiblemente, parezca mucho mayor si atendemos a esa subjetividad que nos hace seguir adelante por la lógica inercia de nuestras vidas pero también por una ficción que se tambalea, la de seguridad. La lista de ciudades europeas que han sido escenario de terrorismo yihadista relacionado con el Estado Islámico no para de crecer: Estocolmo, Manchester, Berlín, Niza, Bruselas, París… Una lista cuya consecuencia no son sólo las víctimas directas, sino la alteración, gradual pero sostenida, de múltiples aspectos de nuestra sociedad, algunos latentes, otros evidentes.

La ficción de seguridad es el pensamiento generalizado en las poblaciones occidentales de que se puede disfrutar de una vida sin amenazas directas en un entorno protegido rodeado de un mar de conflictos violentos. Podríamos hacer inútiles lecturas morales al respecto, pero nos interesan más las políticas. Sólo en lo que llevamos de año más de 2.100 personas han muerto en atentados perpetrados por yihadistas en Afganistán, Iraq y Siria, países unidos por el nexo común de haber sido escenario, o estar siéndolo, de guerras en las que Estados Unidos, la Unión Europea y las dictaduras del Golfo han tenido un papel clave. El hecho de que estas víctimas sean a un nivel mediático y emocional de una menor importancia tiene que ver con esa ficción de seguridad, que viene a decir que existen zonas del planeta estables, exentas de conflicto, mientras que otras son susceptibles de desangrarse permanentemente, eso sí, no explicando nunca las causas de tal asimetría o aduciendo razones intangibles de carácter racista: nosotros somos la civilización, ellos la barbarie.

Desde que Estados Unidos lanzó la Operación Ciclón en 1979 contra el gobierno socialista de Afganistán apoyado por la URSS, la cual consistió en armar y fomentar el fundamentalismo islámico para desatar una mal llamada guerra civil, el modus operandi de llevar este escenario a países árabes que fueran renuentes a entrar en la órbita de los intereses occidentales ha sido desastrosa. Fundamentalmente por la destrucción y mortandad sobre el terreno, pero también, desde una óptica europea, por acabar con gobiernos que, aún dictatoriales, ponían freno al integrismo. El ISIS no ha surgido de la nada, sino de un proceso de descomposición en Iraq, Siria y Libia que ha permitido al fanatismo islamista echar raíces tanto en esos países como en Europa, por el retorno de combatientes así como por la creación de un sofisticado sistema de propaganda y captación que cuenta en internet y en los canales de mensajería con un inesperado aliado. El panorama es desolador y complejo pero la lectura es sencilla: desestabilizar zonas cercanas azuzando el integrismo religioso ha sido una idea nefasta para Europa. El último objetivo de la ficción de seguridad, que ya se tambalea, es exonerar a los gobiernos occidentales situándoles antes sus ciudadanos como la última defensa frente a la barbarie, y no precisamente como los incitadores de la misma, con la inestimable colaboración de sus aliados, las dictaduras wahabitas del Golfo.

Sólo una lectura parcial, torpe o interesada puede situar esta exposición de hechos y certezas en la justificación del terrorismo del ISIS. La población occidental es posible que haya vivido de espaldas al mundo y a la geopolítica suicida de sus gobernantes (siempre espoleados por los intereses de las élites económicas) pero eso no la hace responsable de estos hechos ni mucho menos merecedora de recibir esta violencia. Tampoco justifica a los terroristas, que se presentan como liberadores contra los ejércitos cruzados cuando la realidad es que su batalla ha sido y es contra los ejércitos sirio e iraquí (entre otros), es decir, contra musulmanes considerados impíos desde su integrismo. No hace tanto, los grandes medios nos vendieron a estos fanáticos como rebeldes que luchaban por la democracia cuando ya andaban decapitando, las hemerotecas están ahí y una vez más hieden. El fundamentalismo islámico como arma geopolítica fue una idea que alguien trazó desde las asépticas estancias de un think tank y que una vez desatado se ha vuelto incontrolable, llevando la muerte a medio mundo. El problema ya no es acabar con el ISIS como califato entre Siria e Iraq, eso sucederá tarde o temprano, sino que el ISIS como idea ya circula imparable en el imaginario de algunos musulmanes.

Por desgracia este análisis de la situación es aún minoritario entre la población europea, que si bien no tiene clara la imagen de conjunto tampoco ha sucumbido a una respuesta exaltada. De momento. El auge de la extrema derecha está íntimamente relacionado con los atentados yihadistas, con los que, curiosamente, comparten ese imaginario de cruzados, muyahidines, guerra santa, choque de civilizaciones e incluso métodos terroristas, como se pudo ver en Utøya y Charlottesville. La segunda ficción que este contexto se está llevando por delante es la de la Europa liberal y demócrata, no sólo por el renacimiento de los ultras, sino por cómo éstos condicionan ya la agenda política. Cuando tienes a los partidos de la derecha liberal, e incluso socialdemócrata, utilizando un lenguaje similar al de la extrema derecha y asumiendo parte de su ideario en asuntos como la crisis de los refugiados, da igual quién sea ganador de las elecciones: los resultados son los mismos y lo que es peor, lo que antes era ilegítimo ahora es razonable. Lo que nos lleva a preguntarnos si este fenómeno de desplazamiento hacia lo ultra de la política europea es tan sólo una cuestión coyuntural y táctica o se ha destapado una caja que llevaba sellada desde 1945, pero que aún seguía latente en el corazón de esos demócratas-de-toda-la-vida.

En clave nacional los días inmediatamente posteriores al atentado han sido una sucesión de vendettas. Ni las reglas más básicas del decoro y el respeto a los muertos han evitado que la derecha, y no hablo sólo del PP, sino del espectro social que pasa por todos los grandes medios, continúa en la Iglesia y acaba en los individuos más insignificantes, haya instrumentalizado el terrorismo para pasar factura a sus considerados enemigos. Ataques a lo catalán llevando el tema del idioma en los comunicados de las autoridades a niveles de ridículo supremo o vinculando a uno de los terroristas con el independentismo. Un intento grotesco de atacar al ayuntamiento de Colau con una polémica creada en torno a los bolardos que a nadie parecía importar en Niza, Berlín o Londres. La maniobra, miserable, de atribuir comprensión, responsabilidad o incluso colaboración de la izquierda con los yihadistas, utilizando ese espantajo llamado buenismo, que no es más que la equivalencia del mito de lo políticamente incorrecto en asuntos de terrorismo. Capítulo aparte merece la prensa, donde parece que el atentado ha sido la coartada para dejar ya vía libre a los elementos más reaccionarios que han jugueteado sin complejos con la retórica de la historiografía más rancia, han señalado con furor macartista y han vuelto a esa impotencia bélica que vale para llenar páginas pero que se ha demostrado inútil para garantizar la seguridad de los ciudadanos. Lo peor, de hecho, no han sido las figuras visibles, sino una legión de individuos anónimos que han seguido la pista y han ido un paso más allá en la hostilidad de sus comentarios. Aviso: estamos cerca de que un iluminado cometa alguna barbaridad, los responsables tienen todos nombres y columna.

Por desgracia parte del independentismo catalán tampoco ha estado a la altura. Aunque de una forma menos notoria y no oficial, las redes les han servido para lanzar dos ideas. La primera es que el atentado había demostrado que la reacción de las instituciones catalanas y su sociedad ya era un anticipo de la República Catalana. Que Cataluña vaya a ser o no independiente puede depender de muchos factores, pero no parece el más correcto ni elegante utilizar esta situación para lograrlo. Por otro lado se ha deslizado que el atentado había sido una conspiración españolista para dar al traste con el referéndum. Sobre este suceso prefiero no comentar nada más, por respeto a los lectores y a mí mismo.

Aunque siempre es edificante ver cómo la gran mayoría de la gente se ha volcado en acciones de solidaridad y gestos de cariño, aunque Barcelona respondió con contundencia a las provocaciones de la ultraderecha, aunque, a pesar de incidentes aislados, la islamofobia no ha sido la tónica dominante, estos atentados han tensado a la sociedad de una forma evidente. Da la sensación de que, tras el periodo 2011-2015, donde algunos vieron tambalearse su orden más de lo que nos pensamos, ahora hay muchas ganas de pasar factura, de cobrarse en este termidor venganza contra los que se atrevieron a levantar la cabeza y mirar a las alturas. Lo peor, insisto, es que se intuyen miles de colaboradores anónimos, inasequibles a la razón, pero dispuestos a levantarse firmes al primer toque de corneta mediática.

Y por último la izquierda, que ha dado la sensación, una vez más, de incapacidad, desorientación y lo que es peor, miedo, de quedarse estática a ver si escampaba, de tener como única respuesta la inercia de lo institucional y de la mal llamada unidad. No se trata de negar la unidad, sino de explicar que esta se construye en torno a algo y ese algo no pueden ser las políticas exteriores suicidas ni las alianzas con dictaduras que comparten preceptos ideológicos y lazos con los terroristas. Mención aparte merece la valentía de la CUP, que ha conseguido, a pesar de su lapidación pública, que la manifestación ciudadana vaya a ser encabezada por ciudadanos anónimos y no por la realeza. Por su parte el PCE, dirigentes de IU y algunos de Podemos, han señalado las relaciones de las casas reales españolas y saudíes y la insalvable contradicción que esto supone en el momento actual.

Falta un llamamiento claro para desmontar la ficción de la invasión islámica de Europa, preconizada por la ultraderecha y no negada por los liberales, que viene a plantear que los atentados son sólo la punta de lanza con la que se pretende imponer en nuestro suelo la sharía. Esta ficción, absurda en términos militares y estratégicos, vale para situar al migrante musulmán como cabeza de playa, como chivo expiatorio sobre el que volcar nuestro comprensible miedo. La islamofobia existe y la podemos ver en sucesos como el de Port Sagunt, el viernes de los atentados, cuando un hombre la emprendió a patadas con un niño marroquí al grito de moro de mierda. La islamofobia es la atribución de culpabilidad a una persona por su religión y eso, en Europa, sabemos ya a dónde puede conducir. Sin embargo, nombrar el problema no lo va a hacer desaparecer. Las apelaciones a la solidaridad raramente funcionan cuando el pánico entra en escena. Lo esencial es entender que el terrorismo yihadista no afecta lo más mínimo a la estructura de poder entre clases ni tampoco al equilibrio de poder imperialista, por el contrario, lo hace más fuerte. Cuanto más miedo, más orden, más orden de un tipo determinado, justo el que nos ha traído hasta aquí.

El terrorismo yihadista lo sufren ciudadanos comunes, la clase trabajadora que coge el cercanías, sin entender de ninguna otra especificidad. El enfrentamiento entre trabajadores nacionales y foráneos, el enfrentamiento entre ciudadanos de diferentes confesiones religiosas, es justo lo que buscan los terroristas y es justo lo que no va a proporcionar ninguna seguridad a la gente común.

La cuestión última es si la izquierda, bajo el peso del relativismo cultural, no ha confundido en estas últimas décadas la incorporación a su proyecto de experiencias y visiones más allá del continente donde nació con un cheque en blanco que ha otorgado a la especificidad cultural, incluida la religiosa, un carácter emancipador en sí mismo. La izquierda debe ser garante de derechos humanos, especialmente el primero de ellos, el derecho a la vida, que es el que los terroristas arrebatan. Pero también preguntarse si ha renunciado al laicismo, es decir, al proyecto que garantizaba la libertad de culto o de ateísmo, que luchaba contra la confusión entre esfera religiosa y civil, y que ponía a los preceptos religiosos siempre supeditados a las leyes, para en caso de conflicto, que no hubiera dudas de cuál aplicar. La inclusión de la comunidad musulmana, la lucha contra la islamofobia no pueden derivar en una actitud donde se acabe transigiendo con posturas involucionistas, ya presentes y en auge en el catolicismo, y donde por miedo a ser tachados de racistas no se critique con dureza a un imán de la misma forma en que se hace con un obispo. Tratar con esa doble vara paternalista a la comunidad musulmana, sea de nacionalidad española o no, le hace un flaco favor ya que parece que se les considera incapaces de asumir con normalidad la idea laica. De hecho, el insistir tanto en la identidad religiosa, con un ánimo bienintencionado de visibilización, provoca que al final parezca que los musulmanes no son personas a las que les afecta la subida de la luz o la precariedad laboral como a cualquier otro trabajador. No hay una idea más inclusiva y transversal que la de clase.

Este artículo seguramente no guste a nadie. Este artículo seguramente sea un texto destinado al fracaso. Pero debía ser escrito, al menos, como constancia de que frente al fanatismo aún seguimos disponiendo de un puñado de ideas que en el pasado nos fueron realmente útiles, que cruzaron el mundo, que levantaron a la gente en San Petersburgo, El Cairo o La Habana, que nos aportaron esperanza aún en los momentos más oscuros.

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