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“Solución final” contra los musulmanes

Un musulmán pasea por una calle de París. FOTO: TERESA SUÁREZ.

En la madrugada del 23 de mayo, pocas horas después del atentado en el Manchester Arena, Katie Hopkins, columnista del Daily Mail y principal representante mediática de los sectores que sueñan con un movimiento político en el Reino Unido cuyo eslogan sea Make Britain Great Again, tuiteó lo siguiente: “22 muertos y subiendo. […]. Necesitamos una solución final. #ManchesterArena”. Pasados unos minutos, al ver la reacción de decenas de usuarios que la acusaban de hacer referencia a un concepto forjado por el nazismo, Hopkins cambió “solución final” por “solución verdadera”. La extrema derecha británica, aquella que impulsó el voto favorable al Brexit, aprovecha cada atentado en territorio occidental para normalizar nuevas ideas y estrategias contra la comunidad islámica, actualizando una agenda internacional antimusulmana que tiene como principal vocero al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

“Hombres occidentales. Estas son vuestras mujeres. Vuestras hijas. Vuestros hijos. Levantaos. Alzaos. Exigid acción. No continuéis como si nada. Intimidados”. Así proseguía Hopkins con su llamamiento a un levantamiento en contra de los musulmanes durante la jornada posterior al sanguinario atentado. El editor del portal de noticias Spiked, Brendan O’Neill, sumó su voz a la estrategia de la extrema derecha, a pesar de autodefinirse como izquierdista, apelando a los británicos a no mantener la calma y a dejarse llevar por el odio que sentían después de la tragedia sufrida.

“Odio la ideología que sustenta esa barbarie. Quiero destruir esa ideología. No me siento triste, me siento apoplético. Otros sentirán lo mismo, pero si expresan esta emoción después del terror corren el riesgo de ser calificados como arquitectos del odio, contribuyentes a futuros actos terroristas, racistas, etc.”, apuntaba O’Neill en su editorial, que criticaba que la reacción social mayoritaria ante el atentado se basara en las proclamas mediante hashtags como #WeStandTogether y en encender velas como señal de duelo.

Las voces que demandan acción, en el seno de una sociedad que cuenta con una importante comunidad musulmana, juegan con la carta de la ambigüedad. No dejan claro cuál debe ser el objetivo específico ni de qué manera se debería actuar. Su mensaje es meticulosamente difuso aunque determina de forma inequívoca la existencia de dos bandos: los ciudadanos occidentales, por un lado, y los terroristas, por el otro.

En su narrativa, los musulmanes, aunque nacidos en territorio europeo, quedan automáticamente excluidos de la etiqueta ‘ciudadanos occidentales’ así que, de forma más o menos velada, son equiparados a los miembros de grupos terroristas de bandera islamista. Según esta visión, los occidentales deben defender sus sociedades ante la barbarie que llega a Europa desde Oriente Medio. Ante la supuesta pasividad que gobiernos y medios de comunicación inculcan a la gente, la extrema derecha, cuya base social va in crescendo, pide una “solución final”.

Cabe recordar que en el año 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, la anhelada “solución final para la cuestión judía” ideada por Adolf Hitler empezó a tomar forma. Durante meses, los judíos de distintas zonas ocupadas por los alemanes fueron identificados y recluidos en guetos con el fin de poder ejecutar un plan que cambiaría la Historia de la humanidad. El historiador británico Ian Kershaw, en su libro Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949 (Crítica, 2016), define el holocausto nazi y sus infames cámaras de gas como un “sistema industrializado de aniquilación en masa”. “El genocidio constituyó la razón de ser misma de esta segunda gran conflagración”, añade el autor. La “solución final” fue el eufemismo que se utilizó para acabar con la vida de millones de judíos, comunidad que desde los años 30 fue señalada como el principal enemigo de los alemanes de supuesta raza aria.

Cuando Hopkins usó el concepto “solución final” era consciente del significado de estas dos palabras, aunque más tarde optara por reformular el concepto cambiando el “final” por “verdadera”. Hopkins ha dado un paso más hacia la confrontación, hacia la división interna, con el objetivo de inducir la formación de una resistencia liderada por hombres blancos que se tomen la justicia por su mano ante la amenaza terrorista.

Los actores de la extrema derecha saben que su batalla es a largo plazo y que la inestabilidad global juega a su favor. Llegar a proponer algo así como una “solución final para la cuestión musulmana” era impensable hace unos años. La utilización de estos conceptos mediante el altavoz de las redes sociales, más que la expresión de una opinión, se convierte un valioso test de prueba. Y el resultado es preocupante: si bien ha habido un amplio rechazo y Hopkins ha sido despedida de la radio londinense LBC, muchos ciudadanos apoyan ahora la idea de una “solución final” o “solución verdadera”, el Daily Mail ha decidido mantenerla como columnista y la FOX estadounidense la ha presentado como opinadora de referencia en territorio británico.

Riaz Khan, un profesor musulmán de Leicester y una de las voces más mediáticas —en las redes sociales— de la comunidad islámica del Reino Unido, ve con preocupación el escenario actual. “Se utiliza un lenguaje similar al que se utilizaba contra los judíos en la Alemania de Hitler. Los atentados nos duelen y nos indignan igual que a cualquiera. Hay que condenar estos actos y posicionarse en contra del ISIS, pero no tenemos que pedir disculpas. No son nuestros actos, son actos de maníacos. ¿Se piensan que los terroristas vienen a nuestras mezquitas y nos dicen ‘¿sabes que voy a poner una bomba’? Esta gente no forma parte de nuestras comunidades”, comentaba apenado después del atentado. Khan, nacido en Inglaterra, ha sido testimonio de como la extrema derecha ha normalizado el lenguaje del odio contra los musulmanes y los inmigrantes en general. Cuenta que el día de la votación del Brexit iba por la calle y escuchó que un hombre decía, refiriéndose a él: ‘al menos estos tendrán que irse pronto’. “¿Irme a dónde? ¡Yo nací aquí!”.

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Un antifascista jamás duda: Le Pen no es opción

El 11 de octubre de 1931 se constituyó en Alemania el denominado Frente de Harzburg, una coalición política promovida por la derecha conservadora del multimillonario Alfred Hugenberg y al partido nazi de Adolf Hitler. Con la República de Weimar zaherida y con la agonía del canciller Gustav Stresseman, los conservadores veían en Adolf Hitler la figura carismática que les llevaría al poder. En un mitin conjunto en la ciudad de Bad Harzburg, en la que varios comunistas fueron detenidos por sedición al protestar, el magnate de la prensa y líder del partido conservador DNVP intentó ganarse el favor de Hitler para que encabezara su proyecto. Pero Hitler sabía que no precisaba de su colaboración política, solo de su dinero. Los conservadores de Hugenberg no fueron en coalición con el partido nazi únicamente por la negativa de Hitler. En momentos de tensión política en la que los conservadores vean comprometidos sus privilegios siempre elegirán el fascismo antes que el antifascismo. Ahora toca elegir.

Entre Macron y Le Pen no me queda duda. Macron. La realidad no permite circunloquios y ha situado a la sociedad francesa y europea en este dilema. La izquierda puede centrarse en discusiones inútiles sobre los errores del pasado o qué Europa hemos construido para que se plantee esta disyuntiva tan perjudicial para los trabajadores, pero en quince días el fascismo puede lograr el poder en nuestro vecino del norte si no se impide con el voto. No hay equidistancia posible, cualquier opción política es mejor que Le Pen. Es una falacia establecer que no había alternativas a la extrema derecha o la derecha liberal. Las había pero no lograron llegar a la final. Y ahora hay que decantarse. Un antifascista sabe que cuando la historia pone el fascismo en el camino solo cabe hacerle frente. Sin diatribas ni relatos alternativos. Hay que pararlo.

Emmanuel Macron, un exbanquero de los Rothschild y exministro de Economía del socialismo de François Hollande -uno de los máximos responsables del ascenso del fascismo de Marine Le Pen con sus políticas conservadoras- es una desgracia para los trabajadores de igual porte que lo sería Fillon o lo son Albert Rivera y Mariano Rajoy. Un neoliberal clasista que se dirige a los trabajadores que protestan por la reforma laboral diciéndoles que trabajen para comprarse un traje como el suyoPolíticos como Macron y políticas como las de Macron son las que han llevado a Le Pen a su máximo histórico. No será el antídoto contra el fascismo, es solo un dique de contención que la historia ha puesto en nuestro camino y que dejará latente el problema, si no lo agrava. Pero es el instrumento que la realidad nos ha dado, hay que hacer fuerte el dique ahora, poner sacos terreros y parar la embestida mientras se construye una verdadera alternativa a la extrema derecha que sepulte a Le Pen y a los que como Macron la aúpan con su ideología tóxica para los trabajadores.

En los días previos a las elecciones en Francia, políticos del PSOE, Ciudadanos y el PP, columnistas de extremo centro de El País y toda la oligarquía mediática no dudaron en equiparar a Jean Luc Mèlenchon con Marine Le Pen para armar la estructura que pudiera establecer el relato que permitiera poner a Le Pen como alternativa viable en el caso de que el candidato de izquierdas compitiera con ella en segunda vuelta. Todos aquellos que han equiparado en multitud de ocasiones el antifascismo con el fascismo y el nazismo con el comunismo han construido una Europa que permite que la ideología más criminal de la Europa contemporánea sea vista como una opción tolerable. En el año 2012, mientras Viktor Orban reformaba la constitución para crear campos de trabajo para desempleados o su socio Jobbik realizaba cazas de gitanos en Gyongiospata, la Unión Europea recordaba al premier húngaro que la prioridad era el cumplimiento del déficit y la independencia del Banco Central. Y el virus se siguió propagando.

Partidos como Ciudadanos están intentando dar lecciones de antifascismo porque ahora es cool ir contra Le Pen y apoyar a un candidato de estudio de márketing como Macron. Sin embargo, Albert Rivera fue uno de los que participó de manera más activa en la reactivación de la extrema derecha al participar en una coalición de partidos llamada Libertas para acudir a las elecciones europeas de 2009. Ciudadanos acudió coaligado, por ejemplo, a la Liga de las Familias Polacas, un partido de extrema derecha y xenófobo que tuvo a su líder, Roman Giertych, como viceprimer ministro en el año 2007 y que prohibió hablar de la homosexualidad en las escuelas por sus “creencias como hombre”.

Tener plena consciencia de cuál sería la opción de los antifascistas sobrevenidos en caso de cuestionarse sus intereses no puede marcar el camino de un antifascista convencido. En estos momentos hay que compartir trinchera con los de Macron frente a Le Pen aunque estemos seguros de que nos van a usar como carnaza para el capital. Esa será otra guerra, y ya va siendo hora de que la izquierda sepa cómo afrontarla.

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Alertar sobre Trump, porque el nazismo no comenzó en Auschwitz

MADRID// La llegada al poder de Donald Trump ha puesto de moda el texto de referencia sobre la formación de los totalitarismos de Hanna Arendt, que es, junto con 1984 de George Orwell, uno de los libros más vendidos en EEUU para encontrar respuestas a la situación actual. La conformación de los totalitarismos tiene unas características comunes de las que aprender para alertar cuando se producen, sin que para ello sea necesario decir que Donald Trump es Adolf Hitler. Escribía Augusto Assía en sus Crónicas de Berlín (La Vanguardia, 24 de febrero de 1933) sobre las primeras medidas adoptadas por Hitler al llegar al poder: “La represión de Hitler-Papen-Hugenberg no comienza con mucha más imaginación ni con más nuevos recursos o métodos que han comenzado todas las reacciones de nuestro tiempo”.

Cuando se establecen analogías entre periodos históricos distintos siempre se está cometiendo un error si no se produce un enorme ejercicio de contextualización. Más aún cuando la analogía se establece con el régimen más criminal del siglo XX. El genocidio perpetrado a cabo por Adolf Hitler y sus fieles pervierte la visión de cualquiera al establecer comparaciones. Pero es precisamente por la barbarie extrema que perpetró el Reich alemán por lo que es necesario hacer sonar todas las alarmas cuando exista el riesgo de que se conforme un Estado totalitario con el poder suficiente para establecer un reino de terror. Que podrá ir en una dirección o en otra y sin alcanzar las cuotas de salvajismo de anteriores; pero que con sus actitudes advierte de las consecuencias gravísimas que pueden traer sus políticas y que obliga a estar alerta para no minusvalorar el posible devenir, en este caso de gobierno de Trump. El régimen nazi no comenzó su andadura con los campos de exterminio, sino con medidas de odio contra colectivos determinados muy similares a las que Donald Trump ha comenzado a llevar a cabo.

La orden de Trump de prohibir la entrada en territorio estadounidense a ciudadanos de siete países musulmanes ha inoculado el peor virus posible, el del racismo y la xenofobia institucional. Supone validar un sentimiento de odio dándole carta de naturaleza y dotándolo de los instrumentos represores que el poder confiere. Las protestas que se han visto en los aeropuertos han provocado cierto alivio en el observador externo al comprobar que la contestación popular evitará la conformación de un Estado totalitario. No es como en Alemania. Allí nadie protestó. Lo aceptaron sin reclamar. Una conclusión que no se ajusta a la realidad.

La llegada al poder de Adolf Hitler en enero de 1933 provocó manifestaciones masivas en Alemania que intentaron contrarrestar las demostraciones de fuerzas de las SA hitlerianas. En aquellos momentos las protestas iban acompañadas de actos violentos. Un día después de que Hitler fuera nombrado canciller fue asesinado Hans Maikowski, un miembro de las SA, por su participación en la marcha de las antorchas que celebraba el ascenso del nazismo. Sí que hubo resistencia con Hitler en el poder, no sólo en sus primeros días como gobernante. Tras la aprobación de las leyes de Nuremberg en septiembre de 1935 que privaron de la ciudadanía a los judíos, se constituyó una asociación cristiana de apoyo a los represaliados. Con la represión nazi ya presente hubo solidaridad y resistencia.

En su primera semana en la Casa Blanca, Trump se atrevió a privar de su hogar y de los derechos adquiridos en el país a un número indeterminado de ciudadanos con permiso de residencia activo. La marcha de mujeres en Washington un día después de la toma de posesión de Trump recordó a la que se celebró en Nueva York en mayo de 1933 contra Hitler. No es cierto que nadie viera venir la conformación del totalitarismo en Alemania, como prueba el enorme trabajo de los periodistas del Münchener Post. El mayor problema siempre fue el silencio cómplice de los tibios o la connivencia de aquellos que creen que a los integristas se les puede moderar o controlar. Y, sobre todo, de aquellos que pensando lo mismo no fueron capaces de llevar a cabo esas políticas que admiraban o no pudieron llegar al poder para implementarlas.

El efecto arrastre de Trump en Europa

El efecto devastador que las medidas de Trump pueden tener no es sólo el que provoque sobre miles de personas —motivo de por sí más que suficiente—, sino el efecto legitimador que sus actuaciones tendrán sobre la derecha europea que siempre coqueteó con dar un paso más allá. No hay diferencias entre las palabras de Donald Trump y las de Jorge Fernández Díaz sobre los refugiados, o con las declaraciones de Xavier García Albiol sobre inmigración. Pero Trump no tiene complejos para ir más lejos y pasar de las palabras a los hechos, por lo que el efecto arrastre que en la derecha acomplejada europea pueden tener las medidas del presidente de los EEUU se prevé dramático. Lo dijo literalmente Esperanza Aguirre, quien todavía no se atreve en apoyar al presidente americano en público pero poco a poco deja asomar su verdadero ser y no tardará en hacerlo: “Lo bueno de Donald Trump es que ha roto con lo políticamente correcto”. Porque es precisamente una figura como la del multimillonario neoyorquino lo que personajes como Aguirre necesitaban para definitivamente pasar de su liberalismo impostado a la extrema derecha populista que siempre han representado pero que nunca se atrevieron a encabezar de forma abierta.

La política en EEUU tiene la capacidad para marcar las normas al resto del mundo. Los estándares de libertades que muchos en Europa han implantado se vieron impuestos o marcados por el marco que establecía la gran potencia norteamericana. Ése es el mayor riesgo de lo que ya es un verdadero drama. La importación al resto de potencias de unas medidas reaccionarias y xenófobas que establezcan los parámetros de exclusión muy similares a los que se dieron en la Alemania de los años 30 pero sin la necesidad de implantarlos por la fuerza, sino con el poder de asimilación que tiene EEUU en el mundo y con el efecto normalizador que tiene el tiempo. Lo que hoy vemos escandaloso será asumido de forma natural en pocas semanas o meses cuando la efervescencia de las protestas se relaje.

Donald Trump no es Adolf Hitler, no impondrá el nazismo ni acabará con seis millones de personas en campos de exterminio. Todos los totalitarismos que se han impuesto en el siglo XX han tenido sus propias características y siempre son diferentes a los anteriores. Pero todos han comenzado a instaurarse buscando un enemigo interno como causa de todos los males de la sociedad. Todos los Estados de terror comienzan a conformarse con unas características similares, y están influidos por sus predecesores. En 1937 el escritor Friedrich Rech-Malleczewen escribía Historia de una locura masiva, un libro en el que comparaba a Hitler con Jan Bockelsön (Jan Van Leiden), el responsable de un régimen de terror anabaptista en la región del Münster en el siglo XVI. Los medios y acólitos nazis se escandalizaron con aquella comparación. No se sostenía. El escritor acabó muerto por tifus en el campo de concentración de Dachau.

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