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Nuevas infraestructuras de gas deficitarias con dinero público a costa del clima

Planta de ciclo combinado en Fawley (sur de Inglaterra). Foto: Gillian Thomas / CC BY 2.0.

Samuel Martín-Sosa Rodríguez // En noviembre de 2017 la Comisión Europea presentó la lista de Proyectos de Interés Común de interconexión energética entre países de la Unión Europea, una serie de infraestructuras que recibirán financiación pública comunitaria y se beneficiarán de una tramitación agilizada -por ejemplo, trámites de Evaluación de Impacto Ambiental simplificados-. Aunque en principio esta lista debe de estar integrada principalmente por obras de interconexiones eléctricas, en la lista de la Comisión se pueden encontrar hasta 95 proyectos de gas, incluyendo grandes gasoductos y nuevas terminales para importar gas natural licuado por barco.

La apuesta europea por el gas es evidente. Desde 2014 el mecanismo financiero ‘Conectar Europa’ ha dedicado más de 1.000 millones de euros a financiar infraestructuras de gas (el doble que a planes de conexión eléctrica). Algunos de los proyectos planteados en la nueva lista son absolutamente faraónicos. Destaca el Corredor Meridional del Gas, una tubería de 3.500 kilómetros que pretende traer gas desde Azerbaiyán hasta Italia, vía Turquía, y que ha estado inmersa en polémicas de corrupción. Este proyecto de 34.000 millones de euros pretende beneficiarse de préstamos de instituciones financieras europeas. El Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo ya dio luz verde a partidas económicas para financiar los tramos caucásico y turco, y ahora el Banco Europeo de Inversiones está por decidir si concede 2.000 millones de euros para el tramo transadriático. La empresa española Enagás tiene participación en el proyecto. Enagás también está detrás de los dos proyectos españoles que integran la lista -el MidCat, que duplicará la capacidad de interconexión con Francia, y la tercera interconexión con Portugal-.

La primera pregunta que debemos hacernos es: ¿necesitamos estas infraestructuras? La demanda europea de gas cayó un 20% entre 2010 y 2016. Diversos estudios muestran cómo el sistema gasista europeo actual es robusto y resiliente, capaz de hacer frente, solo introduciendo algunos cambios menores, a nuevas situaciones de estrés como las que se vivieron hace unos años a raíz del conflicto entre Ucrania y Rusia. Uno de estos estudios, encargado por la propia Comisión Europea, señala precisamente que los gasoductos españoles mencionados tendrían escaso o nulo flujo de gas.

El sistema gasista español ya está de por sí bastante sobredimensionado. Somos el cuarto país del mundo en capacidad de regasificación (plantas que transforman el gas líquido -licuado- que se transporta en buques), y sin embargo estas terminales funcionan a menos del 40% de su capacidad. Tenemos un amplio parque de centrales de gas de ciclo combinado que están la mayor parte del tiempo paradas. Las proyecciones de consumo pre-crisis fueron exageradamente optimistas en nuestro país y nuestro sistema nacional gasista retribuye esas inversiones aunque la infraestructura no se utilice. Eso, sumado a indemnizaciones como la del almacén Castor, ha generado un déficit del sistema que pagamos -y que pagaremos durante las próximas décadas- los usuarios en la factura del gas. En este contexto parece suicida generar nuevas infraestructuras deficitarias con dinero público.

La segunda pregunta que debemos hacernos es: ¿es el gas la energía que necesitamos en un contexto de crisis climática? El gas es un combustible fósil y por tanto debe permanecer en su mayoría bajo tierra, como el petróleo o el carbón, de acuerdo con lo planteado por la ciencia para cumplir con los objetivos de París. A pesar de la retórica del Comisario Arias Cañete, que pretende presentar al gas como un combustible relativamente limpio, su huella climática es muy significativa si se consideran las fugas de metano, como muestra de forma creciente la evidencia científica. Según un reciente estudio del Tyndall Centre for Climate Change, Europa no debe construir una sola infraestructura de gas más si quiere tener posibilidades de cumplir con el objetivo global de no superar un aumento de temperatura de 2ºC a final de siglo.

La tercera y última pregunta que nos surge es: si no necesitamos más gas, y además el gas es enemigo del clima, ¿porqué se toman estas decisiones en la política energética europea? Incomprensiblemente la normativa europea establece que un organismo denominado ENTSO-G es el encargado de hacer la planificación de las infraestructuras de gas necesarias para satisfacer la demanda. La demanda futura también la estima este organismo, a pesar de que año tras año la tosca realidad se empeña en demostrar que sus previsiones estaban sobrestimadas. ENTSO-G es la coalición europea de operadores de transporte de gas: operadores como la española Enagás. Es decir, este organismo está integrado por las mismas empresas que luego son las encargadas de construir, con el dinero de todos los ciudadanos europeos, las infraestructuras que ellas mismas han determinado que son necesarias.

Esto se llama ‘poner al zorro a cuidar de las gallinas’. Se trata de una muestra del enorme poder que tiene la industria fósil en las decisiones sobre política energética. Una política que debería estar sujeta a criterios ambientales y de bien común. El Parlamento Europeo, que debe regirse por estos valores, tiene en los próximos días una oportunidad única de votar en contra de esta lista de Proyectos de Interés Común. Porque visto lo visto, el gas no es de interés común.

El viernes 26 de enero Ecologistas en Acción y el ODG organizan la mesa redonda ‘¿Qué papel debe jugar el gas natural en el modelo energético?’ en el Ateneo de Madrid.

Samuel Martín-Sosa Rodríguez es responsable de Internacional de Ecologistas en Acción.

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Andreu Escrivá: “Para hablar de cambio climático tenemos que apelar a las emociones”

Andreu Escrivá es ambientólogo, y en su perfil de Twitter se define como “pesado climático”. Es una de las voces más claras del país hablando de ciencia y cambio climático, y se lo han reconocido. Su primer libro, Encara No És Tard (Todavía no es tarde), ganó el XXII Premio Europeo de Divulgación Científica. Formó parte del Comité de Expertos en Cambio Climático de la Comunidad Valenciana, pero dimitió ante la frustración que le causaba la inacción de las instituciones. Hablamos con él de urgencias climáticas, de cambios monumentales y de un cerebro, el nuestro, que se resiste a evitar la catástrofe.

El título de su libro es Todavía no es tarde. Suena optimista, pero ¿cuándo se nos va a hacer tarde?

No es tarde, pero se está haciendo tarde. Es como cuando te pones el despertador y lo vas apagando varias veces. Pues esta es la última vez que podemos permitirnos esos cinco minutos más. A veces me dicen que sí que es tarde porque el cambio climático ya está aquí. Efectivamente. Es tarde para volver a un mundo sin cambio climático, pero no lo es para quedarnos en un cambio climático que nos haga factible la adaptación, limitando las desigualdades y la pobreza. Estamos a tiempo, aunque sea complicado, de frenarlo o ralentizarlo al máximo, hasta que llegue un punto en el que podamos adaptarnos a la subida del nivel del mar, a las olas de calor, a más sequías o a la pérdida de biodiversidad, y que podamos construir estrategias no solo para aumentar nuestra resiliencia sino para ir construyendo a la vez un mundo más justo. El cambio climático es, básicamente, un problema de desigualdad.

El gran problema es que respetar los límites del grado y medio y los dos grados del Acuerdo de París es posible, pero complicado. Estamos cerca de activar resortes naturales que no podremos controlar. Por eso digo que se está haciendo tarde. En este momento los humanos tenemos el control en cierta medida, pero si permitimos el deshielo de Groenlandia o el del permafrost de Siberia ya no lo estaremos, porque eso activaría mecanismos de retroalimentación que funcionan solos.

Podemos estar de aquí a unos años con un aumento de 1,6 grados y mucha gente podrá pensar que aún tenemos tiempo porque no hemos llegado a los 2 grados, pero esto es como cuando aún no se ha acabado la liga y un equipo de fútbol está en el puesto 18 pero ya ha descendido matemáticamente. Todavía puede ganar partidos, pero el descenso ya está garantizado. Nosotros igual. Podemos llegar a un punto en el cual la temperatura haya subido 1,6 grados, pero ya estemos condenados a llegar al aumento de 2 grados, porque la inercia del sistema es brutal y no vamos a parar de emitir de un día para otro entonces.

Entonces usted no es tan optimista como el título de su libro, ¿no?

Yo durante estos meses me estoy dando cuenta de que no soy optimista. Soy realista e incluso pesimista en algunos momentos, pero me he dado cuenta de que lo que sí tengo es una cierta esperanza de que hay determinadas cosas que se pueden hacer más o menos bien. Cuando te pones a leer cosas de cambio climático pillas una depresión tremenda, pero también hay que ver que sí que hay estrategias que se pueden hacer, sin caer en la falsa sensación de seguridad del “ya inventarán algo que nos permita seguir igual sin cambiar nuestro modo de vida”.

Hace unos meses hablamos con Bill McKibben, y me dijo algo que también he visto que usted menciona a menudo, y es que hay que hablar más de cambio climático. ¿Se habla lo suficiente?

Yo creo que se está empezando. En el ascensor, por ejemplo, me encontré hace poco con un vecino con el que no había hablado nunca, y empezamos a hablar del cambio climático porque me había visto en una entrevista en el periódico. Después cogí el autobús y había dos mujeres hablando de la sequía. A Bill McKibben lo cito en el libro porque me parece un tipo muy honesto. Cuando publicó The End of Nature en el 89, que era el primer libro de divulgación serio sobre cambio climático, él esperaba que hubiera una repercusión brutal. Que la gente, simplemente con ver ese problemón, iba a reaccionar. Tuvo que admitir que se había equivocado. Evidentemente tuvo repercusión, pero ni de lejos la que se esperaba.

Hacen falta más que simplemente datos para que la gente reaccione. Tenemos que hablar con narrativas, entroncando con las emociones. Por ejemplo, yo cuando voy a un pueblo de montaña no hablo de lo mismo que cuando voy a un pueblo litoral, ni hablo de lo mismo cuando voy a un pueblo rodeado de huertas. No hay que hablar de cambio climático en abstracto, o como simples gráficas, o de osos polares, o concentraciones y partes por millón, sino de paisajes y de recuerdos.

Por ejemplo, a mí, aunque sea valenciano, no me gusta nada la playa. Y se ve que a mis padres tampoco les gustaba mucho porque, que yo recuerde, solo tengo una foto de niño en la playa, en la zona de Almenara. Hace poco fui y vi que esa playa ya no existía. Lo que hay allí es roca de escollera, bastante, y un trocito como de las mismas piedras. La gente no se puede bañar ahí por la erosión marina. Yo tengo un recuerdo que ya no puedo revisitar y al final el cambio climático va de eso. De eso es de lo que hay que hablar.

La gente dice que los políticos no hacen nada, pero es que no van a hacerlo si no hay una preocupación social, y la preocupación solo va a llegar si hay un debate. Algo así me dijo el otro día un concejal de un pueblo pequeñito. Para hacer un pipican tenía detrás a 40 personas recogiendo firmas, y para hacer algo de medio ambiente no tenía a nadie. No tenía apoyo popular. 

Al final, para no sentirse cautivo de esta angustia climática, lo que tienes que hacer es coger una parcelita de acción, no intentar hacerlo todo. Yo intento hacer más, pero mi parcela es conseguir que la gente hable de cambio climático y de momento la verdad es que estoy bastante contento con la respuesta que estoy obteniendo.

Hablando de política. ¿Qué pasa en este país, que el cambio climático no entra en la agenda política? Yo puedo entender que la derecha se resista a un cambio pero la izquierda tampoco está muy movilizada.

Al final es un tema sobre todo de incentivos. El medio ambiente, y el cambio climático por extensión, tienen procesos mucho más largos que una legislatura. Las acciones que promuevas no hacen efecto en cuestión de seis meses o de tres años. Incluso ahora, con este ansia de cambio que ha habido en algunas comunidades autónomas y ciudades, se han priorizado más otras cuestiones, porque el patio estaba como estaba. Los políticos no han tenido incentivos para priorizar la cuestión climática. Yo entiendo a la izquierda porque tenían temas muy urgentes, pero también porque el debate puede estar latente pero eso no significa que esté en la mesa todos los días, como si están la sanidad o la educación. Si tú quitas el copago sanitario, por ejemplo, al día siguiente ya hay gente que se beneficia. O si construyes un colegio. O si das gratuidad de los libros de texto. Sin embargo, si tú haces, por ejemplo, planes para que las empresas reduzcan sus emisiones, incluso aunque en dos años puedas medir una reducción de emisiones, no se ve.

En la parte positiva, creo que empieza a haber una muy tímida competición electoral en el ámbito verde. Hace cuatro meses hubiese sido más pesimista. Igual me estoy autoengañando, pero quiero creer que empieza a haber una cierta conciencia de que el debate verde es consustancial a la cuestión social, de modelo productivo e incluso la cuestión territorial. Este país va a cambiar más por el cambio climático que si Cataluña se independiza. Las costas van a aparecer y desaparecer, la nieve va a dejar de caer o caer más, va a haber más desierto o no… Creo que algunos se están empezando a dar cuenta de eso.

Mucha gente que aún cree, incluso en los estamentos políticos, que ya inventarán algo, igual que inventaron algo entre comillas para el agujero de la capa de ozono. Piensan que el cambio climático es un problema secundario. Pero, aunque hay algunos que son estúpidos y malvados, creo que hay más ignorancia que la que pensamos. A cualquier persona de más de 35 años no le han explicado el cambio climático ni en la escuela, ni en el bachillerato, ni en la universidad, a no ser que haya hecho una carrera científica. La inmensa mayoría de las organizaciones políticas, empresariales y de comunicación de este país no tienen gente al frente que sepa qué es esto. Se lo han tenido que leer ellos, o alguien se lo ha explicado, y ya veríamos cómo.

A mí lo que me gustaría es que en vez de una comisión del Congreso en la cual todos van con corbata y están con aire acondicionado o calefacción y va algún experto a explicarles que el cambio climático es algo serio, que se fuesen todos en un autobús o en bicicleta a un pantano seco y allí hablar de cambio climático sudando. Discutirlo todo desde los despachos es muy peligroso porque te crea una sensación de desconexión tremenda con la realidad.

Hace unos meses usted dijo que el cambio climático supondría un cambio de vida más notable que Internet. Me gusta la frase, pero no sé si creerla. ¿Cómo será este cambio?

Esa frase me la atribuyeron a mí pero en realidad es de Joseph Romm, un físico del MIT que tiene un libro que se llama Climate Change: What Everyone Needs To Know. Yo soy de la generación que ha conocido la transformación digital completa. Entré en la universidad con disquetes y fotocopias y salí con un pincho USB y aula virtual. Así que al ver esa idea me impactó mucho. Sin embargo, ahora pienso en un escenario de cambio climático de aquí a 30 o 40 años, en el cual por ejemplo yo no puedo ir de vacaciones a donde quiera, porque no hay playa o porque está todo lleno y es muy caro. O porque los aviones tienen una tasa de carbono brutal y entonces tampoco puedo ir a Europa.

También puede cambiar lo que comes porque cambian las épocas de los productos, o hay cosas que ya no se pueden importar, o que ya no crecen aquí. O imagínate que no puedes salir a pasear a determinadas horas, o visitar algunos parajes naturales por riesgo extremo de incendio o bañarte en ríos porque son imprevisibles o están siempre secos.

El cambio climático también puede cambiar la forma en que trabajamos. Por ejemplo, en Benidorm este verano han vivido noches a 30 grados. Eso son noches más que tropicales, más que tórridas. Así que un sitio que ahora tiene un interés turístico grandísimo, puede perderlo si esto se vuelve insoportable. Entonces se crea un paro a lo bestia, otra crisis de modelo brutal. Yo me pongo a pensar siempre esto, más allá del contexto geopolítico mundial que lleve a presiones demográficas, que Europa se cierre aún más por la presión migratoria.

Me imagino ese futuro en el que ni voy donde quiero, ni tengo el trabajo que quiero tener, ni como lo que quiero, ni puedo moverme con libertad y encima mi estado se vuelve más autoritario por problemas que va a haber, y eso sin contar la cuestión de la energía y del agua a nivel nacional, y me doy cuenta de que mi futuro sí puede cambiar mucho más que con Internet.

Sin embargo hay un detalle clave. En el año 85, por ejemplo, El País o el New York Times no sabían la que se les venía encima con Internet. Se hubieran beneficiado, y mucho, de tener ese conocimiento y yo creo que hubieran seguido una estrategia de digitalización distinta. La diferencia es que ahora tenemos ese conocimiento. El problema es que no estamos haciendo uso del conocimiento que tenemos. No nos estamos preparando.

¿Por qué nos cuesta tanto reaccionar? ¿Por qué nos cuesta aplicar ese conocimiento?

Nuestros cerebros no están preparados para pensar en el cambio climático. Para tu cerebro, que el mar se coma tres metros de playa no es ningún problema. Das tres pasos atrás y ya está. Lo que sí es un problema es que haya un tigre, un depredador que te quiera comer en ese momento. Hay muchas cosas que al cerebro le rebotan, no le enganchan, o se cree que es algo que está fuera de su alcance. También tendemos a creer que va a haber una solución mágica que llegará en algún momento y que “ya harán algo”.

Otro problema es que el cambio climático aún es un relato ecologista. Mientras lo enfoquemos en un marco plenamente ambiental, la gente va a pensar que no va con ellos. Van a pensar que son los bichos, el oso polar o el Amazonas. Hay que romper ese marco y entender que no hay lugar seguro, y que sí te va a afectar.

¿No se quiere aceptar el sacrificio que supone la lucha contra el cambio climático?

No es una cuestión de sacrificios horrorosos, aunque algunos pequeños sacrificios son inevitables. Es la posibilidad de sentirnos responsables en vez de culpables y saber que luchar contra el cambio climático es luchar por un mundo mejor. Tenemos la posibilidad de redefinir las relaciones de poder, las relaciones sociales, económicas. Podemos construir un mundo que viva más por las personas. Falta ensanchar el marco para que veamos que esto va con nosotros. Hay que seguir investigando acerca de cómo hablar sobre cambio climático y sobre todo ir poniéndolo sobre la mesa.

Yo cuando más aprendo es cuando hablo con la gente, porque siempre me preguntan cosas que no me había planteado o no creía que importaran, y veo que sí importan. Es una cosa que llegará. Yo estoy convencido que en diez años ya no habrá negacionistas del cambio climático. Estoy convencido de que esto será un tema de conversación prioritario y no solamente en España. El gran problema es que no tenemos ese tiempo.

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Desinversión y desconfianza en la cumbre del clima de Macron

Protesta contra el cambio climático en París. Foto: 360.org

El mundo se reunió en París el martes, en una cumbre convocada por el presidente francés Emmanuel Macron, para concretar medidas políticas para el cumplimiento del Acuerdo Climático de París. El tratado, alcanzado hace justo dos años, vincula a los países firmantes (todos menos Estados Unidos) a limitar el calentamiento global a 2ºC por encima de niveles preindustriales, con la ambición de dejarlo “bastante por debajo” de esa cifra. Las posibilidades de cumplir esos objetivos son muy escasas, pero no es totalmente imposible. Para conseguirlo se necesita una reducción dramática e inmediata de emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero.

Para involucrar al mundo financiero, Emmanuel Macron ha recibido en París a líderes nacionales y empresariales, con la intención de fijar normas que permitan dicha reducción.

El propio Macron abrió la cita en un tono pesimista. El exbanquero afirmó que “estamos perdiendo la batalla contra el cambio climático” y que “no estamos avanzando lo suficientemente rápido”, al tiempo que llamaba a la acción.

Desinversión

Ya el mismo martes, una oleada de instituciones y empresas anunciaban su compromiso, fuera total o parcial, de no seguir financiando proyectos de combustibles fósiles. Por ejemplo, el Banco Mundial anunció que no seguirá trabajando con proyectos de exploración y extracción de petróleo y gas a partir de 2019 (a excepción de proyectos individuales en países pobres). No obstante, su declaración no menciona proyectos de distribución de hidrocarburos u otros negocios como las refinerías.

Asimismo, AXA, la tercera mayor aseguradora del mundo, anunció que multiplicará por cuatro su inversión en energías renovables y dejará de financiar proyectos de carbón y arenas bituminosas (un tipo de material, que se halla sobre todo en Canadá, del que se extrae gas no convencional).

Finalmente, el banco holandés ING ha anunciado que planea reducir su financiamiento de la industria de carbón a “casi cero” para 2025.

En total, ha habido anuncios de mayor o menor envergadura por parte de inversores que representan un total de 26 billones de dólares (unos 22 billones de euros). El secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, celebró la decisión, afirmando que “las finanzas son la diferencia entre ganar y perder la guerra contra el cambio climático”.

Crítica

A pesar de los anuncios, numerosos grupos ecologistas y activistas se han mostrado escépticos acerca de los resultados de la cumbre. Greenpeace celebró el anuncio del Banco Mundial, calificándolo de “voto de no confianza” hacia los combustibles fósiles, pero criticó el papel de los líderes políticos, incluyendo al organizador de la velada.

“Macron ha montado un gran espectáculo, pero los líderes políticos reunidos a las afueras de París no tienen muchos resultados que mostrarnos al final de esta conferencia. Europa está jugando muy por debajo de su potencial en la lucha contra el cambio climático, y las palabras vacías de Macron no van a significar una gran diferencia. En Bruselas, Francia lucha mucho más duramente por su industria nuclear que por una transición a las energías renovables y se abstiene cuando países como España o Polonia piden mantener subsidios para las plantas de carbón”, afirmó el director de la organización en la EU, Jorgo Riss.

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Las noticias climáticas de la semana

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Trump se queda solo

Nicaragua, el único país junto a Siria que no había firmado el Acuerdo de París de 2015, ha decidido sumarse al pacto internacional, que pretende limitar el calentamiento global a 2ºC por encima de niveles preindustriales para 2100. Así, Estados Unidos, que aunque sí formaba parte del acuerdo decidió retirarse del mismo el pasado junio, queda como el único país no envuelto en una guerra civil que no se compromete a reducir sus emisiones. De hecho, el movimiento de Nicaragua parece inclinado a no ser asociado con Estados Unidos en cuanto a política climática. El país centroamericano no había firmado inicialmente el acuerdo porque lo consideraba demasiado blando. La misma estrategia parecen seguir numerosas ciudades y estados en el gigante norteamericano, e incluso algunas de sus grandes empresas. Nadie quiere estar con Trump.

Sequía histórica

El año 2017 ya es el más seco para España en lo que va de siglo. Las lluvias de la última semana no han aliviado apenas la situación de los embalses en el país, y las reservas hidráulicas ya han descendido hasta el 37,75%. Hay que remontarse hasta 1995 para encontrar un nivel tan bajo. La ministra de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, Isabel García Tejerina, ya ha advertido de que, si no llueve por encima de lo normal en los próximos meses, podrá haber restricciones al regadío “para garantizar el abastecimiento a la población”.

El año hidrológico 2016-2017, que terminó el pasado 30 de septiembre, ha sido un 15% más seco que la media del periodo 1981-2010, el marco de referencia usado por los meteorólogos. Para estos, la situación puede alcanzar niveles críticos el próximo verano. Además, organizaciones ecologistas denuncian que el área de regadío en España es excesiva, y debe ser reducida para ser sostenible.

Nunca mais

Galicia sigue pidiendo responsabilidades por los incendios. Después de los devastadores fuegos de la semana pasada, miles de personas se manifestaron el sábado en Santiago de Compostela para exigir responsabilidades a la Xunta. Alrededor de 10.000 manifestantes denunciaron una política forestal que, estiman, está detrás de las 35.000 hectáreas quemadas desde el domingo 15 de octubre. A la marcha asistieron, entre otros, Luis Villares (En Marea) y Ana Pontón (BNG). Los asistentes, convocados por la Plataforma Galega Contra a Lei de Depredación, pidieron la dimisión del presidente regional, Alberto Núñez Feijóo (PP). En Portugal, que también se vio afectada por los incendios, dimitió la ministra de Interior.

Las altas temperaturas y la pertinaz sequía asociadas al cambio climático, así como los fuertes vientos, elevaban el riesgo de incendio muy por encima de lo normal para estas fechas. Sin embargo, el Gobierno autonómico no consideró extender las precauciones más allá de la temporada de verano, despidiendo a cientos de brigadistas unos días antes de la tragedia.

No han sido las únicas protestas relacionadas con el clima de la semana. Entre el martes y el jueves, cientos de manifestaciones en todo el mundo, asociadas a la campaña Mazaska Talks (El dinero habla), denunciaron a los bancos que financian proyectos de desarrollo de combustibles fósiles. Estas manifestaciones están lideradas por grupos indígenas de distintos países, como Brasil o Estados Unidos.

La escasez de renovables dispara el precio de la luz

El pasado lunes, entre las 7 y las 8 de la tarde, la electricidad alcanzó un precio récord en España. La razón fue la puesta en funcionamiento de la “reserva de potencia adicional a subir”, que Jorge Morales de Labra, vicepresidente de la Fundación Renovables, calificó en su cuenta de Twitter como “un abuso”. Es una previsión especial para que las centrales de gas y carbón suministren energía de emergencia en el caso de un descenso repentino de la que aportan a la red las fuentes renovables. Según declaraciones de Morales a ElDiario.es, las eléctricas se habrían embolsado más de 4 millones de euros en cuestión de horas gracias al repunte.

La sequía y la falta de potencia renovable instalada son responsables directas de este pico, que se engloba en un encarecimiento general de la factura de la luz (que podría llegar a los 100 euros por encima de la media de 2016). Sin embargo, Álvaro Nadal, ministro de Energía, ha afirmado que no entra en sus planes dejar de usar carbón como fuente de energía, a pesar de ser uno de los combustibles más contaminantes disponibles.

Peor de lo que creíamos

El cambio climático es el mayor desafío al que se enfrenta la humanidad. Quizás el primer desafío verdaderamente global. Las dificultades políticas, estratégicas, diplomáticas y económicas son astronómicas. Además, contrarreloj. Por si fuera poco, ahora un estudio, en el que han colaborado varios centros de investigación de Suiza y Francia, afirma que los océanos se están calentando mucho más rápido de lo que creíamos.

El estudio desafía la metodología usada para medir la temperatura de los océanos de hace 100 millones de años. Normalmente, la ciencia considera que esos mares prehistóricos estaban 15ºC más calientes, aproximadamente, que los que tenemos hoy. Si este estudio está en lo cierto y no es así, el tiempo se nos estaría agotando más rápido de lo que suponíamos.

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