You are here

‘Dirty Week’, una pasarela ecologista ante la Fashion Week de Madrid

Pasarela de la 'Dirty Week' en Madrid. Foto: Nerea de Cos.

MADRID // Coincidiendo con la gran semana de la moda en España, la Mercedes-Benz Fashion Week, este miércoles las organizaciones Ecologistas en Acción y Movemos Europa han celebrado en paralelo la Dirty Week, una pasarela alternativa creada para dar visibilidad a los abusos sociales, laborales y medioambientales causados por la industria textil y de la moda.

Esta pasarela alternativa ha tenido lugar en la céntrica plaza de Callao (Madrid) y por su alfombra roja han desfilado varios activistas ataviados con camisetas reivindicativas con mensajes como “Fashion Victim”, “Toxic style” o “Inditex contamina”, en alusión a la compañía textil de Amancio Ortega, patrocinadora de la Fashion Week, y una de principales consumidoras de viscosa procedente de fábricas asiáticas con condiciones laborales extremas. Estas factorías, además, están causando graves daños al medio ambiente, tal y como detalla en un reciente informe Ecologistas en Acción. La viscosa es un compuesto clave para la fabricación de fibras textiles artificiales, y se produce mediante reacciones químicas altamente contaminantes que generan ácidos y otros residuos con un alto impacto en el medio ambiente.

Los activistas que han desfilado por esta alfombra roja alternativa también denuncian que solo 11 compañías controlan el 75% de la producción mundial de viscosa, entre ellas H&M e Inditex, aunque esta última ya se ha mostrado dispuesta a revisar el consumo y producción de este producto.

La Dirty Week forma parte de la campaña Dirty Fashion (Moda Sucia) que Ecologistas en Acción lleva desarrollando varios años con la colaboración de otras organizaciones ecologistas y sociales.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Ecologistas de Noruega se enfrentan a nuevas concesiones petroleras en el mar De Barents

Activistas contra el proyecto de abrir las islas Lofoten a la industria petrolera. Foto: MARIA OLERUD

Guardacostas noruegos confiscaron este jueves en el mar de Barents el emblemático buque Arctic Sunrise y arrestaron a 35 personas, entre activistas de Greenpeace y la organización Natur og Ungdom (rama juvenil de Amigos de la Tierra en el país nórdico),  así como observadores internacionales y tripulación. El arresto se ha efectuado al entrear el barco en la zona de exclusión del pozo petrolífero Korpfjell, de la compañía estatal Statoil. Los detenidos ya han sido puestos en libertad, pero la organización está aún a la espera de conocer las repercusiones legales de la operación.

El navío ecologista se encuentra en aguas noruegas en una campaña para visibilizar las perforaciones árticas permitidas por el gobierno de Oslo, que está planeando la apertura de nuevas concesiones petroleras en el mar de Barents. Tanto Greenpeace como Natur og Ungdom han presentado una querella contra el ejecutivo, que se resolverá en noviembre en un juzgado de Oslo.

Las organizaciones ecologistas acusan a la administración de incumplir la constitución, que prevé que elActivistas de Greenpeace y de Natur og Ungdom (rama juvenil de Amigos de la Tierra) se enfrentan a nuevas concesiones petroleras en el mar de Barents.
Estado debe velar por unas condiciones ambientales estables y saludables para las generaciones actuales y futuras. Los querellantes consideran que continuar extrayendo petróleo, especialmente en una región tan frágil como el Ártico, es incompatible con la disposición legal. Además, perforar el Ártico tampoco sería consistente, según Greenpeace y Natur ug Ungdom, con el cumplimiento de los compromisos adquiridos en el Acuerdo de París.

Esta estrategia se ha popularizado en varios países, tras la demanda de 21 jóvenes (muchos de ellos menores de edad) contra el gobierno de Estados Unidos, que se presentó en 2015 y todavía está en fase de instrucción. Esta es la primera querella de este tipo en Noruega.

“Aquí en Noruega la política ambiental va por su lado, mientras que las concesiones petroleras se otorgan sin la más mínima consideración hacia las consecuencias climáticas. El gobierno no está haciendo lo que está obligado a hacer: No se está tomando el cambio climático suficientemente en serio, y después de más de dos décadas luchando por el mar de Barents, creemos que los tribunales es una buena herramienta para cambiar eso”, declaró a La Marea Ingrid Skjoldvaer, líder de Natur og Ungdom (Naturaleza y Juventud).

Doble moral

Noruega es el undécimo proveedor mundial de petróleo, produciendo unos 1.900 millones de barriles al día. Parte de este petróleo procede de aguas del ártico, que el país nórdico explota a través de Statoil. Al mismo tiempo, el país se presenta como defensor del medio ambiente y modelo de legislación ambiental. Esta contradicción se vuelve más visible en el mar, donde las grandes plataformas extraen el crudo.

“La industria petrolera en Noruega es muy fuerte, y lleva muchos años presentando el petróleo nacional como si fuese más limpio que el de otros países. Nos intentan hacer creer que extraer hasta la última gota es, de hecho, bueno para el clima. Por supuesto, esta no es la verdad, pero muchos noruegos piensan que el petróleo es parte de la solución y no el problema. Noruega es un país rico gracias a la contaminación, ¿qué derecho tenemos a ser los que extraigamos hasta la última gota? ¿No deberían tener ese derecho algunos países menos desarrollados?” se pregunta Skojldvaer.

La líder de la organización juvenil es optimista en cuanto a las acciones emprendidas, pero se mostró preocupada por la falta de tiempo: “Creo que vamos a conseguir cambiar las cosas, pero no estoy segura de si será demasiado tarde.”

Elecciones

Además, los ecologistas temen que las próximas elecciones parlamentarias, que se celebrarán el 11 de septiembre, puedan poner sobre la mesa la opción de abrir a la explotación el archipiélago de Lofoten. Las islas, consideradas de alto valor ecológico, han estados protegidas por una moratoria los últimos cuatro años. Sin embargo los dos principales partidos del país están de acuerdo en abrirlas a la industria petrolera.

“Estamos intentando hacer de Lofoten una cuestión importante durante la campaña, obligarles a hablar sobre ello,” afirma Skjoldvaer, añadiendo que el gran desafío será incluir el mensaje del clima en el discurso, y “no sólamente hablar de la industria pesquera y la naturaleza”.
Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

La trampa de la diversidad. Una crítica del activismo

Paint me as I am, warts and all

Oliver Cromwell

Empieza a resultar tedioso, cuando no inquietante, el repentino interés que intelectuales y comunicadores están mostrando hacia la alt-right, es decir, la ultraderecha de siempre maquillada por la adanista cortedad de este siglo. Cuando algunos hablábamos hace unos años de fascismo de sitcom nos referíamos precisamente a un peligro claro y latente que se podía percibir sin haber estudiado un máster en ciencias políticas de 20.000 euros, aquel en el que las viejas ideas reaccionarias volverían envueltas en los nuevos ropajes de la rebeldía, la identidad y lo mediático aprovechando el desconcierto de la crisis. Que nadie nos hiciera caso se debe a que cuando no formas parte de ningún mundo pautado como el de la academia, lo periodístico o lo literario y, además, por tu clase careces del capital social que te permite promocionarte a través de tus contactos, tu trabajo al final vale lo mismo que las pisamierdas con las que sales a la calle.

Esta introducción sirve, además de como propia reivindicación por el cansancio de que las medallas siempre se las cuelguen los mismos, para ver que tales análisis empiezan a resultar un deslumbramiento inculpatorio. La nueva ultraderecha se parece a la antigua en todo, no solo en programas y peligros, sino también en los métodos utilizados para llegar al poder. La mentira, la política reducida a lo mediático, el fingido interés por cuestiones sociales o la habilidad para apropiarse de manifestaciones culturales ajenas están presentes ya en el fascismo de los años 30, especialmente en el italiano, donde los camisas negras se ganaron las simpatías de la clase media, de bastantes intelectuales y artistas y de algunos obreros utilizando ideas pujantes en su época como el sindicalismo, las vanguardias o la radiodifusión. Quien crea que Hitler y Mussolini aparecieron prometiendo desatar una guerra que costaría 60 millones de muertos se equivoca.

Parece de gran interés explicar, más allá del clasismo y el desconcierto de polluelo asustado que emplea el liberalismo progre, que la pujanza de la ultraderecha actual tiene unas causas estrechamente relacionadas con la pérdida de valor de la democracia parlamentaria bajo la bota de la globalización neoliberal y las enormes desigualdades que este proyecto ha provocado. Lo siguiente, el deslumbramiento inculpatorio, es otra etapa en la que se tiende a sobrevalorar cualquier estrategia de la alt-right. Lo peor de estos análisis es que acaban siempre con la coletilla de: “La izquierda no ha sabido estar a la altura”. Lo indigno es que la frase suele venir de gente que lleva abjurando, minusvalorando y atacando a la izquierda desde hace al menos un par de décadas. Siempre es útil echar la culpa de la intoxicación alimentaria en tu restaurante al cocinero que despediste hace varios años acusándolo de desfasado.

Parece claro que la socialdemocracia devenida en socioliberalismo ha abierto las puertas del desencanto a los ultras. Lo que convendría empezar a pensar es cuál ha sido la responsabilidad en este desencanto de las teorías situadas entre el altermundismo y lo posmoderno que surgieron en los noventa y que han marcado la agenda de la protesta en estos últimos 25 años. Este rotondeo retórico para definirlos viene de una de las pocas cosas que les daban cuerpo común: el interés que ponían en distanciarse de manera tajante del concepto izquierda. Bien es cierto que tras los cascotes del muro y el arriado de navidad en la Plaza Roja (cuentan que en el Vaticano corrieron pías lágrimas) era muy difícil no ya reivindicar el socialismo, sino declararse de izquierdas, unirse de una manera más o menos sentimental a todo aquello. Bien es cierto que la recomposición de un movimiento mundial de protesta fue inusitadamente rápida y apenas ocho años después tuvo lugar la contracumbre en Seattle. Pero no menos cierto es que entre la necesidad y la premura se olvidaron demasiadas cosas que habían sido útiles y se aceptaron otras muchas con la candidez del huérfano reciente.

Ya en el momento actual se observan con asiduidad extraños debates dentro de los movimientos de protesta que son descriptivos de los resultados de aquella apresurada recomposición: activistas feministas teorizando sobre el burka o la prostitución como empoderamiento para la mujer, activistas LGTB defendiendo los vientres de alquiler, activistas animalistas comparando un matadero con los campos de concentración, activistas de lo precario interesándose por la economía colaborativa, activistas culturales reivindicando expresiones de vertedero como populares, activistas de la salud oponiéndose a las vacunas, activistas étnicos tratando la poligamia con respeto o activistas ecologistas capaces de asumir la muerte por desnutrición antes que aceptar avances tecnológicos en los cultivos. Este gigantesco despropósito, hablemos claro de una vez, no solo es trágico en sí mismo por el daño que hace a cada una de las reivindicaciones mostrándolas ante la sociedad como marcianadas inasumibles, no solo es contraproducente por la enorme desorientación que provoca, es dramático especialmente en un contexto donde la ultraderecha presenta a los ciudadanos un programa centrado en cuestiones inmediatas y tangibles como el empleo, la seguridad o la lucha contra la corrupción y fácilmente admisibles desde el siempre conservador sentido común como el nacionalismo o lo identitario (otra cuestión es la verdadera agenda de los ultras).

¿Significa esto que todos los epígrafes anteriores son un error en sí mismos, que sus reivindicaciones no son justas, que sus objetivos no pueden ser compartidos por la mayoría? ¿Significa esto que todas estas expresiones de lucha son parcialidades que deben ser postergadas sine die? En absoluto. Significa que todos los epígrafes anteriores han sido afectados por el posmodernismo y lo neoliberal hasta un punto donde algunas de sus reivindicaciones empiezan a ser contradictorias con sus objetivos iniciales, de una forma tan sutil que los propios activistas no son conscientes de la espiral autodestructiva en la que están inmersos. Por otro lado determinadas expresiones del feminismo, lo LGTB o el ecologismo no están mucho peor que la gastronomía, la literatura o la ciencia. La dolencia no es propia de unos colectivos o un pensamiento, la dolencia es un mal de época, consustancial a un sistema económico y beneficiosa para las minorías que detentan el poder.

Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Responder a cada uno de los ejemplos expuestos daría para un artículo por réplica, explicar el camino completo para un ensayo de 300 páginas. Por contra, sí es posible, sintetizando y buscando los aspectos comunes, trazar un mapa con aspiraciones no solo punitivas sino, especialmente, como intento argumentativo que valga para restar miedos a una izquierda acomplejada e inactiva frente al movimientismo.

Para alguien que se topaba por primera vez en su vida con una protesta, tomar parte en una manifestación antiglobalización era desconcertante. José María Aznar, gracias a su provincianismo doloroso, expresó una genialidad involuntaria al definir una de estas marchas como: “Un lío con mucha gente”. La verdad es que no se puede explicar mejor. Si bien se suponía que lo que congregaba allí a los manifestantes era específicamente el rechazo a alguna de las cumbres de un organismo financiero internacional y de forma más extensiva un difuso anticapitalismo, aquello acababa siendo una multitud donde importaba más exaltar la especificidad de cada cortejo que cualquier reivindicación común. Había un momento, de hecho, en que las mochilas no daban para guardar más pasquines de organizaciones y causas cercanas a la disgregación atómica. La antiglobalización daba sensación de una enorme diversidad, pero era en realidad escasamente representativa. La consecuencia, además de la poca operatividad, era paradójica, ya que no era raro acabar en una conferencia impartida por un activista de Torrelodones, con un gran conocimiento sobre la deforestación del entorno de las comunidades mapuches que desconocía por completo cuáles eran las condiciones laborales de las trabajadoras del servicio doméstico en su ciudad. Aquello de piensa globalmente, actúa localmente pareció no querer entenderse nunca del todo.

La anécdota, además de para revelar la edad de quien escribe, es sintomática de algo que ha quedado fijado en la cultura de la protesta: la especialización del activista. Mientras que en el mundo del siglo XX existía la figura del militante, adscrito a una organización política o sindical, con aspiraciones de cambio general y ligada fuertemente a un territorio o una rama de lo laboral, en el  siglo XXI existen activistas que dedican gran energía por un corto espacio de tiempo a temas sobre los que su labor tendrá un nulo impacto. Cuando los temas, por contra, resultan cercanos, su especificidad les lleva a perder por completo la visión general del conflicto. ¿Es por tanto todo esto un problema de actitud, de cortedad de miras, de falta de organización? Puede serlo. Pero sobre todo se trata de un problema ideológico, aquel que surgió cuando los filósofos franceses de cuello vuelto fueron adoptados con entusiasmo por las élites progresistas académicas norteamericanas, muy influyentes en el ámbito teórico y en los consensos en torno al tratamiento del conflicto, pero totalmente inanes en la resolución del mismo y la política inmediata.

Si hay cuatro factores que se repiten en el actual movimientismo son la falta de materialidad en los análisis, el relativismo cultural, la aceptación inconsciente de valores neoliberales y la sobrevaloración del lenguaje y lo simbólico. Si hay uno que manda sobre todos es la falta de crítica a las contradicciones e inconsistencias que se producen.

No es nada nuevo que existan debates en torno a la regulación de la prostitución, sí que exista una parte del feminismo que utilice el argumento derechista de la libertad individual dentro del mercado. Resulta llamativo que publicaciones que dedican un gran espacio a deconstrucciones culturales para hacer visible el patriarcado no tengan entre centenares de artículos una entrevista a las Kellys. O que el mansplaining, un buen análisis sobre un fenómeno cierto, acabe elevándose a teoría para desembocar en una actitud premoderna donde solo tal colectivo afectado por tal opresión puede expresarse respecto al mismo. Es notorio que para poder seguir una discusión sobre género haya que controlar un glosario de anglicismos inabarcables y cambiantes que ni los propios expertos en el asunto son capaces de normativizar. Es sintomático que exista un debate en torno a la precariedad laboral y se exprese sin rubor que la economía colaborativa, el último invento para transformar al trabajador en una unidad de producción sin derechos y atomizada, sea una oportunidad que da la tecnología. Parece normal que exista polémica en torno a las formas de alimentación y su impacto en la salud y el entorno, no tanto que se tache de genocida a un señor que vende filetes. Parece sorprendente que en la discusión sobre los transgénicos se centre la cuestión en conspiraciones absurdas y no en su utilización como herramienta de control económico. Es doloroso que nadie parezca capaz de articular un discurso contra el integrismo religioso desde la laicidad.

Todos estos ejemplos, y las formas de análisis a las que los asociamos previamente, no son el problema en sí mismo, sino el resultado de algo que podríamos llamar la trampa de la diversidad. Asumir que existen conflictos paralelos al del capital-trabajo no es lo mismo que asumir que esos conflictos son independientes y estancos los unos de los otros. Mientras que los movimientos revolucionarios del siglo XX se esforzaron por buscar qué era lo que unía a personas diferentes, el activismo del siglo XXI se esfuerza por buscar la diferencia de las unidades. Así, mientras que el concepto de clase es un intento de, basándose en un análisis de una situación material, buscar algo profundamente transversal que atraviesa nacionalidades, géneros y razas, el movimientismo actual parece empeñado en crear un sistema de análisis donde los individuos son poseedores de privilegios o receptores de opresiones que intercambian al margen de su posición en el sistema productivo. La cuestión no es negar, obviamente, que las personas tienen problemas específicos asociados al género, la raza o la orientación sexual, sino que esos problemas están estrechamente relacionados o bien con necesidades del sistema económico o bien con la estructura ideológica que lo justifica. Así mismo, esas personas no se enfrentarán de la misma forma a esos problemas al margen de la clase social a la que pertenezcan.

Si el capitalismo sabe de algo es de apropiaciones, de triturar con su gigantesca maquinaria de sentidos comunes ideas en apariencia radicales para devolverlas envasadas y desactivadas. Ya tuvimos un presidente negro en Estados Unidos bajo cuya administración los problemas raciales no mejoraron. El líder de la ultraderecha holandesa es homosexual, la líder de la francesa una mujer. Hace no mucho me contaban cómo en una empresa de economía colaborativa, donde la mayoría de sus trabajadores son falsos autónomos, habían instalado retretes unisex para luchar contra la discriminación de género. Hace poco leía un texto donde se explicaba cómo en una cadena de montaje de un país centroeuropeo, con una precariedad delictiva, había un comedor con productos respetuosos con las prohibiciones religiosas alimentarias. Algunas multinacionales se han mostrado solidarias con el refugees welcome.

Se diría que mientras que nos arrojan por la borda lo hacen siempre muy atentos a nuestras especificidades y creencias, a nuestra excluyente diversidad. Lo peor es que lo empezamos a asumir como una victoria.

Más en lamarea.com

Read More

Idea Camp llega a Madrid con 51 propuestas para una sociedad más democrática

Reunión de trabajo durante la última edición de Idea Camp en Botkyrka. FOTO: JULIO ALBARRÁN.

La tercera edición de Idea Camp, un evento que reunirá a medio centenar de activistas veteranos y pensadores durante tres días para trabajar codo a codo en distintos proyectos bajo el denominador común de conseguir una sociedad más democrática, igualitaria y justa, arranca este jueves en Madrid.

Bajo el nombre Moving Communities, esta edición tiene tendrá como tema central dar forma a propuestas de apoyo a personas refugiadas, migrantes y otras comunidades en movimiento, además de pensar sobre cómo combatir las fronteras en el mundo digital o el acceso a las instituciones, entre otros asuntos.

El evento tendrá lugar en el polideportivo Daoiz y Velarde y en la sede de Medialab Prado, y permitirá la puesta en común de 51 ideas seleccionadas de entre más de 600 solicitudes de 54 países relacionadas con el arte, la cultura, la educación y el activismo a nivel europeo que los organizadores llevan varios meses recopilando. Entre los planes presentados hay aplicaciones para buscar empleo a refugiados, un programa de radio con voces de migrantes y distintos recursos educativos sobre derechos culturales.

En paralelo a Idea Camp, Madrid también acogerá el encuentro Innovative City Development, en el que distintos representantes municipales contarán su experiencia en el uso de métodos participativos. Idea Camp está coproducido por la organización española Platoniq, responsable de la metodología del mismo, el Ayuntamiento de Madrid y la European Cultural Foundation, que ofrece 10.000 euros para cada una de las 25 becas de investigación y desarrollo que pondrán en marcha los proyectos seleccionados.

Más en lamarea.com

Read More

Barcos de papel

Barcos de papel I LA MAREA

El juicio finalmente no se celebró. El policía decidió retirar la acusación particular 24 horas antes. La fiscalía ya había pedido el sobreseimiento del caso porque no veía indicio de delito, pero hasta 24 horas antes de las 10 de la mañana del 17 de enero a Diego le pedían tres años de cárcel y 30.000 euros de multa.

Lo que pasó parece más creíble ahora, después de que todo haya pasado, después de que la fiscalía y el policía decidieran que no habría juicio. Antes no, antes mucha gente daba más veracidad a los uniformes que al rostro de Diego. Un rostro de palabras precisas y sonrisa ágil. Lo que pasó es una historia repetida en muchos lugares, no por los hechos en concreto, sino por cómo ocurrió y quiénes la protagonizan. Quizás os suene, aunque nunca hayáis oído hablar del barrio de Coia, en Vigo, ni de un barco en una rotonda, ni de Diego, ni de María, ni de Esther, ni de Manolo Pipas ni de Juan. Os sonará, posiblemente, porque hay muchos barrios con historias parecidas. Historias que no van de un héroe sino de colectividades que consiguen cosas cuando se juntan. Algunas de esas historias, como esta, acaban con una victoria.

Ocurrió que el alcalde de Vigo tuvo la idea de gastarse 600.000 euros en sacar un barco del mar para colocarlo en medio de una rotonda. Como decoración. Y ocurrió que esa rotonda está en un barrio por cuyas calles transita gente en paro, gente sin muchas oportunidades, gente machacada por un sistema que los lleva aplastando desde que nacieron. Gente con rostros y cuerpos que caminan por las calles cansados de injusticia. Gente harta y cansada que se junta con otra gente alrededor de la parroquia del barrio y que construye formas de actuar capaces de desbordar la crudeza social. Gente que construye desde el afecto, el acompañamiento y la búsqueda incesante de la palabra dignidad. Gente cansada y desobediente que se planta en la rotonda para impedir que el alcalde gaste 600.000 euros en decorarla. Gente que no aguanta más y que no va a permitir que se destinen más recursos en sacar un barco del mar que en las personas, con rostro, que caminan por las calles del barrio.

Ocurrió también que las vecinas y vecinos decidieron instalarse en la rotonda para impedir que colocasen el barco y que allí construyeron la resistencia mientras articulaban vínculos, ideas y canciones. Mientras resistían se hacían más fuertes. Ocurrió que un día hubo un forcejeo con la policía y un chico salió corriendo y detrás del chico salió un policía y detrás de ambos Diego, que no quería que la porra o la pistola del policía lastimasen al chaval. Y en la carrera el policía se cayó. Se podía haber caído Diego o el chico. Las personas se caen a veces. Pero el que se cayó fue el policía y los policías no se caen. Siempre hay alguien que les empuja o les agrede. Y eso fue lo que dijo el policía, que Diego le había agredido. Fue el 15 de diciembre de 2014.

Son muchas horas, muchos días, muchos meses desde entonces. Algo más de dos años. A Diego le pedían tres años de cárcel y 30.000 euros de multa porque un policía se tropezó, o quizás se lo pedían porque el movimiento vecinal estaba fuerte contra el sinsentido y querían pararlo. El miedo es un freno eficaz contra la movilización social.

Colocaron el barco en la rotonda. Rodeado de policías y de luces en una noche donde muchas vecinas y vecinos seguían tenaces en su empeño por no callar, por no pensar en una derrota. Gente convencida de que no podían dejar que ganase lo injusto, que una minoría no tiene derecho a preferir lo injusto.

En el barrio de Coia las personas saben cómo saltar por encima del miedo. Aprendieron a mantener el equilibrio como acróbatas funambulistas y se organizaron para que la condena contra Diego no se cumpliera. Hicieron muchas cosas. Dieron ruedas de prensa, recogieron de firmas, escribieron manifiestos y artículos, buscaron imágenes, dieron apoyo emocional, hicieron canciones, escribieron poesía. Tejieron una red grande alrededor de Diego. Hablaron y hablaron y hablaron. Difundieron lo que estaba ocurriendo. Se convencieron y convencieron al resto de que eran capaces de que las palabras de Diego fueran más fuertes que las de un policía. Las luchas se ganan en las calles, en las plazas, en los parques, en las comidas colectivas, en los lugares donde se articula la comunidad. En el barrio de Coia decidieron ganar el juicio contra Diego.

Después de meses de campaña, hicieron un encierro en la parroquia las 48 horas antes de que se celebrara el juicio. Un encierro que terminaría con una marcha para acompañar a Diego hasta los juzgados. El juicio no era solo el juicio de Diego. Las palabras de Diego no eran solo sus palabras. Su lucha no era solo de él. El juicio, las palabras y la lucha eran de la gente del barrio. Eran de la gente que estaba encerrada en la parroquia. Eran de quienes pusieron su firma en el manifiesto de apoyo. Eran de las personas que se sintieron indignadas cuando leyeron la noticia en el periódico. Eran de quienes apoyaron cocinando y colocando carteles. Eran de los que estuvieron cerca de policías con ganas de tropezarse y fueron acusados injustamente. Eran de las que sufren un sistema demoledor contra quienes se levantan desafiantes contra la barbarie. Eran de las que están hartas del sinsentido, de que la vida sea un campo de batalla. Eran (el juicio y las palabras y la lucha) de las personas que pelean por su comunidad, por sus vidas con ganas de justicia, por un mundo más apacible.

24 horas antes de que se celebrara el juicio el policía decidió retirar la acusación. Sin duda la presión social es lo que hizo que decidiera hacerlo. La fuerza colectiva que se mantuvo firme y constante. La victoria de Diego es de cada una de las personas que se movió para poder brindar por su absolución. Esta es una historia que narra una victoria colectiva de gente que se movió por conseguir justicia y lo logró.

En el barrio de Coia construyen (como en otros muchos lugares, ya dijimos que esta historia se parece a muchas otras) lo común como punto de partida y como horizonte de llegada. Y ganaron. A veces, cuando se pelea, se gana.

Tenían previsto terminar el encierro con una marcha que acompañara a Diego hasta los juzgados. No fue así. Construyeron barcos de papel y caminaron hasta la rotonda. Allí colocaron los pequeños barquitos junto a ese otro gigante que, a la vista está, no fue capaz de doblegarlos.

María González Reyes, activista de Ecologistas en Acción y autora de Palabras que nos sostienen (Libros en Acción y OMAL, 2016).

Más en lamarea.com

Read More