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“En España también ha llegado la hora de decir BASTA”

CIMA // En la reciente entrega de los Globos de Oro, las profesionales del cine norteamericano manifestaron su denuncia contra el acoso sexual de una manera solidaria y comprometida. Desde CIMA, Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales, llevamos más de diez años intentando que la presencia de mujeres profesionales en nuestra industria sea equitativa y trabajando por derribar nocivos estereotipos sexistas en los contenidos, por lo que queremos felicitar a las profesionales estadounidenses y solidarizarnos con su denuncia y con la lucha que se inaugura para impedir que esas situaciones se sigan dando.

Lo que sucedió durante la entrega de los Globos de Oro no es producto de un momento o de una sola denuncia, por muy escandalosa que sea. Durante los últimos años, actrices muy relevantes y mujeres de otras profesiones de la industria norteamericana han protagonizado un proceso de toma de conciencia de la desigualdad en el mundo del cine, han denunciado, han tomado la iniciativa para conseguir más proyectos de mujeres, han hablado entre ellas y han verbalizado lo que seguramente muchos sabían pero callaban: que en la industria cinematográfica el acoso sexual era y es una práctica extendida.

El acoso sexual es una manifestación del abuso de poder y allá donde el poder está en manos mayoritariamente masculinas ese acoso se dirige contra las mujeres y es una de las expresiones de la violencia contra ellas. Lamentablemente el cine y el audiovisual español no constituyen una excepción a esta realidad y, al igual que nuestras compañeras en Estados Unidos, creemos que ha llegado la hora de decir BASTA. 

Durante semanas los medios de comunicación se han dirigido a las mujeres profesionales españolas con la misma pregunta: ¿Qué piensas de esto, has sufrido alguna  vez acoso sexual en tu profesión? Entendemos sus razones profesionales para insistir en esta pregunta, pero nos preguntamos a la vez qué componente sensacionalista existe en este cuestionamiento y también por qué no dirigen a los hombres de la profesión otra pregunta que sí hacen sus colegas norteamericanos: ¿Has conocido en tu carrera casos de acoso sexual, los has permitido y ocultado? 

Algunas mujeres valientes de nuestra profesión han contado a los medios casos concretos vividos por ellas, siempre y lógicamente sin señalar al culpable, ya que este acoso es difícil de probar y no se puede pedir a nuestras actrices y profesionales que se arriesguen a una denuncia por difamación.

El desproporcionado interés, a veces morboso, que suscita este tema no es sino reflejo de la misma ideología que considera a las mujeres como objetos.

Llamamos pues a mujeres y hombres del audiovisual español a no permitir que las situaciones de acoso se perpetúen y a los medios de comunicación a colocar este debate en el importante lugar que merece lejos de la frivolidad.

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Acosadas en las redes sociales

M. tiene cerca de 700 solicitudes de amistad en Facebook. Es una persona muy activa en esta red social, le gusta conectarse cada día y escribir su opinión sobre política o cualquier tema de actualidad que le interese. En su muro se debate casi a diario sobre asuntos como La Manada, Cataluña… y cada cual expone sus argumentos con libertad. Uno podría pensar que el elevado número de aspirantes a seguir su página se debe al interés que suscitan sus discusiones, pero, según explica, no es ese el principal motivo. Es porque es mujer. “No conozco al 95% de los hombres que me piden la amistad. Al principio, cuando entraba en Facebook, tenía muchos mensajes de chicos que intentaban ligar conmigo, pero ahora ya es que ni lo miro”, explica M.

A finales de noviembre, Amnistía Internacional publicó un estudio en el que participaron 4.000 mujeres de entre 18 a 55 años de ocho países diferentes, incluida España. Una de cada cinco mujeres en nuestro país afirma haber experimentado abusos o acoso en las redes sociales al menos en una ocasión. Muchas de ellas incluso reciben amenazas de muerte o violación. La encuesta pone de relieve que la mitad (49%) de las encuestadas en España que habían sufrido acoso en Internet dijeron que era de naturaleza misógina o sexista. No hay informes que establezcan una relación entre acosar en las redes sociales y hacerlo en persona, pero siguiendo el hilo argumentativo del estudio “es presumible pensar que el hombre que acosa y las motivaciones que lo llevan a hacerlo no se limitan a un ámbito concreto”, asegura Belén Cano, psicóloga experta en violencia sexual de la Fundación Aspacia.

Lo que enfada mucho a M. es que tras un comentario suyo reciba de algún hombre un trato paternalista. “Siempre hay algún gilipollas que va de paternal y te llama bonita, guapa… Como si fueses tonta por ser mujer”. Este tipo de conducta es más común de lo que pensamos y ocurre cuando un hombre se siente superior a una mujer por el simple hecho de haber nacido varón.

S. G. es una periodista muy activa en las redes sociales. Colabora con varios medios de comunicación. Cada vez que publica un artículo suele ser de los más leídos, y eso se refleja en el elevado número de comentarios que tiene. “Siento un machismo brutal en los hombres que opinan sobre lo que he escrito. Hay tíos que siempre van a venir a decirme cómo debo pensar o explicar las cosas. El otro día escribí sobre una autora que me encanta desde pequeña y uno empezó a darme lecciones con información que ya había puesto en el reportaje. Tengo la sensación de que siempre me van a tratar como a una niña de seis años”, cuenta.

¿Cuál es el perfil del acosador en las redes sociales? Esta es una pregunta frecuente. No existe un perfil específico. Las características son comunes al hombre que acosa en la calle, en el entorno laboral, escolar o privado. “Son hombres que ejercen este tipo de violencia sobre las mujeres porque en su ideario consideran que tienen derecho a hacerlo”, explica Cano. El caso en las redes sociales, sin embargo, tiene unas características específicas por el entorno donde se desarrolla: “Cuando los actores son desconocidos y el campo de actuación es tan amplio y cambiante en el tiempo (la página web que hoy está funcionando, mañana no; los perfiles de las redes se pueden eliminar con rapidez y solo alguien con ciertos conocimientos puede recuperar la huella digital que deja esta persona, etc.) los acosadores, sabedores de estas ventajas, pueden gozar de cierta impunidad”.

Tanto M. como S. G. han denunciado en Facebook a sus acosadores, pero, según relatan, no les ha servido de nada. Se sienten desamparadas. La red social puede eliminar el perfil de un acosador y este hacerse uno nuevo o castigar al agresor con no poder acceder a sus datos durante un periodo de tiempo. Sobre ello, la agencia de comunicación que se encarga de las gestiones de Facebook con la prensa española respondió a La Marea: “Hay un equipo humano encargado de revisar las denuncias, el community operations team. Es un equipo global, que trabaja las 24 horas del día y los 7 días de la semana, en más de 80 idiomas diferentes y formado por expertos en distintas materias. Si el contenido viola las normas se retira, y si hay peligro de amenaza real para la seguridad de alguien, se notifica a las fuerzas del orden”.

Grupos de apoyo

M. lleva mucho tiempo en las redes sociales. Lo suyo es una carrera de largo recorrido. Ha sido testigo de toda clase de agresiones machistas hacia su persona. Al principio los vivía sola, sin compartirlos con nadie, pero con el tiempo empezó a conectar con un grupo de mujeres que solo se conocían en en el mundo digital pero con quienes compartía el haber sido víctimas de estas conductas: “Nos conocimos en Facebook y contando nuestras experiencias surgió la unión. A todas nos ha pasado alguna historia. De esta forma nos protegemos entre nosotras. Cuando nos llegan fotos de tíos desnudos damos aviso de esos capullos y los bloqueamos”.

Muchas mujeres ya asumen que esta conducta del hombre es parte del juego de las redes sociales. El botón de bloqueo es para ellas una herramienta que utilizan con total normalidad. Es el caso de T., que cada día recibe mensajes de hombres desconocidos, algunos con contenido presuntamente romántico, hasta otros que incluyen mensajes y material pornográfico.

“No piensan. Ese es el problema”, asegura esta actriz que tiene muchos seguidores en su perfil de Facebook. Normalmente no suele entrar al trapo cuando un hombre que no conoce empieza una conversación con ella, y cuando los mensajes son muy ofensivos suele compartirlos en su perfil para que todos reconozcan al acosador. De esta forma conocimos a S., quien le envió a T. estos mensajes: “Quiero hacerte un anal” y “pegarte una follada brutal”. En La Marea nos hemos puesto en contacto con él y esta ha sido la conversación.

La Marea. Hola S., me llamo Alfonso, soy periodista, estoy escribiendo un artículo sobre acoso a mujeres en la red, ¿te podría hacer unas preguntas?

S. k kieres

La Marea. Estoy haciendo entrevistas a mujeres que han sufrido acoso en las RRSS y una de ellas me enseñó un mensaje tuyo

S. pos no se

La Marea. Pone tu nombre y tus apellidos en el mensaje

S. te cres k por intentar hablar y hacer amigas por internet soy un acosador o q
y q te dijo la tia

La Marea. En los mensajes dices que quieres hacerle un anal y que vas a pegarle una follada brutal

S. k mensaje era??

La Marea Sin que ella haya hablado previamente contigo o haya manifestado su interés

S. pos no se ni idea

La Marea: Pone tu nombre y apellido en el mensaje

S. no me acuerdo k alla dicho yo eso

La Marea. También pone que vives en B. Aunque no te acuerdes haberlo hecho, el mensaje salió de tu cuenta. ¿Por qué te atreves a decirle esos comentarios a una chica que no conoces?

S. como te e dicho no me acuerdo ni creo k alla dicho eso yo. Pero si lo e dicho k pasa??

La Marea. Los mensajes vienen de tu cuenta. Cuando pinchas en el enlace de la persona que ha escrito el mensaje sale tu perfil

S. a caso es delito llamar hijo puta a alguien o decir algún insulto o k te voy a follar y tal

La Marea. lo que quiero saber es ¿por qué le envías ese mensaje a una mujer que no conoces?

S. k tia es?

La Marea. no te puedo decir el nombre, lo siento. ¿Se lo escribes a tantas chicas que no te acuerdas de a quién se lo dices?

S. a lo mejor lo e podido decir pork iria con unas cuantas cervezas de mas o algo
pero no me acuerdo

La Marea. ¿El alcohol justifica ese comportamiento?

Después de esta última pregunta S. dejó de responder. Él es uno de tantos con los que T. tiene que lidiar todos los días. Pero ¿qué pasa cuando quien acosa es un conocido o la persona que menos te lo esperas? Existe un tipo de acoso –no confundir con perfiles, que no los hay– que viene de la figura del falso aliado. “Se trata del típico que usa las redes sociales con un perfil feminista de izquierdas, se pone agresivo con el tema de La Manada, y publica tuits a favor de la víctima, pero en realidad es un depredador emocional”, explica la periodista especializada en género Ana I. Bernal Triviño.

Lo siniestro de este tipo de personas es que comparten afinidades contigo, por lo que suelen cogerte con la guardia baja. “Pueden ser amigos o familiares con los que incluso llevas chateando años y buscan tus vulnerabilidades”, asegura Bernal. La sutilidad y paciencia con la que arrinconan a sus víctimas se debe, entre otras cosas, a que son personas que gozan de una cierta imagen de progre que, en teoría, condena este tipo de conductas. Tienen que ir con pie de plomo para, como hace la serpiente que quiere soltar su veneno, pegar el mordisco cuando su presa menos se lo espere.

En ocasiones, estos personajes se aprovechan de su éxito mediático por sus opiniones en ciertos temas; o pertenecen a campos de la cultura como la música, el cine, el teatro o la literatura, cotos que parecen reservados a personas abiertas de mente. Pero el machismo no entiende de ideología. Si bien hoy se visualizan más estos temas, eso no significa, para muchos hombres, que puedan pasar de la teoría a la práctica. De la misma manera que el sociópata es capaz de imitar las emociones básicas para pasar inadvertido en la sociedad, el falso aliado se aprovecha de estos conocimientos para camuflar su verdadera personalidad, actuando como un auténtico Caballo de Troya.

El ciberacoso no se suele denunciar y cuando se hace no es de forma inmediata. “Según nuestra experiencia y los estudios realizados, concluimos que las mujeres que han sufrido violencia sexual que no coincide con el perfil de ‘violación auténtica’, es decir, la ejercida por un desconocido en la calle y por la noche, no suele acudir a la policía”, asegura la psicóloga Sonia Cruz. “Esto ocurre porque no identificamos como delitos las violencias sexuales ejercidas por un desconocido o conocido reciente mediante el chantaje, la manipulación o la extorsión psicológica y en entornos privados o íntimos”, añade.

Por otro lado, continúa la psicóloga, “cuando las mujeres sufrimos estos abusos y acosos sexuales sentimos culpa por pensar que los hemos provocado por nuestra forma de comportarnos y sentimos también vergüenza porque sabemos que vamos a ser juzgadas por nuestro entorno y que no vamos a recibir el apoyo necesario”. En las redes sociales e Internet hay otros factores que dificultan aún más la denuncia. Por un lado, el miedo a la integridad física –la víctima suele recibir amenazas de muerte o violación– y por otro, el temor a ver dañada tu imagen tras recibir amenazas de difundir tus datos personales o imágenes de contenido sexual. Estos hechos tienen un componente intimidatorio grave debido al efecto multiplicador de las redes sociales, y que estos personajes se valen del anonimato.

Cuestiones clave

¿Existe un perfil de mujer acosada en las redes sociales? “Al igual que no existe un perfil de víctima de la violencia machista, no hay un perfil de mujer acosada en las redes sociales. Puede ser cualquier mujer. El ciberacoso sexual es una forma más de violencia contra ellas. El objetivo del hombre es dominar y destruir la libertad, la mente, las emociones, el cuerpo y la identidad de las mujeres”, explica Cruz. No nos equivoquemos, insiste la psicóloga, no se trata de actos inconscientes, ni de falta de educación o empatía. Los hombres que acosan a las mujeres saben perfectamente que ellas sufren, de la misma forma que saben que cuando alguien abusa de su fuerza es capaz de causar un enorme daño.

¿Cómo paramos esto? Para responder a esta pregunta, Cruz ofrece algunas soluciones: “Una es contemplar el ciberacoso sexual contra las mujeres como una forma de violencia de género y, por tanto, incrementar las medidas de protección y de persecución del delito al ser juzgados en tribunales especializados, tal y como se juzgan los delitos de género en el entorno de la pareja. También es importante realizar campañas de difusión centradas en el acosador, en la identificación de esta violencia como un hecho grave, como un atentado contra nuestros derechos sexuales y contra nuestra libertad, privacidad e intimidad”.

Además, “la educación sexual y de prevención es un factor básico para promover la igualdad y derribar estereotipos de género. Es necesario eliminar la cultura de la violación, la cosificación y el juicio moral hacia cualquier comportamiento sexual para así reducir el estigma. Hay que ampliar los programas de formación a profesionales y sensibilizar sobre las características de este tipo de delitos, los mitos sobre las respuestas de supervivencia y las formas de coacción más visibles”.

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‘Puedo hacer tus sueños realidad’, por Isaac Rosa

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Te gustaría protagonizar este cuento? Sí, tú, hablo contigo que estás ahí leyendo estas primeras líneas de un cuento que nunca imaginaste que podrías protagonizar. ¿Te gustaría que tu nombre apareciese aquí, ya en el primer párrafo? Necesito varios personajes para este relato que estoy escribiendo, y me he fijado en ti: eres la persona ideal. De verdad. Lo he notado nada más verte. Lo que se dice un flechazo. No me pasa habitualmente, créeme, que me tope con alguien leyendo y a primera vista ya sepa que ahí está: justo a quien andaba buscando.

Como te decía, necesito varios personajes: un par de protagonistas y media docena de secundarios, dos de ellos con frase. Si me he fijado en ti es porque estoy pensando en el papel principal, claro, pero no vayamos tan rápido. Aún no sé nada de ti. Y no te creas que esto es llegar, gustar al autor, y ya está todo hecho: tienes que valer para personaje, no todo el mundo puede. Mucha gente querría una oportunidad así, pero hay que tener cualidades, talento. Haber nacido para esto.

Es una oportunidad, sí. Una gran oportunidad. Pensarás que es solo un cuento, pero ten en cuenta que se va a publicar en La Marea. Miles de personas leerán tu cuento, que después sacaremos en un libro, y eso ya significa que estarás en librerías, bibliotecas, mesillas de noche, en las manos de alguien que viaja en el metro. Y espera, hay más: mi primer libro de cuentos se tradujo al francés, y tenemos ofertas en alemán e inglés. Imagínate, lectores norteamericanos pronunciando tu nombre, emocionándose contigo.

Qué bueno que nos hemos encontrado, cielo. No te importa que te llame “cielo”, ¿verdad? Así llamo a la gente que aprecio. Ya sé que nos acabamos de encontrar, pero es que siento una cercanía enorme entre tú y yo. Como si nos conociésemos de toda la vida, no sé si también te pasa. Ha sido una coincidencia mágica: un autor necesita personaje, y de pronto está ahí, al otro lado de la página.

Si no te importa, cierra la puerta, que nadie te moleste mientras me lees. Así mejor, a solas tú y yo. Acércate un poco la página. Ajá. Me gustas mucho. No te importa que te lo diga, ¿verdad? Me gustas como personaje, no pienses cosas raras. Tienes un atractivo especial, cielo. Un magnetismo. Me encantan tus ojos, esa forma de fijar la mirada al leer. Tus facciones son… preciosas. Ya te lo habrán dicho más veces. Tus labios, así de cerca, entran ganas… de besarlos.

Oye, espera, no quería incomodarte. Sigue leyendo, por favor, no pases la página. Estaba pensando en voz alta, en el personaje, en la historia. Habrá un momento, hacia el final del cuento, en que los dos protagonistas se besen. Y tus labios son perfectos, me recuerdan a los de… Por cierto, ¿te he dicho ya que varias de mis novelas se han adaptado al cine? También un cuento, del que acaban de hacer un cortometraje. Eso sí que no te lo esperabas: verte en la gran pantalla. Bueno, tú no, sino alguien que te interprete, quizás cierta estrella de cine que tiene tus mismos labios.

Hace calor aquí, ¿verdad? Puedes quitarte el jersey, preciosidad, yo ya lo he hecho. Bueno, no solo el jersey: me lo he quitado todo. No puedes verme, pero mientras escribo estas líneas estoy desnudo. No te rías, es verdad: me encanta escribir desnudo. Cada escritor tiene sus manías, los hay que escriben de pie, descalzos, en pijama, con mono de obrero, vestidos de la época en que transcurre su historia. A mí me gusta escribir desnudo. Completamente desnudo. Subo la calefacción, caldeo la habitación hasta que se empañan los cristales, y entonces me quito toda la ropa. Te parecerá una manía, o una superstición, pero escribo mejor así, sintiendo que mi cuerpo responde a los estímulos de la historia: la piel se me eriza en las escenas escalofriantes, sudo cuando escribo algo intenso, me empalmo en las páginas excitantes…

No, no, espera, no dejes de leer. No pienses mal. Retiro la última frase del párrafo anterior. No quería molestarte. Es solo que… Si vas a ser mi personaje, necesitamos mucha confianza, conocernos a fondo, a ciegas. Ya sé, solo es un cuento, pero quién sabe: a veces empiezo un cuento y acabo escribiendo una novela. Tú mereces algo más que un par de páginas de periódico: una novela entera. Trescientas páginas sobre ti. Cuanto más te veo, más claro lo tengo: eres la persona que buscaba. Y yo, reconócelo, soy el autor que esperabas. Puedo hacer tus sueños realidad. Solo tienes que confiar en mí.

Te he revelado un secreto. Nunca le había contado a nadie que escribo desnudo, solo a ti. Si lo difundieras, pasaría mucha vergüenza, sería objeto de burla entre los colegas. Pero confío en ti. Ahora te toca a ti darme algo, para que la confianza sea mutua. No sé. Puedes enviarme una foto. Una foto especial.

No te agobies, hablo estrictamente como autor. Necesitaré unas cuantas fotos tuyas, para retratar bien a tu personaje. Soy un escritor realista, me gusta cuidar los detalles. Una foto de cuerpo entero, otra de medio cuerpo, varias del rostro desde distintos ángulos y con diferentes expresiones. Sonriendo, con enfado, triste, feliz. Me vendría bien alguna foto… con poca ropa. Es un cuento de amor, ya te dije que al final hay beso. Si lo acabo convirtiendo en novela, habrá más que un beso. No sabes lo difícil que es escribir una escena de sexo. Espero que no te importe que tu personaje se acueste con otros personajes. Es solo ficción, y no tendrás que hacer nada, yo lo imaginaré y escribiré. Pero me vendría bien algo de… información. Ver tu cuerpo, para describirlo bien. Cómo arqueas la espalda, cómo de firmes son tus pechos, qué marca dejan unas manos apretando tus nalgas en pleno polvo.

Te has ruborizado. De verdad que no es mi intención molestarte. Entiéndeme: la relación autor-personaje es muy especial. Intensa. Extremadamente intensa. Debemos estar compenetrados. Tengo que meterme dentro de tu cabeza, de tu alma, de tu cuerpo. Sentir lo que tú sientes, desear lo que tú deseas. Esto no es un trabajo. Es arte. Hay que dejar fuera de la página miedos, prejuicios, barreras. Ser libres. Dejarnos llevar. Te podría contar historias de otros escritores, mucho menos delicados. Escritores que directamente se acuestan con sus personajes, o que exigen una mamada si tienen que describir una mamada. Yo me conformo con un beso.

Era broma, no te vayas. Hablando de escritores: tengo varios colegas que seguro has leído. Autores importantes. Best sellers, gente que no hace cuentos en una revista: novelistas que venden cien mil, quinientos mil, un millón de ejemplares. Podría hablarles bien de ti. Quién sabe. Ya me pasó una vez, un personaje mío acabó teniendo un papel en la novela superventas de un colega. Podría ser tu caso. ¿Te gustaría?

Estoy pensando que, si te parece bien, podríamos quedar. Vernos de verdad, sin página por medio. Para hablar más tranquilos. Para conocernos. Porque así, tú leyendo y yo escribiendo, ni siquiera podemos tocarnos. A ver, no es que pretenda tocarte, más allá de cogerte la mano para luego poder escribir qué se siente al apretarla, o rozar tu piel para reflejar fielmente cómo es acariciarte. Y olerte. Detalles importantes en una novela. El tacto, el olor. Sí, ya estoy hablando directamente de novela, olvida el cuento. Te mereces una novela. Quiero que protagonices mi próxima novela. Y que el personaje se llame como tú. Tienes un nombre precioso. Podría quedar bien hasta como título. ¿Qué te parece? Dar título a una novela. Estar en boca de miles de lectores. Pasar a la historia de la literatura.

¿Te parece si quedamos esta noche? Yo soy escritor nocturno, me inspiro mejor al final del día. Podemos cenar juntos, te invito. Conozco un restaurante que… O aún mejor: en mi casa. Prepararé mi plato especial. La ocasión lo merece. Así podremos hablar sin prisa, tengo mucho que contarte. Tengo grandes planes para tu personaje. Desde que te he visto no paro de imaginar escenas, situaciones, diálogos, páginas enteras que ya tengo en la cabeza. Estoy muy excitado. Soy un escritor apasionado, cuando me meto en una historia, me meto de cabeza, hasta el fondo, sin respirar. Todo mi organismo se altera, es algo brutal. Ahora mismo, por ejemplo, estoy empalmado. Solo de pensar en ti, en tu personaje, en las páginas de nuestra novela. Me he empalmado, date cuenta de lo que me has hecho. No es nada sexual, no temas. Es pura energía. Fuego creativo.

¿Te importa si me toco mientras sigues leyendo? Ni siquiera me verás, porque yo estoy en mi casa escribiendo (escribiendo desnudo, recuerda), y tú estás ahí, sosteniendo la revista mientras yo me acaricio sin dejar de escribir, con una mano tecleo y con la otra me aprieto los huevos, me paso los dedos por el glande pensando que es tu mano la que me toca, la que me agarra con fuerza la polla y la menea, así, así, despacio, cuidado, no tan rápido, vas a conseguir que me corra, ah, ah, sigue, no te pares, sigue, ahora más deprisa, ah, ah, un poco más, ya me voy, ya me voy, ya…

Gracias. Ha sido maravilloso. Y no has tenido ni que tocarme. Me ha bastado con saber que estabas ahí, que seguías leyendo. Viva la literatura. ¿Te ha gustado? Reconócelo. Mientras me masturbaba con tu mano imaginaria, pensaba que tú también te estabas tocando, que al leerme te excitabas y te acariciabas. ¿Ha sido así? ¿Nos hemos corrido a la vez?

Espera, ¿dónde vas? ¿Por qué te pones así? Yo no te he hecho nada, ni te he tocado, ni siquiera nos hemos visto todavía. No hemos pasado de esta página. No tienes motivos para enfadarte, y mucho menos para acusarme de nada. ¿Acoso? ¿Que te he acosado? No me hagas reír. Dónde se ha visto que un autor acose a un personaje, que un cuento acose a quien lo está leyendo.

Oye, baja un poco esos humos, cielo. No te consiento… Te estoy haciendo un favor, no tienes derecho a ponerte así. No te he hecho ni dicho nada que se salga de la estricta relación autor-personaje. Si esa es tu respuesta, olvida lo de protagonizar nada. Te quedas ahí leyendo, y se acabó. No sabes cuánta gente querría estar en tu lugar, tener una oportunidad así, hacer realidad su sueño.

Mira, me estás hinchando las pelotas más de la cuenta. Si no me quieres leer más, pues muy bien, tú te lo pierdes, pero no me vengas con amenazas. ¿Denunciarme? ¿A mí? ¡Debería denunciarte yo a ti, por la trampa que me has tendido! Vas de mosquita muerta, mendigando un papelito en un cuento, y así te ganas mi confianza y me haces hablar de más. Mírame, desnudo, masturbándome. Me has humillado. ¿Eso es lo que buscabas?

Oye, cariño, no perdamos los nervios. Todavía estamos a tiempo de arreglarnos. Entiendo tus dudas, tu miedo, tu reacción. De hecho, me gustas más así, con ese genio, le va muy bien al personaje. Que sí, que todavía pienso que este personaje es para ti. No te vayas. Espera. Hablemos como personas civilizadas. No lo tires todo por la borda.

¡Como quieras, tú te lo pierdes! ¡Vete a la mierda! Pero ya te digo que no llegarás muy lejos así. No vas a conseguir ni un secundario en tu puta vida, ni en un cuento inédito. Como no te lo escribas tú, no encontrarás ningún autor con la paciencia que yo he tenido, porque además voy a avisar a todos los colegas escritores, que tengan cuidado si los lees. Te has aprovechado de mi confianza. Soy gilipollas por pensar que eras otro tipo de persona. En realidad eres como la mayoría. Lárgate de mi cuento, puta.


‘Welcome’ reúne los últimos relatos de Isaac Rosa publicados en ‘La Marea’. Puedes encontrar el libro aquí (Versiones en papel y digital).

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Ya tenemos armas, y no son los medios

Manifestación contra las violencias machistas el 7 de noviembre de 2016 en Madrid.

El escándalo del millonario productor Harvey Weinstein y el posiblemente más famoso fotógrafo de moda Terry Richardson, entre otros, han sido los más sonados, pero no serán los últimos. Recuerdo que en 2014 se lanzó la campaña #NoMoreTerry, promovida por modelos que habían sufrido abusos sexuales por parte de Richardson. Y recuerdo que no pasó nada.

Recuerdo cuando se conoció un escándalo que ligaba al productor de vídeos pornográficos Ignacio Allende, Torbe, con dos futbolistas y asuntos de prostitución y abusos sexuales. Todo acabó en agua de borrajas, pero hay algo que no me quito de la cabeza. Pregunté a dos periodistas deportivos de distintos medios, en distintos momentos, por el asunto. “Pero bueno, pareces nueva, estas cosas las sabe todo el mundo”. Las cosas que, según ellos, sabía “todo el mundo” era que entre algunos futbolistas de élite se “consumía” chicas menores, algunas muy menores. “Son sus fans”, me argumentaron, “ellas quieren”.

Es evidente, después de oír las declaraciones de decenas de actrices, actores, directores, etc. que en Hollywood, de nuevo, “todo el mundo lo sabía”.

Yo soy periodista. Las periodistas, según a qué mundillo pertenecen, saben lo que ocurre. Es decir, las que siguen al PP saben lo que se cuece en despachos y restaurantes, las que cubren el mundo de la moda no contarán lo que ocurre entre bambalinas, los periodistas deportivos… Yo soy periodista y esto fue lo primero que les pregunté a aquellos dos colegas que sabían tanto de futbolistas: “Y si lo sabíais, ¿por qué no lo dijisteis?”. Me miraron como si fuera idiota.

Ahora parece que todos los medios de comunicación han decidido al fin tratar el durísimo tema de los abusos a las mujeres, abusos habituales en muchas profesiones y centros de trabajo. Pero no han sido los medios de comunicación quienes los han destapado. Pese a que lo sabían. No han sido los medios de comunicación –“todo el mundo lo sabía”– quienes nos han informado de la existencia de numerosos criminales en serie cuyos delitos eran tan populares que hasta se atrevían a perpetrarlos en público. El dolor, el abuso sexual, la violación y el uso brutal del cuerpo de las mujeres es y ha sido un asunto mucho menos serio que la peatonalización de una calle o las declaraciones de un presidente sobre los Toros de Guisando, el fichaje de tal o cual muchacho para una Liga deportiva o la forma en la que una reina escuálida repite indumentaria, seguramente tras conversar con su amigo imputado.

No han sido los medios de comunicación, irresponsables, corrompiendo su esencial función de informar del crimen, sino las redes sociales. En ellas, por fin, se ha oído la voz de unas cuantas mujeres, y luego unos cientos de ellas, y luego ya miles. Además de actores, directores, amigas y amigos, compañeras, los medios de comunicación han silenciado durante años estos crímenes.

Caben dos posibilidades, a cuál más preocupante: una es que ni siquiera los consideren crímenes; la segunda, que su construcción machista y patriarcal, sus cúspides trufadas de hombres, hayan callado por sentirse o saberse involucrados.

Incluso después de hacerse público, ha habido tipos que han osado declarar que entonces, en “aquellos tiempos” estos crímenes no estaban tan mal vistos. Hombre, hombre, hombre, será que no estaba tan mal visto por ellos, caray, porque a las que nos tocaban el culo o las tetas en discotecas, bares o transportes públicos, a las que sus jefes proponían cenas y viajes o represalias, a quienes han aguantado masturbaciones de sus superiores, etc., nos parecía igual de repugnante antes que ahora. La única diferencia es que entonces no teníamos armas para denunciarlo. Entonces, cuando en 2014 se lanzó la campaña #NoMoreTerry, las revistas de moda no se negaron a publicar las fotos de Richardson, por poner un ejemplo.

Ahora las cosas han cambiado, y mientras muchos medios de comunicación agonizan en merecido descrédito y guardan en conserva sus repugnantes silencios antiguos, las redes se han convertido en un arma. Un arma que poco a poco los va dejando en pelotas.

Y cuando afirmo esto, siempre aparece alguien alertándome de que las redes son un nido de “falsos rumores”. Les voy a decir, ya para terminar, cuál es el verdadero y asesino “falso rumor”, difundido además internacionalmente. Se llamó “Iraq tiene armas de destrucción masiva”. Ha costado la vida a millones de seres humanos, y no procedía precisamente de las redes, sino de los gobiernos –el nuestro, entre otros– y de los medios de comunicación.

Pero las redes son ya un arma. Y por eso les asustan.

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Otra mujer confiesa que la han violado

“Confesó que la habían violado…”. Tal actriz, periodista, secretaria… vamos, tal mujer,  confiesa haber sufrido abusos, acoso, haber sido violada en el pasado o recientemente, por tal director de cine, productor, etc., vamos, por alguien, un hombre, con más poder que ella. Resulta habitual en estos días leer y escuchar el relato que incluye la expresión “confiesa haber sido violada” en los medios de comunicación, incluidas las redes sociales. Con más frecuencia aún desde que están saliendo a la luz los casos de acoso y violencia sexual perpetrados por políticos, directores de cine, personajes famosos, hombres en situación de poder en definitiva.

Sin embargo, a nadie se le ocurriría confesar que ha sufrido un robo, el atropello de un vehículo, una agresión… Se confiesa, es decir, se reconoce a regañadientes, aquello que avergüenza. Por eso la víctima de un delito no confiesa, la víctima denuncia, acusa al agresor, al delincuente, al culpable. Incluso cuando se sufre una estafa, un engaño, cuando alguien se ha aprovechado de nuestra buena fe, se habla de “haber sido víctima de”, se denuncia el caso, no se confiesa haberlo padecido.

Pero desde los valores que la sociedad patriarcal imperante trata de imponer, se quiere convencer a las mujeres en particular y todos los ciudadanos en general de que, en el caso de los delitos cometidos por varones contra las mujeres, la vergüenza, el deshonor, la culpa, es de la mujer, de la víctima y no del hombre agresor. Y el imperio de estos valores patriarcales es tan omnímodo que trasciende hasta el lenguaje periodístico, muchas veces sin intención consciente por parte del periodista. El periodista solo pretende, seguramente, ser y mostrarse comprensivo con la vergüenza que supuestamente debe sentir la mujer violada. ¿Vergüenza la víctima? ¿Vergüenza de qué? Vergüenza,  oprobio, escarnio y condena social es lo que debe caer sobre el agresor. El rechazo de los otros varones, el aislamiento social.

Mientras que solidaridad y respeto es lo que ha de mostrar una sociedad justa hacia las víctimas de esa barbarie. ¿O es que acaso el colectivo masculino se identifica con los violadores, los agresores y por eso es su cómplice desde el silencio? Si no es así, ya están tardando los varones en demostrarlo, desde los juzgados, desde las comisarías, las universidades, los hospitales, incluso desde los más cotidianos lugares de encuentro, el centro de trabajo, el bar del café matutino o la tertulia deportiva.

¿Es difícil hacerlo, verdad, apreciados varones? Los energúmenos machistas son peligrosos. Y cuando detentan algún poder social o económico todavía más. Pero, o les declaráis la guerra abiertamente o sois sus cómplices. A vosotros os corresponde decidir.

* Amparo Ariño es socia cooperativista de ‘La Marea’.

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La violencia sexual que por racismo y clasismo seguimos sin querer ver

Mujer pakistaní protesta contra la violencia machista. Foto: NUML.

Si se sienten abrumadas/os por la cantidad de casos de acoso y violencia sexual que están saliendo a la luz en las últimas semanas, tengan claro que todos juntos no llegan a sumar siquiera la punta de iceberg.

Piensen en todos los niños, niñas y adolescentes que fueron acosados o agredidos por familiares, amigos del entorno o profesores y que, ya adultos, no lo van a confesar porque consideran que no les compensa abrir esa espita, entre otras muchas razones, por evitarles el sufrimiento a su madre y/o padre –en el caso de que no hubiese sido él mismo– por no haber sabido ver lo que les estaba ocurriendo y, consecuentemente, protegerles.

Piensen en todas las mujeres que son violadas habitualmente por sus maridos y a las que ni siquiera tenemos en el mapa mental de las víctimas de la violencia sexual porque los victimarios son sus parejas. Y porque la cuestión del consentimiento pleno sigue siendo un tema desconocido para la inmensa mayoría de la población.

Piensen en todas las adolescentes que son acosadas por sus compañeros para que den de una vez el paso de mantener relaciones sexuales y dejen así de ser ‘niñas’, cuando no ‘mojigatas’, ‘anticuadas’. Y que terminan teniendo sexo con el que tienen más a mano y les da menos asco o, directamente, menos miedo para quitarse el trámite de en medio.

Piensen en todas esas mujeres migrantes, en situación administrativa irregular, que son explotadas en labores de cuidados y mantenimiento del hogar encerradas junto a sus contratantes, sin apenas conocer el idioma del país de acogida y sin poder denunciar cuando son acosadas y violadas por el miedo a la deportación. Piensen en las que recolectan las frutas y verduras que comeremos en nuestras mesas, también sin papeles, que duermen en barracones y a las que algunos empresarios no dudan en exigirles sexo a cambio del puesto de trabajo, mientras unos metros más allá, en otro barracón, están explotando sexualmente a otras mujeres migrantes y pobres, muchas de ellas víctimas de trata.

Piensen en todas esas camareras que, noche tras noche y día tras día, tienen que soportar el acoso sexual de algunos de sus clientes –materializado en comentarios, insinuaciones o, directamente, propuestas sexuales–. Hombres que entienden que en su sueldo va incluido tener que devolverles una sonrisa cuando se atreven a verbalizar todo el clasismo, sexismo y racismo que llevan dentro. Qué decir de los dueños de esos locales que las contratan dando por sentado que les están pagando por complacer así a su público y que no dudarían en despedirlas si su comportamiento no se ajustara no ya a una actitud de sumisión ante esa relación de poder, sino de aparente connivencia con la misma.

Piensen en todas esas mujeres taxistas que pasan horas encerradas en unos pocos metros con hombres que creen que pueden insinuarse más o menos ambiguamente, mientras ellas tienen que lidiar dialécticamente con la situación temiendo un desenlace violento.

Pero, sobre todo, piensen en ustedes mismas. En cuantas noches han acelerado el paso, cambiado de acera, fingido que hablaban por teléfono o cambiado su itinerario cuando volvían a casa ante los comentarios de un hombre o un grupo de ellos. Eso también es acoso, aunque estemos tan habituadas a él por haber crecido en la cultura del ‘piropo’ –llamémosla de una vez ‘cultura de la agresión verbal’- que hayamos terminado por no vincularlo con las denuncias que en estas semanas nos están llegando, desde Hollywood hasta el juicio contra los violadores de los sanfermines.

Y piensen en ustedes mismos. En cuántas veces se han sentido incómodos por saber que la casualidad de que su recorrido a casa coincidiese con el de esa mujer, les hizo sentir que estaban –sin querer– generándole temor. Cuántas veces se sintieron tentados de desacelerar su paso, cambiar ustedes también de acera, para mandarles el mensaje silencioso de que usted no es un acosador, un depredador, un violador. Piense en cuántas veces se han preguntado cómo será vivir así, sintiéndose en riesgo por el mero hecho de ser mujer.

Las denuncias por parte de actrices, modelos, periodistas y profesionales de distintos ámbitos públicos sobre los casos que han sufrido de acoso y violencia sexual han conseguido visibilizar una realidad que muchos se negaban a reconocer hasta ahora. El siguiente paso es recordar que no es una excepción reducida a las mujeres blancas de clase media-alta, sino que cuanto mayor es la situación de vulnerabilidad y precariedad, más normalizados y extendidos están el acoso y la violencia sexual: que son las más pobres, las más jóvenes y las más racializadas, las más impunemente agredidas física y sexualmente. Y que lo sabíamos, pero que ha hecho falta que los sectores más privilegiados dieran la voz de alarma para que prestáramos atención. Por eso, el clasismo y el racismo siempre han sido los mejores aliados del machismo.

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Delata a tu cerdo

cerdo

Después de que nos enteráramos de que el gigante del cine norteamericano Harvey Weinstein acosara sexualmente a decenas de mujeres, después de que supiéramos que la inmensa mayoría de ellas ha guardado silencio durante años, después de que varios directores, entre ellos Woody Allen, hayan alertado de que se puede desatar “una caza de brujas”, después de décadas durante las cuales los acosadores y violadores no hayan tenido nombre, aparece la campaña #balancetonporc.

O sea, “delata a tu cerdo”.

El uso de la palabra “cerdo” para identificar a los acosadores sexuales entronca con la actual popularización del término “putero”. Son palabras que las mujeres usaban/usábamos en la intimidad, y que sin embargo jamás habían saltado al lenguaje de los medios de comunicación o las organizaciones públicas. La causa no es que resultaran malsonantes u ofensivas, en general. La causa es que ofenden a los hombres, que por el momento siguen siendo los señores del lenguaje. Eso es sustancial. El lenguaje es sustancial.

Mientras se ha denunciado ya una y otra vez que son ellos quienes manejan y presiden el poder económico y financiero, la propiedad de la comunicación o los aparatos represivos, se ha pasado por alto algo tan evidente, tan básico, como su dominación sobre el lenguaje. Ellos dicen puta, pero jamás dirán putero. De eso se trata.

Somos lenguaje. Por eso resulta tan relevante el uso de la palabra cerdo en relación con los hombres que acosan, abusan o violan a las mujeres.

Y es cierto, son unos cerdos. Además de delincuentes, cerdos. Y hay que nombrarlos.

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“La justicia cree que tres profesoras fueron acosadas, pero que una alumna pudo haberlo evitado”

yo te creo profesoras acosadas cultura de la violación

“Me llamo Ana y, hace unos años, fui violada. El agresor, a quien yo conocía, era en ese momento en quien más confiaba. No denuncié inmediatamente; lo cierto es que me costó mucho contárselo a alguien. Primero guardé silencio, tratando de comprender yo sola cómo algo así podía estar ocurriendo. Lloré mucho, me castigué, traté de apartarlo de mi cabeza y, al final, un día, fue incontenible: acudí a dos amigas y les conté lo que pude. El resto, lo que no fui capaz de expresar en palabras, lo dibujé”. Cuando, tres años después, denunció a quien fue su profesor, sintió que era ella la que estaba siendo juzgada: “El proceso fue devastador. Pasé por varios juristas y psicólogos que ni comprendieron ni creyeron mi historia, como tampoco la creyó, finalmente, la jueza del caso. Me acribillaron a preguntas que no buscaban esclarecer los hechos, sino convencerme de que era yo la culpable. Me hirió profundamente la desconfianza y la falta absoluta de empatía con que me trataron. En esa sala, las vejaciones a las que me había sometido mi agresor no eran más que puntos en una enumeración burocrática destinada a acabar en un archivo”, narra en la página web de la campaña Yo te creo, impulsada por la Asociación de Mujeres de Guatemala (AMG).

“El objetivo es denunciar y visibilizar que como sociedad somos cómplices y artífices de la cultura de la violación cuando no creemos en los testimonios de las víctimas. La credibilidad de los testimonios de las víctimas está en el centro: queremos contribuir a desvelar y denunciar los estereotipos y prejuicios que hacen que la violencia sexual sea el único crimen en el que la primera sospechosa es la víctima”, denuncia la presidenta de la AMG y directora de la campaña, Mercedes Hernández. 

El último informe publicado por la Coordinadora Estatal de Organizaciones Feministas recuerda que 120.000 mujeres sufrieron violencia sexual en 2015 fuera del ámbito de la pareja o expareja, de acuerdo a los datos de la macroencuesta de Violencia contra la Mujer realizada por el Gobierno. La coordinadora denuncia la falta de respuesta institucional a este tipo de agresiones y pone como ejemplo que sólo tres comunidades autónomas disponen de protocolos específicos -que son, además, antiguos-:  Cantabria, Madrid y Canarias. “Aunque en Madrid el Hospital la Paz, referente para la atención a víctimas de agresiones sexuales, elaboró un protocolo específico publicado en 2011, con datos de 2008, nos consta que no ha habido evaluación, y que actualmente las mujeres que son violadas y acuden al hospital, si no han interpuesto denuncia, tienen muchas dificultades para recibir la atención adecuada”.

Ana, nombre ficticio, tenía 23 años cuando llegó a España, en marzo de 2011. “No vine por elección, sino como una refugiada que tuvo que salir aprisa de su país, Guatemala, por encontrarse en el lugar y el momento equivocados. Él apareció justo entonces. Aunque intervinieron más personas, se arrogó todo el mérito de haberme sacado del país. No cesó de repetírmelo después: como si le debiera la vida y, por ello, tuviera que pagarle con mi cuerpo”, prosigue Ana, que prefiere no hablar con los medios para proteger su anonimato. Los abusos, cuenta, comenzaron esa misma noche y se prolongaron varias semanas: “Dije que no. Siempre dije que no: lo expresé con palabras, con forcejeos, con llantos. Pero él no paró. Así que en algún momento, simplemente, mi ánimo se quebró y mi voz se ahogó. Para él fue una victoria y ya no hubo límites”. 

La presidenta de la AMG insiste en que el fomento de la cultura de la violación ha desdibujado aún más el ‘no es no’. “Ya no es suficiente porque aunque las víctimas se nieguen su palabra no es tenida en cuenta, primero por el agresor que la ignora, después por el juzgador que no la cree”. En el archivo de la denuncia de Ana -detalla Hernández-, convergieron estereotipos basados en el género y en el conocido como la víctima ideal: “El tribunal llega a afirmar que si Ana participó en manifestaciones contra la violencia machista y tiene estudios superiores, tenía recursos suficientes para evitar las agresiones sexuales. Dicho sea de paso, el tribunal ni siquiera tiene en cuenta que la participación de Ana en esas manifestaciones es muy posterior a las agresiones sexuales, pero fuerza el hecho para hacerlo encajar en su prejuicio”.

Hernández se hace, además, tres preguntas a raíz del caso de las tres profesoras de la Universidad de Sevilla acosadas por un catedrático que sí ha sido condenado por la justicia -aunque fue protegido por la institución académica-: ¿Tiene que haber más de una agredida por el mismo victimario para que no sea la palabra de la víctima contra la del agresor? ¿Una profesora universitaria resulta más creíble que otras víctimas? ¿Se cree más a las profesoras por ser españolas en detrimento de Ana que es una mujer extranjera? Aunque los casos -y las pruebas- son distintas, la presidenta de la AMG, que celebra la condena del catedrático, llega a una conclusión: “La ‘justicia’ en España cree que tres profesoras pueden ser víctimas de violencia sexual pero Ana, que había sido alumna del agresor, pudo haberlo evitado”.

Ana continúa viviendo en España: “Es el país que le brindó protección contra criminales desconocidos, pero que no ha sido capaz de protegerla contra un agresor conocido, con el riesgo que corren no sólo ella sino otras mujeres”, concluye Hernández.

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