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Casa Revolucioná. Calle Sin Luis, 12. Sevilla. Aquí vive el feminismo

“Vivas nos queremos”, reza una pancarta sobre el balcón central del edificio. La puerta está abierta. Bienvenidas. A un lado, un taller de bicicletas en construcción. Al otro, una ludoteca para los niños y niñas que acompañan a sus madres. Un futbolín, una trona, un parque, unas maracas, un libro de animales… Al fondo, en un patio de luz, África toca la guitarra sentada sobre unas escaleras, bajo una higuera sin higos. “Volare, ohhh, cantare, oh, oh, oh, oh…”. Lina pega puñetazos contra un saco de boxeo rojo. Entran dos chicas. “Hola, venimos a la clase de autodefensa”, dice María. Se presenta en ese momento. “Claro, qué bien. Pues estáis en vuestra casa. Nosotras vamos a la terraza, ¿queréis venir?”, les propone Mónica, que muestra su particular palacio a La Marea. Es la casa Revolucioná Feminista, la Revo, un espacio ocupado por una veintena de mujeres en la calle Sin Luis (San Luis en el callejero oficial). Pleno centro de Sevilla.

De momento, el paso está vedado a los hombres. Algunas se conocen entre ellas. Otras no. Unas llevan rastas y tatuajes, otras pelo corto y flequillo. A algunas se les ve el vello en las axilas, otras van perfectamente depiladas. Unas tienen 20 años, otras 50. Unas estudian. Otras trabajan. Enfermeras, historiadoras, bailarinas, biólogas…  “Este es nuestro sitio, ya hay demasiados espacios mixtos”, afirma Verónica, 26 años, mientras bebe un refresco del bar que han fabricado ellas mismas. “Quizás algunas personas no entiendan el porqué de un espacio no mixto. Lo único que podemos decir es que nosotras lo necesitamos: necesitamos construirnos a nosotras mismas, a nuestra historia y a nuestro propio lugar; necesitamos hacer llegar el feminismo a más mujeres; necesitamos espacios de comunicación crítica y de producción de pensamiento colectivo; necesitamos un espacio físico, liberado y libre de actitudes opresoras, donde fortalecernos, conocernos y cuidarnos”, escriben en su blog. Es su refugio. Un lugar en el que aprenden, hablan, ríen y también lloran sin necesidad de tener que recordar que los hombres no son más que la mujeres. Una obviedad que en pleno siglo XXI aún no es una obviedad. Un espacio sano y seguro, en constante construcción.

La Revo no es nueva. La Revo nació unos años antes en la Puerta Ovario (Osario en el callejero oficial). Y desde entonces ha crecido, ha madurado. “Allí no teníamos sitio. Más de 60 mujeres en las asambleas, gente del barrio, no queríamos que esto fuera un gueto. Llegó a venir la propiedad del edificio, nos pintaron pollas, nos mearon, la Policía nos descolgó las pancartas, pero teníamos claro que íbamos a seguir, nos dimos cuenta de que el feminismo estaba creciendo mogollón en Sevilla y decidimos ocupar esta otra casa, más grande, para continuar los debates que ya habíamos iniciado, como el de las identidades trans y lésbicas, el del antiespecismo o el de la resistencia indígena, como hicimos el 12 de octubre”, cuenta Luz, estudiante de 21 años. “Yo tenía miedo de que la casa se llenara de blancas ese día, que estuviéramos diciendo ¡vivan los indígenas! y todas fuésemos blancas. Pero vinieron muchas personas de Latinoamérica. Esa actividad, por ejemplo, fue mixta”, añade Esperanza, 21 años, amante de la poesía. 

Una escalera de mármol da acceso a la segunda planta de la casa, en la que residió el presidente de la antigua Cajasol, hoy absorbida por La Caixa, Antonio Pulido. En una cartulina, analizan las supuestas relaciones entre el poder político y el edificio. “La biblioteca aún está muy vacía, pero mira ese rinconcito”, muestra orgullosa Mónica, 30 años. Hirviendo, de Noelia Morgama. La extracción de la piedra de locura y otros poemas, de Alejandra Pizarnik. En las orillas del Sar, de Rosalía de Castro. La mar es tu substancia, de Pilar Marcos. El color de la granada, de Carla Badillo. Beat Attitude. Antología de mujeres poetas de la generación beat, de Annalisa Marí Pegrum. Poesía reunida, de Cristina Peri Rossi. Poeta de guardia, de Gloria Fuertes. “Hago versos, señores, pero no me gusta que me llamen poetisa. Soy poeta desde niña y pacifista desde antes de nacer”, decía la cabra sola, que este año hubiera cumplido 100. También hay libros escritos por hombres. Jorge Manrique y Luis de Góngora. Un manual de okupación y un ejemplar de Píkara Magazine.

En una sala con espejos y suelo de parqué, todos los miércoles imparten clases de danza. También hay talleres de música y de autogestión de la salud y de teatro y de películas… Esta noche toca Thelma y Louise dentro de un ciclo de cine feminista. Un enorme salón con chimenea acoge el esquema con las tareas de cada una. Agenda, comunicación y redes, ambigú, apoyo a actividades y tesorería. Todo es rotatorio. La casa y lo que se cuece en ella es un ser vivo –anticapitalista y anárquico– que hay que cuidar.

Esperanza es la encargada ahora del ambigú: “Vamos a ser coherentes. Es más fácil ir al DIA y por ocho euros te traes lo que necesitas. Pero si defendemos un consumo responsable, hay que actuar desde esa convicción”. Dicen que ahora compran menos botellines y más zumos. Y los botellines, además, tienen que ser retornables. “¿Cómo quieres que afecte tu consumo a nivel individual, barrio, planeta? ¿Cómo se materializa? Alimentación, vestimenta, higiene, energía”, avisa un cartel en mitad de aquella casa venida a más llena de habitaciones y lujosos baños. Uno de ellos tiene jacuzzi. No hay agua en ese momento. De aquellos polvos no quedan ni los lodos. “Nos hace sentir mucho mejor que este edificio, un símbolo de la especulación, de cómo nos han engañado los políticos de este país, esté sirviendo para que muchas mujeres se empoderen”, interviene Cati. 

Sobre un azulejo en forma de virgen, cuelga un mensaje a Nuestra señora de la autodefensa: “Señora nuestra, que estás en todas nosotras, santificadas sean tus armas, venga a nosotras tu feminismo. Hágase nuestra voluntad así en las casas como en las plazas. Danos hoy nuestros derechos de cada día; no perdones sus ofensas, porque nosotras tampoco perdonaremos a los que nos ofenden; déjanos caer en la tentación y líbranos del heteropatriarcado. Amén”.

En la terraza, Yerbabuena, la profesora de defensa personal, se sienta sobre la barandilla y da instrucciones a las chicas, en torno a una veintena. A su espalda, desde el edificio de enfrente, una mujer observa de reojo los movimientos mientras tiende la ropa. Abajo se ubica la sede de la casa Hermandad de la Virgen de la Cabeza. “¡Mierda!”, exclama una de ellas. “Grrrrrr”, vomita otra chica con una clave de sol tatuada en su nuca. “Basta ya!”, dice Mafalda en una camiseta. Cada grito tiene un significado. Solo ellas pueden descifrarlo. “Este es nuestro secreto”, finaliza Yerbabuena, que pide experiencias y sensaciones al finalizar la clase. Bullen las frases: “Las mujeres no estamos acostumbradas a pelear”. Suenan las campanas de una iglesia cercana. “Te defiendes como puedes, eres inferior en fuerza y llega un momento en que tienes que parar porque ves que te va a matar”. Tolón-tolón-tolón. “Y eso me ha pasado a mí. Tienes que bloquear al contrincante y salir huyendo de esa situación de peligro”. Ladran dos perros. “Yo me congelé el día que me atacaron. ¿Pero este gilipollas qué hace?”. La próxima semana, será una de ellas la que prepare la clase. Como quiera. “Me asomo a la ventana de mis sueños y veo lo que me da la gana”, se adivina en un escrito medio borrado sobre un muro encalado.

Quizá ninguna de estas experiencias hubiera salido en una reunión con hombres, justifican las chicas. “Yo sé que la pedagogía es muy positiva, y hay que explicarle a los hombres todas estas cuestiones, a veces lo hago tomándome una cerveza con ellos, pero a veces me canso de hacer pedagogía”, explica Verónica. “Los hombres tienen privilegios y eso es muy difícil de quitar. Ahí tienes los sanfermines, las violaciones, el acoso, los asesinatos…. Vivimos con una estructura que legitima todo esto. Incluso cuando intentas defenderte de los piropos, la sociedad se sale con la suya porque te ridiculizan. Nos pegan, nos matan, nos violan, pero vamos a seguir juntas reaccionando”, afirma Luz.

“Todos al patio! Y nosotras también, seño?”, preguntan una niñas en una clase. Es un dibujo pegado en la puerta del bar. Es, en realidad, un ejemplo de las veces que se han sentido discriminadas desde la sutileza. “Yo he ocupado otras casas con hombres, hemos habilitado espacios. Y allí, cuando hacíamos la asamblea, los hombres se autoasignaban la electricidad y a las mujeres nos mandaban a limpiar”, admite Verónica. “Mira esa barra”, apunta Mónica. Es un mostrador montado con palés de madera. “En la casa con hombres, lo habrían hecho ellos. Aquí no sabíamos ninguna de carpintería y lo hemos hecho nosotras, aprendiendo entre nosotras”, añade Vero. “Entre los movimientos okupas de izquierda hemos sido las invisibilizadas, por eso hacía falta un espacio de verdad, que no oprima de verdad”, insiste Esperanza. Un espacio desde el que pretenden crear un movimiento. “Aquí cogemos fuerza, confianza y se crea una conexión entre todas desde la diferencia. Es la igualdad suprema. Nunca ha estado tan viva esta casa”, concluye Mónica.

No todas están en el mismo momento, ni todas han tenido la misma trayectoria de vida, ni todas han llegado a la Revo pensando en si hay que hablar no solo de mujeres, sino de mujeres, boyeras y maricas. Luz es rotunda: “Ninguna hemos nacido en círculos feministas, hemos soltado burradas y hemos llegado a los movimientos sin saber, pero estamos juntas para crecernos mutuamente”. Por eso los debates se alargan y se alargan y se alargan. “Si necesitamos dos meses, pues dos meses. No queremos ser superactivistas de carné, queremos disfrutar del proceso. Con el tema de las identidades, por ejemplo, llevamos año y pico. Tenemos mucho en cuenta los ritmos de la gente”, aclara. “Porque si criticas a esas mujeres que están alienadas, al final actúas igual que el heteropatriarcado”, prosigue Verónica.

Ella recuerda que las batallas de su madre y de su abuela no son las mismas que las suyas y las de sus compañeras: “Antes el piropo era un piropo. No era un problema. Ahora muchas veces detrás del piropo hay una lucha por hacer entender que el no es no”. También admiten que en la casa, donde sobran los partidos políticos, faltan madres que aporten la perspectiva de la conciliación. África vuelve a coger la guitarra. Todas se ponen a bailar y a cantar de manera improvisada. Están en la calle San Luis, sin Luis. Son ellas, sin normas de género, sin fronteras, sin opresión. Aquí vive el feminismo.

*Todos los nombres de las mujeres son ficticios por petición de ellas. 

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La huelga mundial de mujeres y el creciente movimiento contra Donald Trump

El martes, la Estatua de la Libertad quedó casi completamente a oscuras, un día después de que el presidente Donald Trump firmara su nueva orden ejecutiva contra el ingreso a Estados Unidos de refugiados y ciudadanos de seis países de mayoría musulmana, un decreto conocido como “Prohibición contra musulmanes 2.0”. El apagón pareció también un presagio de lo que ocurriría al día siguiente, el Día Internacional de la Mujer, que este año contó con la organización de la huelga Un día sin mujeres. La dama de la Libertad, que durante más de 130 años ha proclamado al mundo “Dadme vuestros seres pobres y cansados / Dadme esas masas ansiosas de ser libres”, desapareció, al menos por unas horas, del horizonte de la ciudad de Nueva York.

El Día Internacional de la Mujer se conmemora el 8 de marzo desde hace más de un siglo, pero el día de acción mundial de este año tuvo un valor agregado de urgencia. Un hombre que fue filmado mientras alardeaba de cometer acoso sexual terminó siendo el actual presidente de Estados Unidos. En una grabación del programa Access Hollywood de 2005 que se hizo pública el pasado octubre, Trump le dice a Billy Bush, expresentador de la cadena NBC: “Ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerlo… Puedes hacer cualquier cosa. Agarrarlas por el chocho”. Billy Bush perdió su trabajo a causa del escándalo, pero Trump fue electo presidente pocas semanas después.

Al otro día de la asunción de mando de Trump, más de cuatro millones de personas participaron en manifestaciones en todo Estados Unidos, en lo que quizá sea la mayor protesta política en la historia estadounidense. La Marcha de las Mujeres en Washington, por ejemplo, congregó una cantidad de gente tres veces mayor que la multitud que asistió a la ceremonia de asunción de Trump el día anterior, lo que claramente enfureció al presidente.

Dos días después, Trump firmó una orden ejecutiva que impuso una “ley mordaza mundial” que prohíbe a Estados Unidos financiar a cualquier organización de salud que realice abortos o que incluso lo mencione como opción. Trump también está presionando a los legisladores para que aprueben el proyecto de ley republicano que tiene como objetivo derogar la Ley de Cuidado de la Salud a Bajo Precio, conocida como Obamacare. La ley dejaría sin fondos a la organización Planned Parenthood, que brinda anualmente una amplia gama de servicios de salud a más de dos millones y medio de mujeres estadounidenses. Solo el 3% de sus servicios están vinculados al aborto, y los fondos federales no financian los abortos.

Con manifestaciones en más de 50 países, la huelga de mujeres de este año es la más importante en la historia reciente. El sitio web de la organización señala: “El 8 de marzo será el comienzo de un nuevo movimiento feminista internacional que organice la resistencia no solamente contra Trump y sus políticas misóginas, sino contra las condiciones que dieron lugar a Trump; concretamente, décadas de desigualdad económica, violencia racial y sexual, y guerras imperiales en el exterior”.

Esta misma semana, un documento filtrado reveló que el Departamento de Seguridad Nacional está considerando una propuesta para separar a las madres refugiadas de sus hijos en caso de que sean capturados al cruzar la frontera entre México y Estados Unidos.

En un vídeo realizado para dar difusión a la acción mundial del 8-M, distintas personas declaran sus motivos para participar: “Voy a hacer huelga el 8 de marzo porque creo que las mujeres deben tener libertad para tomar decisiones sobre sus propios cuerpos… Voy a hacer huelga el 8 de marzo… por la igualdad salarial y de oportunidades… porque el trabajo de las mujeres hace posible el resto de los trabajos… y porque ya es hora que comencemos a valorar el trabajo de la mujer. Voy a hacer huelga el 8 de marzo… porque quiero sentirme libre cuando salgo, no valiente… porque las mujeres importan”.

Al despuntar el alba en Washington DC, en el Día Internacional de la Mujer, Donald Trump tuiteó: “Tengo un enorme respeto hacia las mujeres y los numerosos papeles que desempeñan, que son vitales para la estructura de nuestra sociedad y nuestra economía”. Esto proviene de un hombre que ha sido acusado de asalto y acoso sexual por al menos 15 mujeres, la mitad de ellas durante su reciente campaña electoral.

Las mujeres del mundo, junto con los hombres que apoyan su lucha, juzgan a Trump por sus acciones, no por sus palabras. Están comprometidas, están enfurecidas y se están organizando para abordar cada tema. Entre los carteles de las manifestaciones por el Día Internacional de la Mujer había uno que decía: “Nada de mordaza, nada de prohibición, nada de muro”. Otro decía: “El lugar de la mujer es la revolución”. Todos los días, Trump afecta los pilares de los logros progresistas por los que tantas personas han luchado, han sido encarceladas e incluso han muerto a lo largo de más de un siglo. Pero la resistencia está creciendo y brinda esperanzas en esta era de oscuridad.


© 2017 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es coautora del libro Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

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Hoy también es 8-M

Son las doce del mediodía. Hace calor de primavera. Hay bullicio en la calle. Un hombre transporta en un carrillo las cajas que va sacando de un camión, aparcado en carga y descarga. Otro hombre toma café en la terraza de un bar. No hay nadie tras la barra. “Hola”, dice la camarera, que asoma la cabeza tras recoger un papel. Doce y cinco. Una chica cruza un paso de cebra con camiseta de tirantas. En la farmacia, el farmacéutico atiende a dos mujeres, una de ellas con un bebé en un capazo. Doce y diez. En una oficina de Caixabank hay tres personas trabajando. Todas son mujeres. Doce y cuarto. Un solo hombre espera sentado en una peluquería. Los secadores apenas dejan oír las conversaciones entre las peluqueras y las clientas. Sobre una mesa alta, dulces caseros. Sobre una mesa baja, una portada del Hola con la reina Letizia. “Tienes que esperar 20 minutos”, avisan a una chica que quiere depilarse.

Doce y veinte. En la cafetería donde aguarda a que pase el tiempo, la presentadora de la tele da paso a un debate con mujeres periodistas que nadie en el local escucha ni ve. Doce y veinticinco. La frutera despacha fresas a una señora de unos 60 años. El frutero coloca brócoli y patatas en la puerta, justo al lado de un tenderete de bolsos y pulseras. Doce y media. Trabajadoras de un centro de salud recogen sus pancartas desplegadas en la calle: en una pone “Igualdad”. En otra, “Respeto”. Una mujer de unos 70 años se queja al hombre que la acompaña, supuestamente su marido: “Si me parece muy bien que paren, pero es que…”. No termina la frase. Los puestos administrativos están en su mayoría vacíos. Una chica joven arrastra a un hombre mayor en una silla de ruedas. Es un recorrido al azar por la media hora de paro internacional de las mujeres en una manzana del centro de Sevilla. La mañana continúa como si el mundo nunca parara. Como si las mujeres nunca pudieran parar.

Aunque en el día a día la huelga no ha hecho temblar las bolsas ni a los dirigentes de este país -“¿Un paro? ¿Qué paro?”, preguntaba una mujer que pasaba junto a la concentración del centro de salud- la protesta convocada este 8 de marzo, únicamente registrada oficialmente por la Confederación Intersindical, ha sacado a numerosos colectivos a la calle -universidades, partidos políticos, instituciones públicas, medios de comunicación, hospitales…- y ha concluido con manifestaciones multitudinarias en toda España que exigían, con pancartas de todo tipo, “No a la precariedad laboral ni al desempleo”, “No a la triple jornada laboral”, “No a los sueldos desiguales”, “No a todos los Trump en el mundo”, “No al Gobierno de Rajoy”, “No a la violencia sexual”. Que exigían que “Ni una más”. Que “Ni una menos”. Y que hoy y mañana y pasado mañana también es 8-M.

“Bueno, pues aquí estamos otro 8 de marzo”, saluda una mujer a otra junto a la fuente de Cibeles en Madrid. Reconocen que les ha costado encontrarse. “Hay muchísima gente”, insisten. A las siete de la tarde, hora de inicio, la zona está colapsada y la manifestación taponada. Con un altavoz, la organización explica que la Gran Vía no ha sido cortada todavía y hay que permanecer quietas algunos minutos más. Durante la espera, cánticos y música: letras feministas de la rapera Gata Cattana, fallecida recientemente, y el rap combativo de Ana Tijoux. Muchas de ellas ya habían acudido por la mañana a Sol para concentrarse. “La vida de las mujeres es muy importante, por eso estoy aquí, por eso secundo el paro”, explicó Marta, que sostenía un cartel con la frase “Yo de mayor quiero estar viva”. “Me gustaría que esto fuera una huelga de todo el día, lo intentaremos más adelante porque esta lucha tiene que continuar”, aseguró. Su compañera Tatiana puso el foco en los asesinatos de mujeres: “Estoy aquí para decir que tenemos derecho a una vida libre de violencias”.

En la cabecera, las convocantes, pertenecientes al Movimiento Feminista de Madrid, portan una pancarta en la que se puede leer “Juntas y fuertes, feministas siempre” y “Paro Internacional contra el Heteropatriarcado”. La fuerte asistencia hace que muchas personas no se muevan del punto de inicio hasta pasadas dos horas. En Sevilla, mientras tanto, escuchan el merengue feminista y aplauden a las mujeres que han mantenido una huelga de hambre en Madrid para reclamar un Pacto de Estado contra la violencia de género. “¡Ya!”, exclama una portavoz.

“Hemos parado en 56 países”, afirman las convocantes de la marcha en Madrid a su finalización. “Este 8 de marzo somos más fuertes que nunca, porque somos muchas más y estamos unidas por una misma causa”, añaden desde el Movimiento Feminista Autónomo de Madrid. Cuatro mujeres de distintas edades y territorios leen el manifiesto: “Estamos en EEUU, contra las políticas de Trump; estamos en Rusia, frente a una ley que despenaliza el maltrato contra las mujeres; estamos contra las persecuciones y asesinatos de activistas feministas por defender su territorio, desde el Sáhara Occidental hasta Honduras, y estamos en Polonia, contra los intentos de criminalizar el aborto, además de en otros lugares. Porque estar juntas nos da fuerza y emergemos creando comunidad y estableciendo lazos de ayuda entre nosotras. Queremos un nuevo modelo político donde nuestros derechos no sean cuestionados. Ante un Estado que nos ignora, denunciamos la violencia institucional que venimos sufriendo ya que no existen leyes efectivas que logren erradicar la violencia estructural”. En Sevilla, la manifestación también avanza con lentitud. “Sin nosotras o contra nosotras no se mueve el mundo”, concluyen.

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De la desilusión a la rabia: 8-M Paro Internacional de Mujeres

Durante la última década oímos hablar de crisis económica y crisis de valores democráticos. A estas, las feministas añadimos la crisis de cuidados. Obviamente estamos ante una crisis sistémica a la que me atrevería a denominar crisis vital o crisis de vida. La anomia se apodera de la sociedad y surgen los monstruos: los asesinatos de mujeres por las violencias machistas se multiplican y aparecen reacciones racistas y xenófobas. La reacción conservadora crece. Se publicita la transfobia e incluso se defiende la inferioridad femenina en las instituciones europeas.

El simulacro de la igualdad en el que vivíamos se ha quitado la máscara. Asistimos a un fuerte rearme reaccionario y patriarcal que de modo simbólico cristaliza en la elección de una figura como la de Trump en Estados Unidos. Tras años de luchas forjadas en la creencia del pasito a pasito y con paciencia (a ser posible no molestando mucho), las feministas hemos ido incidiendo socialmente en las leyes y las prácticas. Los principios ilustrados de la fe en la evolución constante nos hacían soñar con un futuro en igualdad de derechos. Sin embargo, hemos tenido que abrir los ojos: nos están matando, ni se valora, ni se paga nuestro trabajo doméstico y de cuidados, se nos discrimina en el empleo. La explotación, dominación y violencia sin tapujos, consecuencia del rearme patriarcal, están teniendo como consecuencia positiva el despliegue de la lucha de las mujeres.

Los años e incluso siglos de aportaciones de las mujeres que nos sucedieron antes nos ha servido para sentirnos capaces y valorarnos. Ya no es sólo la heterodesignación y la mirada del otro la que guía nuestros actos. Rechazamos este modelo masculino dominante porque estamos construyendo otros espejos en los que mirarnos. El empoderamiento colectivo femenino nos ha hecho ver que si nosotras paramos se para el mundo y que si nos organizamos somos capaces de hacer temblar la tierra.

¡Basta de buenismos! “Las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes”, coreábamos en los años ochenta. Porque “somos malas, pero podemos ser peores”. El cielo en la tierra se nos muestra esquivo. Hemos trabajado por hacer leyes, normas, protocolos, acuerdos y medidas muy bonitas sobre el papel que únicamente permite dar un barniz  de igualdad a esta sociedad heteropatriarcal y cerrarnos la boca cuando vamos a denunciar cómo somos tratadas en realidad. “Esto no es como antes. Estamos avanzando”, porque ya tenéis leyes que os protegen”. “¿De qué os vais a quejar?, “si estáis sobreprotegidas”, se nos reprocha. Lo llaman “neomachismo” pero es en realidad este pensamiento el que ha permeado el pensamiento colectivo.

La rearticulación heteropatriarcal exige un despliegue feminista que no maquille más el machismo y sus violencias. En este contexto de violencias contra las mujeres, la lucha feminista se despliega con una fuerza inesperada y llama a la movilización internacional. “Si nos tocan a una, nos tocan a todas”, pero nos seguirán tocando si no somos radicales y removemos los cimientos sobre los que se asienta nuestra sociedad. El tiempo del simulacro ha de acabar y por eso se llama al Paro Internacional y a gritar con una sola voz a todas las mujeres del mundo.

El control de los cuerpos, la discriminación laboral (con la feminización del paro, la precariedad en la contratación y la brecha salarial), la explotación de las mujeres en el trabajo doméstico y de cuidados y las violencias contra las mujeres tienen todas el mismo origen: este sistema de dominación patriarcal que pensábamos estábamos destruyendo y que hoy se muestra más fiero que nunca.

El Paro Internacional de Mujeres es el inicio de una revuelta feminista que vuelva a repolitizar un problema que, aunque se quiera, ya no se puede obviar. El construir una sociedad más justa bajo un modelo en igualdad de derechos nos interpela a tod@s porque en el mismo está el germen de la sostenibilidad de una cotidianidad vivible. El patriarcado y su brutalidad se nos muestra como lo que es: un sistema de muerte. Plantéate si de verdad quieres seguir viviendo en esta sociedad o por el contrario estás dispuesta/o a sentirte parte de un movimiento internacional que con un paro simbólico quiere mostrar las vergüenzas de este sistema para cambiar. 

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Micromachismo televisivo

micromachismo

Grabando un reality en Hollywood aprendí que a la zona situada delante de las cámaras los técnicos la denominan ‘el lado oscuro’. Las fuerzas tenebrosas se desatan donde los focos deslumbran: miedo, celos, deslealtades, traiciones, abusos de poder, apropiaciones. En la campaña viral #amítambién me ha pasado, creada por eldiario.es, mujeres de diversas profesiones y signos políticos están denunciando el micromachismo. A mí, como a Lina Gálvez y tantas otras, también me ha pasado que mi autoridad académica se cuestione por ser mujer y tratar temáticas de género. A mí me ha pasado que mi trabajo se desmerezca en titulares que priman mi aspecto físico y mi pasado de modelo por encima de mi investigación, o que me recomienden llevar gafas para parecer más intelectual. Me ha pasado que un decano me suponga incapaz de lidiar con un problema menor que me oculta, mientras me tira los tejos en plan caballero protector y el problema explota.

Son asuntos embarazosos y difíciles de visibilizar, pero el machismo del ‘lado oscuro’ todavía lo es más. Para revelarlo se requiere luz negra, una innovadora técnica que aplicaré a mi reciente experiencia televisiva en una cadena pública barcelonesa. Veamos: a mí no me ha pasado que un director me exija relaciones sexuales para presentar su programa, pero que me contrate por ser una ‘feminista con tacones’ y luego se asuste de mi desparpajo. A mí no me critican por innovar recursos escenográficos –pistolas, pelotas, sombreros mejicanos, narices negras de payaso o un significativo plátano–, sino por “cargarme el ADN del programa” uniendo rigor y entretenimiento. No me reprenden por no tener audiencia y pasar desapercibida, sino por tener personalidad propia y destacar. No me reprochan que no me comprometa con las mujeres que luchan –sean limpiadoras como Las Kellys o activistas como Yolanda Domínguez– sino que les dé voz y hagamos poses empoderadoras subidas al sofá del plató.

No me reprueban por atraer al programa a personalidades, como el insigne académico Manuel Castells, pero lo atribuyen a mi melena rubia. Con su fina intuición feminista, el propio Castells expuso ante las cámaras las verdaderas razones de su presencia: mis credenciales académicas. (Su imagen se utilizó en el spot publicitario del programa dejando entrever que lo había entrevistado el propio director, incluso después de haberme despedido y eliminado del spot.) A mí no me recusan por conseguir una entrevista con una prominente joven política catalana para el 8 de marzo, sino porque el director del programa no la pudo conseguir. A mí no me sustituye una principiante, sino el director de la cadena que alababa mi originalidad y buen hacer.

Como a tantas mujeres desde Eva y Pandora, a mí también me han llamado ácrata acusándome de no respetar autoridad alguna, de “no escuchar ni a Dios”. Será que sobre nosotras se proyecta el espectro de la ingobernabilidad, en palabras de la filósofa Ana Carrasco-Conde. El fantasma surge del miedo de aquellos hombres reales que basan su masculinidad en la dominación. Este tipo de hombres teme a las mujeres, poderosas o no, que ejercen su libertad de acción y pensamiento. Tristemente, ellos creen no ser nada si no dominan. Tanto les da una trayectoria académica que acredite disciplina y respeto a la autoridad; la sumisión es otra cosa.

De las auténticas autoridades, como Castells, aprendí que en el ‘lado oscuro’ solo brillan las estrellas. Lo demás es soberbia y tinieblas.

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Mujeres de más de 40 países se unen este 8 de marzo en un Paro Internacional

Contra los feminicidios, por un aborto legal y gratuito, contra el discurso de la llamada “ideología de género”, para protestar contra las políticas de Donald Trump, para denunciar la brecha salarial entre hombres y mujeres o para poner de manifiesto el impacto que tiene sobre las mujeres el sistema neoliberal. Estos son solo algunos de los motivos por los que 46 países de todo el mundo se han sumado a un Paro Internacional de Mujeres este 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres.

El colectivo argentino Ni Una Menos lanzó esta convocatoria después de que miles de mujeres marcharan en varias ciudades de Estados Unidos contra el presidente Trump y a favor de los derechos de las mujeres y las personas LGTBI, el pasado 21 de enero. En un comunicado de llamamiento a secundar el paro, Ni Una Menos declaraba sus motivos. Entre ellos, “que el capital explota nuestras economías precarias, que los Estados criminalizan nuestros movimientos migratorios, que cobramos menos que los varones, que los trabajos de cuidados no están remunerados y suman, al menos, tres horas más a nuestras jornadas laborales y que estas violencias económicas aumentan nuestra vulnerabilidad”.

En España: un paro de media hora y manifestaciones

Bajo el lema “Juntas y fuertes: feministas siempre”, el colectivo Feminismos Madrid, que incluye a la comisión del 8 de marzo del Movimiento Feminista de la ciudad, convoca #NosotrasParamosMadrid, que se desarrollará en tres ámbitos. En primer lugar, habrá un paro de cuidados y consumo: “Seré el día entero, y supone parar en las casas y el cuidado a personas mayores y a niños para hacer visible que este trabajo recae sobre las mujeres en un 90%”, explica la organización. El colectivo también hace un llamamiento a reducir en la medida de lo posible el consumo.

Otro paro, en el empleo y los estudios, tendrá lugar entre las 12 y las 12.30 horas. Para Feminismos Madrid, será un idóneo momento para “salir a las puertas de nuestros trabajos y denunciar nuestra situación, la brecha salarial y el empobrecimiento de las mujeres”. Además de simbólica, esta idea de parar media hora “busca generar un espacio y un tiempo para que las mujeres se unan, se encuentren y hablen de los motivos que nos llevan aquí”. Ya por la tarde, a las 19.00 horas, comenzará una manifestación que partirá desde la fuente de Cibeles hasta la plaza de España.

Sobre el aspecto legal de la huelga, las convocantes recuerdan que “el paro ha sido convocado oficialmente en España, por lo que tenemos derecho a realizarlo en el trabajo con su correspondiente descuento proporcional en todos los conceptos de la nómina”. “Si trabajas en otro turno, también puedes realizar un paro de media hora”, afirman.

Las manifestaciones se multiplicarán por todo el territorio y recorrerán ciudades como Zaragoza, Alicante, Murcia, Bilbao, Gijón, Ourense o León. En Barcelona, además del paro, la manifestación partirá de la Plaça Universitat a las 19 horas bajo la pancarta “La revolución imparable de las mujeres”.

Islandia, Argentina o Polonia: algunos referentes

“Si mi vida no importa, produzcan sin mí” fue el lema que, el pasado 18 de octubre, sacó a miles de mujeres de Argentina contra las violencias machistas. La protesta se replicó en otros países de Latinoamérica y se convirtió en uno de los referentes que inspiran el Paro Internacional que tendrá lugar este miércoles.

Hasta entonces, uno de los casos más paradigmáticos había sido la huelga de mujeres que se celebró en Islandia el 24 de octubre de 1975, cuando el 90% de su población femenina se negó a trabajar tanto dentro como fuera de casa. Su reivindicación principal eran sus bajos salarios y el escaso reconocimiento de las tareas de cuidados.

Mientras, en Polonia, el “Lunes Negro” que tuvo lugar el 3 de octubre del año pasado, llevó a miles de mujeres a parar en sus tareas y marchar contra la iniciativa popular del Parlamento que pretendía prohibir el aborto. Como consecuencia de la movilización, el Gobierno rectificó y declinó aprobar la reforma.

“Este 8 de marzo ya no habrá flores para nosotras. Habrá paro y movilización”, explican desde Ni Una Menos. Y prosiguen su relato. “Desde Tailandia hasta Chile. Desde Polonia a Corea del Sur, de Argentina a Puerto Rico, desde los territorios mayas hasta los mapuches, en muchas lenguas, con las modalidades que imprime cada coyuntura, con los reclamos y exigencias que elaboramos en cada rincón, las asambleas fueron sucediéndose en el verano del sur y en el invierno del norte, desafiando la idea de lo posible, apropiándonos de la herramienta del paro porque nuestras demandas son urgentes. Porque la violencia machista no se detiene y día a día nos obliga al duelo por las víctimas de feminicidios mientras la inacción del Estado nos deja a todas desprotegidas”.

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El ejemplo más reciente: la huelga de las mujeres islandesas

Las mujeres islandesas salieron de sus puestos de trabajo a las 14.38 el pasado 24 de octubre, dos horas y veintidós minutos antes de lo previsto, para denunciar la diferencia de ingresos totales entre ambos géneros, actualmente de un 30%. La brecha salarial “ajustada” –es decir, la que no cuenta las horas extras, bonus u otros complementos y, por tanto, no tiene otra justificación que la de género– se ha situado en el 7,6% en el periodo 2008-2013. Ese mismo día, en 1975, se convirtieron en un referente del feminismo al declararse en huelga para poner de manifiesto la importancia de su trabajo, el remunerado y el invisible. “Creo que en Islandia no existe igualdad completa entre hombres y mujeres pero en comparación con muchos otros países funciona bien. Aun así, no podemos enfatizar esta igualdad demasiado, tenemos que tratar de mejorar las cosas más e intentar ser un modelo para otros países”, reflexiona Hildur Jósteinsdóttir, una joven islandesa que participó en la protesta y que ha vivido temporadas en Valencia, Zaragoza y Barcelona. Este 8 de marzo hay convocado un paro internacional.

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Mejorar la escasa presencia femenina en los consejos de administración y acabar con la diferencia salarial son los dos principales focos de lucha actuales en un país con una población de 337.000 personas en el que las mujeres han sabido compaginar la reivindicación en la calle con una estrategia más burocrática que las ha llevado a tener una significativa presencia en las instituciones públicas, aunque todavía insuficiente. “Las compañeras más jóvenes aportan dinamismo y energía al feminismo en Islandia, y las funcionarias que trabajan cada día para conseguir pequeños pero importantes cambios son las que aseguran que este movimiento pueda tener consecuencias a largo plazo”, analiza Brynhildur  Heiðar- og Ómarsdóttir, directora ejecutiva de la Asociación para los Derechos de las Mujeres Islandesas (Kvenráttindafélag Íslands). Fruto de este trabajo de despacho, siempre con el apoyo de la presión en las calles y en las redes sociales, Islandia está viendo nacer un proyecto que tiene los atributos necesarios para convertirse en una auténtica referencia internacional a medio plazo. Se trata de un estándar de igualdad, algo así como un sello de calidad que tan sólo obtendrán las empresas que cumplan con los requisitos para ser consideradas oficialmente organizaciones sin discriminación de género entre sus trabajadores. El Equal Pay Management System es un sistema de certificación ISO que se ideó y redactó con la colaboración de la Confederación del Trabajo y la Federación de Industrias Islandesas. “Se trata de un complejo sistema numérico que se está probando en Islandia desde hace un par de años. Pronto se traducirá al inglés y se empezará a compartir con la comunidad internacional. Ahora, las organizaciones como la nuestra deben concienciar a los ciudadanos sobre la importancia de informarse para conocer las empresas que cuentan con este certificado y las que no”, detalla Heiðar- og Ómarsdóttir.

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Desde su oficina situada en el barrio de las embajadas, en frente de la de Rusia y en el mismo edificio que la de Canadá, Heiðar- og Ómarsdóttir dedica su jornada laboral a la asociación con la intención de que las islandesas no lo den todo por hecho. Con la llegada de cada vez más inmigrantes, desde la página web de la organización se ha impulsado un nuevo portal en inglés en el que las personas que no hablan islandés pueden obtener toda la información histórica del movimiento y la información de los servicios que se ofrecen para las mujeres en diferentes ámbitos de la administración y de las organizaciones sin ánimo de lucro.

Una de las razones por las que existe una diferencia de ingresos tan significativa es el hecho de que aún muy pocas mujeres ocupan puestos directivos, sin olvidar la carga familiar que impide a las trabajadoras hacer tantas horas extras y recibir tantos bonus como los hombres. Tan sólo un 22% de las empresas de Islandia está dirigido por mujeres, y de las compañías que forman parte de la Bolsa, actualmente, no hay ninguna que cuente con una directora ejecutiva. “Existe un movimiento en Islandia que quiere ver un cambio en esta situación y está formado tanto por mujeres como por hombres, pero avanza de forma demasiado lenta”, apunta Hranfhildur Hafsteinsdóttir, miembro de la Asociación de Mujeres Líderes del Sector de los Negocios (Félag Kvenna í Atvinnulífinu). Esta organización ha dedicado muchos esfuerzos en los últimos meses a denunciar que los medios de comunicación muestran como modelos mayoritariamente a hombres, mediante entrevistas, noticias y consultas a expertos, por ejemplo. “El pasado 20 de septiembre impulsamos una prueba junto con la televisión nacional islandesa y el grupo de comunicación 365 para que las mujeres tuvieran más presencia en sus medios. Ese día, y en estos medios, un 64% de las protagonistas de las noticias fueron mujeres; y la audiencia se mantuvo e incluso mejoró en algún caso. Demostramos que se puede hacer”, cuenta satisfecha Hafsteinsdóttir.

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El colapso financiero de 2008 fue protagonizado por los hombres más ricos de la isla. Después de la caída, a través la propaganda institucional para mejorar la imagen del país, se divulgó el mito de que las mujeres habían llegado al gobierno para “limpiar” el desastre creado por los altos ejecutivos del sector financiero, y que habían logrado que Islandia se recuperase de la crisis. Sin embargo, ahora que un nuevo boom vuelve a distorsionar la economía, se hace evidente que las islandesas continúan al margen de la toma de decisiones en la mayoría de empresas del sector privado. La receta para el éxito, sin ser sencilla, parece clara: presión social en Austurvöllur, la plaza que se encuentra justo en frente del Parlamento, y trabajo silencioso en los despachos.



Un repaso histórico a la emancipación de las mujeres islandesas

Aunque los países nórdicos son hoy un referente en cuestiones de igualdad, históricamente las mujeres escandinavas han tenido un papel secundario, siempre alejadas de la toma de decisiones hasta que, a principios del siglo XX, empezaron a organizarse y a reclamar sus derechos. Anteriormente, en 1882, se les dio a las viudas y a las mujeres no casadas la posibilidad de votar en las elecciones locales. En 1908, las mujeres (también las casadas) pudieron votar en las municipales de Reykjavík y Hafnarfjörður, una localidad cercana a la capital. En aquella ocasión, organizaron una lista electoral y obtuvieron el 22% de los votos válidos y cuatro de los 15 representantes del consejo municipal. Ingibjörg H. Bjarnason fue la primera representante electa en el Parlamento, después de que la candidatura de mujeres de Reykjavík se reprodujera a nivel nacional en 1922. Ya en 1915 las mujeres de más de 40 años consiguieron el derecho a votar en las elecciones, siendo eliminada la restricción de edad en 1920.

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El movimiento feminista resurgió en Islandia el 24 de octubre de 1975. Durante aquella jornada, tanto las mujeres con trabajos remunerados como las amas de casa secundaron una huelga. En 1983, se fundó la Alianza de las Mujeres, que obtuvo tres y seis diputadas en 1983 y 1987, respectivamente. Aunque en 1999 el proyecto se disolvió sumándose a la coalición de partidos bautizada como Alianza Socialdemócrata, este artefacto político consiguió uno de sus principales objetivos: incrementar significativamente el número de parlamentarias. Precisamente, el año de su desaparición se superó por primera vez la cifra del 30% de mujeres en el Parlamento islandés. En las elecciones celebradas el pasado octubre, la cifra rompió todos lo récords y llegó al 48% sin establecer cuotas legales. Además, dos de los tres líderes más votados son mujeres: Katrín Jakobsdóttir, líder del Movimiento de Izquierda Verde (segunda posición), y Birgitta Jónsdóttir, principal portavoz del Partido Pirata (tercera posición).

Islandia también destaca por la presencia de mujeres en altos cargos políticos. En 1980, Vigdís Finnbogadóttir fue la primera presidenta escogida democráticamente del mundo. En 2009, en las elecciones posteriores al colapso financiero, los islandeses dieron el gobierno a Jóhanna Sigurðardóttir, primera primera ministra de la historia abiertamente lesbiana.

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