“¿Qué va a quedar después de Cataluña?”

maría San Miguel País vasco habla sobre Cataluña

María San Miguel se despertó llorando el 1 de octubre. No podía entender que se estuviera llegando a la violencia, que no se estuviera dialogando, que nadie dijera hasta aquí. “Tengo una relación familiar interna muy fuerte con Cataluña, amo Cataluña. Y siento que no nos estamos entendiendo, que no estamos usando la palabra, que es el arma más poderosa que tenemos”, cuenta en un receso del ensayo de su nueva obra.

San Miguel (Valladolid, 1985) ultima estos días Viaje al fin de la noche, la última parte de una trilogía teatral sobre el proceso de paz en el País Vasco con un denominador común: la apuesta por el diálogo y el encuentro con el otro. “En la primera parte, Proyecto 43-2 (2012), trabajamos sobre cómo la violencia ha destruido las relaciones sociales y familiares; en la segunda, La mirada del otro (2015), abordamos un hecho real, un encuentro entre víctimas y terroristas con la posibilidad de que dos personas que están separadas por un hecho traumático irreparable se sienten a hablar –si ellos pueden, ¿cómo no nos vamos a sentar los demás?–; y en la tercera nos centramos en qué es lo que queda tras los conflictos violentos. ¿Qué va a quedar después de Cataluña?”, se pregunta. La obra –que no es el libro de Céline, aclara por si acaso– se estrenará el 4 de noviembre en Eibar (Guipúzcoa). Entre el 15 y el 26 de noviembre hará parada en Barcelona.

¿Qué quiere contar exactamente con Viaje al fin de la noche?

Dos cosas: el momento actual del proceso de paz y de la reconstrucción de la convivencia en el País Vasco, en Euskal Herria; y hacerlo desde la perspectiva generacional que comparto, que es la de las personas entre 30 y 40 y pocos años, y que son los hijos e hijas de las víctimas de ETA, de los GAL, del abuso policial y de todos aquellos que han ejercido la violencia. Nunca se ha hablado de ello y creo que ahora les toca por una cuestión generacional. Hay que construir las nuevas relaciones sociales con la herencia que ha dejado la violencia.

¿Qué ha querido contar con la trilogía en general?

Me interesan mucho tres aspectos relacionados con lo universal y la historia reciente de nuestro país, del siglo XX, que tiene que ver con cómo y por qué se ha producido la violencia y por qué el ser humano llega a la falta de empatía y el dolor. ¿Cómo se gestiona ese dolor? Todo eso está en la trilogía, que es sin suda una apuesta absoluta por el diálogo, la no violencia, el uso de la palabra por encima de cualquier cosa. La trilogía trata de hacer un ejercicio de memoria.

¿Qué le llevó a iniciarla?

Nuestros padres son hijos de la postguerra, nuestros abuelos son hijos de la guerra. Yo he crecido con estas historias de implicación política y he tenido la sensación de que con la cuestión vasca iba a pasar lo mismo, es decir, que se iba a cerrar en falso, como con el franquismo. Somos un país que apuesta por el olvido y hay que saber lo que ha pasado para que no vuelva a repetirse. En mi familia siempre se ha hablado de política, de derechos, de libertades. He recibido una educación con conocimientos políticos y ciudadanos muy fuerte y, hace 11 años, conocí en la Universidad a Eduardo Madina, que fue la persona que me cambió la manera de estar en el mundo. Él había sido víctima de un atentado y, sin embargo, abogaba por el diálogo y por enseñar a los que usan la violencia que nada se puede hacer con violencia. Pensé que algún día tenía que contar eso en el teatro. Y hace seis años, de manera casi inconsciente, haciendo mi tesina sobre el teatro como herramienta pedagógica y de memoria, comenzó todo.

¿Cómo es el proceso para crear una dramaturgia como esta?

Hay que conocer de cerca la historia, porque a través de la política y los medios de comunicación nos llega una realidad de nuestro país muy distorsionada. Yo quería saber qué pasa realmente y por qué pasa. Hemos investigado mucho, hemos realizado muchísimas entrevistas… No queríamos ver solo lo blanco o lo negro, este clima de polarización en el que vivimos. Hay muchos grises. Y todo ello, ese acercamiento, nos ha modificado mucho como personas. Hemos descubierto una realidad que no conocíamos, nos ha cambiado la manera de ver el mundo. Yo ahora soy pacifista radical y creo en la reinserción. En el fondo, todo tiene que ver con el reconocimiento del otro, con el encuentro con el otro. En la parte documental también ha sido muy importante la participación de Guillermo García López, director de Frágil equilibrio. Con Isaki Lacuesta estamos en un proyecto paralelo en clave de cine.

¿Cómo está siendo este último viaje con respecto a los anteriores?

Tanto a nivel formal como en la apuesta artística es la obra más arriesgada y da mucho vértigo. En la anterior se hablaba de reconciliación, de esperanza, de futuro. Ahora nos ponemos más oscuros. Hay voluntad de convivir pero lo que se está haciendo es coexistir porque las heridas están muy abiertas, tanto las sociales como las íntimas. Estamos hablando de la pérdida de un padre, de una madre, de crecer sin ellos… Este proceso es el que más confusión me ha generado. Porque ya tengo unos vínculos emocionales con Euskal Herria y con las personas muy fuertes, una conexión emocional muy íntima, personal… He pasado horas y horas con gente que defiende la violencia, que es algo que no concibo, y los he entendido. Eso me ha generado contradicciones muy grandes y me he venido de los viajes al País Vasco muy revuelta.

¿Le está afectando?

Sí. Cuando me he enfrentado al material en agosto, el dolor no me dejaba escribir. Y, por otra parte, el tema de los hijos y los padres me afecta por una cuestión de edad, los padres se hacen mayores, hay una cuestión fuerte de ruptura. Y ha coincidido con que mi padre ha estado muy enfermo.

¿Ha tenido ganas de parar en algún momento en todo este tiempo?

Sí. Hay que estar peleando todos los días para hacer teatro en este país. Madre mía, por qué me metí en esto, vaya lío… Pero por otra parte digo: qué maravilla, no podría hacer otra cosa, mi trabajo me salva de lo que nos rodea. El proceso de ensayo está siendo muy bonito, son viajes emocionales muy exigentes. Pero somos un equipo maravilloso y hemos conectado muy bien.

¿Imaginaba que la situación en Cataluña iba a llegar hasta estos límites?

Sí. No hace cinco años, pero sí desde hace unos meses. Lo imaginaba porque no se ha dialogado. Mi cabeza de mujer europea del siglo XXI no entiende cómo no podemos aprender de los errores humanos y políticos de un pasado tan reciente. Cataluña está presente en los ensayos. El 1-0 hablamos mucho. Fue muy duro. Estamos trabajando en el dolor que queda después de la mierda que genera la incomprensión y la falta de empatía. Lo peor está por venir y ojalá me equivoque.

¿Conseguirá el movimiento de las #Aristofánicas poner orden?

Me lo contó Edurne Portela, quien me ha cedido uno de sus relatos de El eco de los disparos (Galaxia Gutemberg) para Viaje al fin de la noche, y me sumé inmediatamente. Efectivamente, hay demasiada testosterona en el asunto catalán. Ha habido mucha testosterona también en el asunto vasco. Estamos en un momento de ruptura donde el feminismo está logrando hacerse presente, las mujeres tenemos mucho que decir y, como históricamente hemos tenido que hablar y defender nuestro lugar a través de la palabra, es muy necesario que exista un movimiento que sea, además, muy diverso, en el que también haya hombres y que sea inclusivo. Estoy muy emocionada.

¿Cómo ve el teatro en España ahora mismo?

Hay una parte hermosa y muy esperanzadora, que es que está volviendo a lo que  hizo en la época de los últimos años del franquismo, de la transición, los 80. Tomar partido y traer los problemas sociales y políticos a escena. Hace cinco años no estaba tan viva la escena desde ese punto de vista, de temas relacionados con la memoria, las fracturas sociales, las injusticias sociales y económicas… Desde el aspecto creativo y como herramienta de transformación social y emocional, estamos viviendo una época de bastante esplendor. Lo que ocurre es que hacerlo es difícil. Yo hago unas inversiones económicas al vacío, creo en mi proyecto y en el trabajo artístico, pero no sé qué va a pasar en enero, cómo voy a pagar el alquiler, es muy difícil. Intento no quejarme y llevo viviendo casi tres años solo de mi teatro. El problema no es solo el IVA cultural, sino que desde las instituciones no se tiene claro que la cultura es una parte esencial de la identidad de un país, del progreso de un país. Cuando terminé la escuela de teatro pensé en irme a Francia o a EEUU, pero no lo hice porque yo quiero que en mi país haya un sistema cultural potente, para los que vengan, para mis hijos si los tengo.

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