You are here

Otra mujer confiesa que la han violado

“Confesó que la habían violado…”. Tal actriz, periodista, secretaria… vamos, tal mujer,  confiesa haber sufrido abusos, acoso, haber sido violada en el pasado o recientemente, por tal director de cine, productor, etc., vamos, por alguien, un hombre, con más poder que ella. Resulta habitual en estos días leer y escuchar el relato que incluye la expresión “confiesa haber sido violada” en los medios de comunicación, incluidas las redes sociales. Con más frecuencia aún desde que están saliendo a la luz los casos de acoso y violencia sexual perpetrados por políticos, directores de cine, personajes famosos, hombres en situación de poder en definitiva.

Sin embargo, a nadie se le ocurriría confesar que ha sufrido un robo, el atropello de un vehículo, una agresión… Se confiesa, es decir, se reconoce a regañadientes, aquello que avergüenza. Por eso la víctima de un delito no confiesa, la víctima denuncia, acusa al agresor, al delincuente, al culpable. Incluso cuando se sufre una estafa, un engaño, cuando alguien se ha aprovechado de nuestra buena fe, se habla de “haber sido víctima de”, se denuncia el caso, no se confiesa haberlo padecido.

Pero desde los valores que la sociedad patriarcal imperante trata de imponer, se quiere convencer a las mujeres en particular y todos los ciudadanos en general de que, en el caso de los delitos cometidos por varones contra las mujeres, la vergüenza, el deshonor, la culpa, es de la mujer, de la víctima y no del hombre agresor. Y el imperio de estos valores patriarcales es tan omnímodo que trasciende hasta el lenguaje periodístico, muchas veces sin intención consciente por parte del periodista. El periodista solo pretende, seguramente, ser y mostrarse comprensivo con la vergüenza que supuestamente debe sentir la mujer violada. ¿Vergüenza la víctima? ¿Vergüenza de qué? Vergüenza,  oprobio, escarnio y condena social es lo que debe caer sobre el agresor. El rechazo de los otros varones, el aislamiento social.

Mientras que solidaridad y respeto es lo que ha de mostrar una sociedad justa hacia las víctimas de esa barbarie. ¿O es que acaso el colectivo masculino se identifica con los violadores, los agresores y por eso es su cómplice desde el silencio? Si no es así, ya están tardando los varones en demostrarlo, desde los juzgados, desde las comisarías, las universidades, los hospitales, incluso desde los más cotidianos lugares de encuentro, el centro de trabajo, el bar del café matutino o la tertulia deportiva.

¿Es difícil hacerlo, verdad, apreciados varones? Los energúmenos machistas son peligrosos. Y cuando detentan algún poder social o económico todavía más. Pero, o les declaráis la guerra abiertamente o sois sus cómplices. A vosotros os corresponde decidir.

* Amparo Ariño es socia cooperativista de ‘La Marea’.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Capítulo II: la violencia económica

“No deberían existir las casas de acogida”, dice Marcos. “Ni los machistas”, responde Luisa. “Ni los mosquitos”, prosigue Marcos mientras se abraza los brazos en busca de la última picadura. Tiene 12 años, está tomando un batido de chocolate y no pierde detalle de la conversación entre Luisa y su madre, Rosa, que son amigas. Durante varios meses, Rosa y su hijo han vivido en dos casas de acogida para víctimas de violencia de género, lejos de Sevilla, su ciudad. De la primera tuvieron que irse porque su padre los encontró. De la segunda ya han salido porque se han cumplido los plazos establecidos en el protocolo. Los dos, madre e hijo, son víctimas de la violencia machista. Y los dos, hijo y madre, viven ahora en 40 metros cuadrados, en casa de un familiar. Sin trabajo y sin perspectivas de futuro.

“No me lo explico. Yo estoy en la calle con mi hijo y el padre vive en la casa que teníamos con un alquiler social que le ha concedido el banco. El banco me dice que a mí no me corresponde y tiene razón. La ley está de su parte. Yo firmé como deudora, no como propietaria. Pero yo también he pagado esa casa durante años y no sé a quién acudir. Mi abogada quiere iniciar los trámites para pedirle mi parte a él. Pero ahora mismo estoy como una patera en medio del mar. No tengo ni una cuchara“, cuenta Rosa, 43 años, delante de Luisa, 50 años. Ambas prefieren ocultar sus verdaderos nombres. Se conocieron buscando ayuda y han quedado para echar un ratito. “Lucía, una de las mujeres que estaba en la casa de acogida, volvió con su marido. ¿Te acuerdas, mamá?”, tercia Marcos.

En muchas ocasiones, los maltratadores no pasan la pensión a los menores; otras veces dejan de pagar la hipoteca; y en otros casos se niegan incluso a autorizar una refinanciación del préstamo para que la mujer pueda asumir los gastos ella sola, como le ocurrió a Luisa. Son distintas formas de violencia económica que perpetúan el maltrato hacia las mujeres después de la separación y la denuncia. El pacto de Estado aprobado el pasado septiembre insta a la Federación de Municipios y Provincias a realizar un estudio sobre las consecuencias de la ejecución de la hipoteca por impago, cuando víctima y agresor figuran como responsables del crédito hipotecario “a efectos de identificar qué problemática se está produciendo y adecuar la legislación para evitar situaciones de violencia económica”. Nada más. No hay medidas inmediatas. Ahora mismo estas mujeres se sienten desprotegidas y solo en algunos casos, y después de muchas negociaciones, las entidades bancarias se sientan a hablar. Luisa y Rosa se conocieron en las asambleas del 15-M y la PAH, donde las están asesorando.

El Defensor del Pueblo pide una ley específica

El caso de Luisa ha llegado, además, a una situación surrealista. Cuando se separó, su marido dejó de pagar su parte de la cuota hipotecaria, que ascendía a unos 500 euros al mes. Luisa asumió el gasto al completo –tres recibos los pagó Cáritas– hasta el día en que no tuvo más opción que dejar de aportar a la hipoteca para seguir alimentando a sus hijos. Tiene tres: una niña de 15 años, otra de 14 y uno de 12. Las dos mayores fueron testigos de la violencia de su padre hacia su madre y también recibieron maltrato. El banco, en este caso CaixaBank, decidió aplicar el Código de Buenas Prácticas, al que las entidades se adhieren de manera voluntaria. De esa manera, Luisa podría reestructurar la deuda, de unos 32.000 euros. El problema llegó de nuevo de la mano del maltratador, que se negó a dar su autorización para reformular un crédito que, para mayor gravedad, él ya ni pagaba. Tras meses de gestiones, Luisa ha podido por fin poner la casa a su nombre, con lo que ya no necesita la firma de su expareja. Lo paradójico de la situación es que ahora su exmarido, aun habiendo dejado de pagar la hipoteca e impedir que Luisa la refinanciara, recibirá 4.200 euros en concepto de devolución por la cláusula suelo. CaixaBank explica a La Marea que, por ley, le corresponde ese dinero. “A mí me dan también 4.200 euros. Pero me parece muy injusto que ese dinero se lo lleve él. Si se invirtiera en la hipoteca, yo tendría que pagar menos”, insiste Luisa.   

A la espera de un nuevo asesoramiento legal, aún no ha firmado la reestructuración: “Me sale que tengo que pagar 300 euros durante 40 años, es decir, como si volviera a pagar la casa desde el principio. Y yo ahora mismo estoy en paro. ¿A quién reclamo?”, se pregunta. “A nadie –le dice Rosa– ¿Cómo vas a reclamar al banco con esta ley de mierda?”. El Defensor del Pueblo Andaluz, que está trabajando en la resolución de cuatro historias similares, corrobora que al final estos casos tienen difícil solución sin una legislación que los ampare. La institución reclama, por ello, una normativa específica que impida que la violencia económica continúe lastrando la vida de estas mujeres y de sus progenitores.

En España hay casi dos millones de familias monoparentales, la mayoría encabezadas por mujeres, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Un informe de la ONG Save the Children sostiene que la mitad de ellas vive en situación de pobreza y, en general, están sometidas a un mayor riesgo de exclusión social, no solo por su situación económica, sino también por factores como el empleo, la vivienda, la salud o la red de apoyo. La tasa de pobreza en los niños que viven en hogares formados por madres solas es de un 54%, 12,5 puntos más que el conjunto de la población infantil y el doble que el total de la población, indica el citado informe. Ni Luisa ni Rosa tienen trabajo. Una cobra 319 euros. La otra, 426.

El caso de María Salmerón, condenada varias veces por incumplir el régimen de visitas e indultada por el Gobierno, es un ejemplo de libro de esta denominada violencia económica. El banco -Deutsche Bank- acaba de iniciar el proceso de embargo del piso en el que vive con su hija tras no poder asumir las indemnizaciones y costas atrasadas de los juicios y condenas que ha ido acumulando. En total, unos 80.000 euros. “Lo que quiere es asfixiarme económicamente y verme en la cárcel”, explica Salmerón, que asegura que cada mes le retienen un 30% de su nómina como auxiliar de enfermería. Los indultos concedidos están condicionados por ley al pago de estas indemnizaciones. Ahora ha iniciado una campaña de crowdfunding para recaudar el máximo posible. “Esto es, además, violencia institucional”, añade.

Su historia comienza cuando la Justicia consideró que la condena previa que pesaba sobre el exmarido por maltratarla durante el matrimonio –21 meses de cárcel– no era un obstáculo para que pudiera ejercer sus funciones como padre. Una jueza incluso llegó a otorgarle la custodia, posteriormente recuperada por Salmerón tras una batalla judicial que terminó después de que la menor fuera escuchada en los tribunales. La conclusión fue que no quería estar con su padre. El pacto de Estado sí propone ahora establecer el carácter imperativo de la suspensión del régimen de visitas en todos los casos en los que el menor hubiera presenciado, sufrido o convivido con manifestaciones de violencia. Pero ahora hay que adaptar las leyes.

La necesidad de tener trabajo

Luisa, de todas formas, no quiere mirar atrás: “Él lleva seis años sin ver a sus hijos. A mí ya no me da pena de él. Él sabrá. A mí me dejó la autoestima por los suelos, no comía, no dormía, no era yo. A mí no me ha querido nunca. Y ahora lo único que quiero es un trabajo y que mis hijos salgan adelante. El pequeño, cuando aún vivíamos con el padre, no quería ir al colegio, hasta que nos dijo la psicóloga por qué no quería ir. Mi hija la mayor sí es muy estudiosa”, prosigue orgullosa.

Durante los primeros nueve meses tras la separación estuvo viviendo con su hermana. “Él se instaló en la casa y aprovechamos un día de Navidad que no estaba para entrar y quedarnos. Llegó a llamar a la Policía para que nos echaran. Pero claro, le enseñé los papeles judiciales y lo echaron”, recuerda ya con la tranquilidad que le da vivir sin ser esclava de nadie. “Ahora mismo yo me siento desamparada. Después de veintitantos años con él, me decido a dar el paso y no tengo ayuda de nadie. ¿Qué hacemos? ¿Dónde vamos?”, pregunta insistentemente Rosa como una letanía. ¿Qué hacen? ¿Dónde van?

Más en lamarea.com

Read More