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Un viaje por las rutas de la memoria: la historia que nunca te han contado

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Jimena de la Frontera, en la sierra gaditana. Un grupo de senderistas entra en una casa con paredes encaladas. Algunos saben lo que van a ver. Otros no. “Quienes conocen algo de la historia de La Sauceda y el Marrufo salen admirados por todo lo que allí encuentran, por lo bien que se explica lo sucedido y por los objetos personales recuperados junto a los 28 cadáveres que rescatamos y que se exponen en dos vitrinas”, explica el presidente del Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar, Andrés Rebolledo, impulsor de La Casa de la Memoria, un espacio público para la difusión, la divulgación, la investigación y el estudio de la memoria histórica.

Esas 28 personas –una de ellas su abuelo– fueron  asesinadas por las tropas franquistas en el cortijo del Marrufo, un campo de concentración en el que permanecieron encerrados los supervivientes del bombardeo y la invasión franquista de La Sauceda. “Y quienes ignoran lo que allí ocurrió –prosigue Rebolledo– o tienen una visión influida por el discurso dominante sobre la guerra se van con una sensación de que han descubierto una historia que nunca nadie les ha contado, se van un poco asombrados por la dimensión y la  enorme crueldad del genocidio que los fascistas cometieron. Muchos se van con la sensación de que algo les ha cambiado en su mente, y eso, creo, es algo muy importante”.

El Museo del Holocausto en Jerusalén. El campo de concentración de Auschwitz. El Memorial de los Juicios de Núremberg y el Museo de los Judíos en Berlín… ¿Cuántos lugares oficiales hay en España para recordar la represión franquista? La referencia internacional es, paradójicamente, el Valle de los Caídos. En la última edición de Fitur, la Ruta de Blas Infante, promovida por la cooperativa Atrapasueños, contó con el respaldo de la Junta de Andalucía. De carácter turístico-cultural, recorre los lugares que habitó el padre de la patria andaluza, asesinado en 1936.

Pero no es habitual que las administraciones públicas impulsen museos, recorridos o memoriales dedicados a las víctimas del franquismo. Y, lógicamente, no es habitual porque en este país la apología del franquismo sigue sin ser delito, la Fundación Francisco Franco recibe subvenciones públicas y todavía hay más de 100.000 personas desaparecidas a las que el Estado ningunea. “Porque, como dicen mucho aquí, el dictador murió en una cama y no es fácil recuperar lo que muchos tildan de una guerra perdida. Habría que hacer una reconstrucción histórica de los hechos”, afirma la periodista María Serrano, que acaba de publicar un libro sobre los lugares de la memoria en Andalucía, una figura creada por la Junta para proteger los escenarios de la guerra y la dictadura.

“El turismo de la memoria no es un concepto bien visto ni para las administraciones ni para muchas asociaciones que lo toman solo como una actividad de lucro. Sin embargo, creo que es muy importante que se puedan visitar esos espacios para difundir esa parte de la historia que está olvidada y que no es conocida por muchos sectores de la población. Si esto se queda en círculos cerrados deja de tener sentido”, añade Serrano, autora también de un documental sobre los campos de concentración en Sevilla. Muy pocos saben, pone como ejemplo, lo que fue Casa Cornelio, una taberna anarquista de la capital andaluza donde se edificó la actual basílica de la Macarena –donde sigue enterrado Queipo de Llano–: “Es triste que nadie sepa lo que hubo allí. Su nieto está reivindicando la memoria de ese lugar”. O lo que sucedió en los alrededores de la antigua plaza de toros de Cádiz, uno de los mataderos de la ciudad tras su ocupación por los golpistas en julio de 1936. Desde el día 31 de ese mes hasta el 10 de enero de 1937 fueron encontrados 185 cadáveres, según expone el grupo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía (de CGT-A) en una propuesta a la Junta para catalogarlo como lugar de memoria.

El Marrufo y La Sauceda forman parte ya de esa lista oficial. Los creadores de La Casa de la Memoria han recibido apoyo económico de la Diputación de Cádiz, el Gobierno de Gibraltar y los ayuntamientos de Castellar de la Frontera, Casares y Jimena. La Dirección General de Memoria Democrática de la Junta también les ha otorgado una subvención para ordenar y catalogar todo el material del archivo. En la casa hay una exposición permanente que cuenta aquella barbarie  y cómo fue la represión franquista en todo el Campo de Gibraltar, una biblioteca con más de 2.200 libros, un salón de actos y un archivo histórico.

“Jimena es un pueblo muy bonito y con muchos atractivos naturales y culturales. La Casa de la Memoria viene a completar ese patrimonio. Hemos colaborado ya en dos iniciativas organizadas por una asociación de defensa del patrimonio llamada Tanit que, con el ayuntamiento, organiza actividades en las que participan cientos de personas, muchas llegadas desde otros puntos de la provincia. Quiere esto decir que, modestamente, contribuimos a hacer más atractiva y variada la oferta que Jimena ofrece al llamado turismo cultural”, sostiene Rebollo. Algunas visitas han reunido en la casa más de cien personas. En su inauguración, el pasado noviembre, hubo unas 300.

Historia por conocer

La otra punta de España. Ferrol (A Coruña). “Hacia el año 1589, por iniciativa de Felipe II, empezaba a construirse el primer ‘castillo’, que se llamó de San Felipe en honor al Santo Patrón del Rey. Todavía se conserva parte de esta obra primitiva, integrada en la construcción del siglo XVIII, ya reformada”, describe el folleto turístico de la página web del Ayuntamiento, donde aún no se informa de otra parte de su historia. “Tenemos identificados varios sitios donde se fusiló a gente y uno de ellos es el castillo de San Felipe, a la entrada de la ría de Ferrol”, cuenta Enrique Barrera, de la Asociación Cultural Memoria Histórica Democrática.

El colectivo, que trabaja en el norte de A Coruña, pretende ubicar dentro de la fortaleza un memorial para dar visibilidad a esta otra historia y que, de manera didáctica, pueda servir para explicar a los visitantes dónde vivían los presos, cómo vivían, dónde los fusilaban, etc. “Sería una especie de museo pensado para visitas no solo de gente que va a ver el castillo porque es muy bonito, sino también para estudiantes. El Ayuntamiento nos ha dicho que sí va a colaborar”, explica. Según el consistorio, el castillo recibió 33.000 visitantes en 2015, el lugar del Concello y de Patrimonio Histórico más visitado.

En la Semana Santa de 2016, la asociación ya organizó unas rutas con grupos de 25 personas: “Tuvieron mucho éxito. La gente se apuntaba. Y la mayoría reaccionaba con sorpresa porque no imaginaba que en un sitio tan bonito hubiera habido gente presa”, continúa Barrera. Allí, Amada García, por ejemplo, fue encarcelada embarazada y fusilada cuando dio a luz.  Fue una de las historias que causó más impacto. “Solo en las tres comarcas en las que trabajamos tenemos 900 fusilados pero mucha gente se ha quedado con el recuerdo de la última parte de la dictadura, que aunque sigue siendo dictadura no se fusilaba a mansalva como al principio. A eso se suma el intento que hay por ocultar la historia”, denuncia Barrera.

El este. La Jonquera (Girona). El Museo del Exilio (MUME), inaugurado en 2007, es el primer equipamiento de estas características dedicado a preservar la memoria y el legado del exilio republicano. Ubicado en el paso fronterizo por donde huyeron la mayor parte de los refugiados, se define como un espacio para la memoria, la historia y la reflexión crítica. “Y tiene una importante función pedagógica”, destaca su director, Jordi Font. “Responde –añade– a una necesidad en Cataluña y en España en general: una demanda de memoria de los que fueron vencidos, una especie de contramemoria a la memoria oficial que impuso el franquismo”.

Desde el museo, que partió de una iniciativa municipal a finales de los 90, se organizan también rutas a los lugares de memoria del exilio, bien a pie bien en autobús. El público se divide en adultos, en la mayoría de los casos con algún vínculo afectivo, y estudiantes de ESO y Bachillerato. “Es una oferta de turismo de memoria que propone el enriquecimiento cívico, cultural y la concienciación crítica, y la ayuda institucional ayuda a normalizar todo esto”, concluye Font. En el portal de viajes TripAdvisor dejaron este comentario: “En algunos momentos ponen la piel de gallina los testimonios tan crudos de los supervivientes en los campos de concentración. Me encantó la visita aunque salí cabreado de la injusticia que nos tragamos día a día, ya que algunos de los que orquestaron todo aquello tienen a sus nietos en el Gobierno de España”.

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¿Por qué escribo sobre memoria histórica?

memoria histórica

“A La Trunfa le dieron una paliza y, sin dejar de maltratarla, la introdujeron en un cuarto del cortijo, donde la intimidaron tendiéndola en el suelo, obligándola a remangarse y exhibir sus partes genitales; hecho esto, el sargento, esgrimiendo unas tijeras, las ofreció al falangista Joaquín Barragán Díaz para que pelara con ellas el vello de las partes genitales de la detenida, a lo que este se negó; entonces el sargento, malhumorado, ordenó lo antes dicho al guardia civil Cristóbal del Río, del puesto de El Real de la Jara. Este obedeció y, efectuándolo con repugnancia, no pudo terminar, y entregó la tijera al jefe de Falange de Brenes, que terminó la operación. Y entre este y el sargento terminaron pelándole la cabeza”.

Un día de principios de 2010 recibí este párrafo en mi correo electrónico. El historiador José María García Márquez me avanzaba un fragmento de la que iba a ser su próxima publicación. Había acudido a él en busca de testimonios de mujeres que hubieran sido víctimas del franquismo. La Junta de Andalucía acababa de aprobar unas indemnizaciones para dignificar a unas víctimas que ni la Ley de Memoria Histórica estatal, que había entrado en vigor tres años antes, reconocía. “Ellas hacen memoria”, titulé aquel reportaje para el diario Público.

“Bastante tiempo estuve callada, cuando no se podía hablar. Que se entere todo el mundo de lo que pasamos”, contaba Ana Zumudio, de Torre Alháquime. Tenía 90 años. Otras, sin embargo, murieron con el miedo metido en el cuerpo, como Josefa la Trompita, de Benamejí, en Córdoba. Fue el libro de Pura Sánchez Individuas de dudosa moral el que puso nombres y apellidos a aquellas víctimas que hasta 2010, insisto, no estaban empezando a ser consideradas como víctimas: las mujeres. “Reconocer, mediante un decreto, la existencia de este tipo de actos criminales es todo un avance que rompe el estrecho sendero que marcaba el concepto ‘privado de libertad’ como el único que daba derecho al reconocimiento y al homenaje oficial. Más allá de la indemnización, algunos estamos por pedirles perdón por escrito por el tiempo de silencio transcurrido”, escribía en aquella doble página el incombustible Cecilio Gordillo. 

No era el primer reportaje que escribía sobre víctimas del franquismo. Pero fue con él cuando entendí que era necesario un compromiso claro y nítido del periodismo con la memoria histórica. A partir de ahí conocí a Paqui Maqueda, hoy presidenta de la asociación Nuestra Memoria, que con una legendaria portada del diario Público, me pedía en una concentración de apoyo al juez Baltasar Garzón: “Trátanos bien”. Aquellas palabras se me quedaron grabadas. Trátanos bien. Cómo no iba a tratar bien a Santiago Fernández, que me contó cómo le había prometido a su madre, en el lecho de muerte, que iba a encontrar a su tío Benito. Cómo no iba a tratar bien a Francisco Rodríguez Nodal, que me contó con una lucidez increíble desde su taller de ebanista en Carmona cómo escuchaba los gritos de los fusilados en la tapia del cementerio cuando él era un niño. Cómo no iba a tratar bien a Antonia Parra, que salía una mañana de mayo de su casa, nerviosa, agarrada del brazo de su amiga Bienvenida, camino del juzgado a encontrarse con la jueza Servini, la única en el mundo que está investigando los crímenes franquistas. Trátanos bien, insistía Paqui Maqueda con aquella portada de Público enmarcada: “Franco y sus generales acusados de crímenes contra la humanidad”. 

No era una cuestión, sin embargo, de tratarlos bien. Era, es, una cuestión de tratarlos. De escucharlos, de narrar su sufrimiento y denunciar no ya que no han tenido justicia, que también, sino de denunciar que no han encontrado a sus muertos 80 años después. Les propongo un ejercicio sencillo. Imaginen que ahora mismo abren Twitter y leen este titular, a esta hora: “Varios hombres entran en una casa de Marchena y se llevan a una mujer que dormía con sus hijos de tres y cinco años”. Al pinchar en la información, el subtítulo dice lo siguiente: “El padre fue asesinado días atrás. Fuentes policiales aseguran que la mujer también podría haber sido asesinada. Los cuerpos aún no ha sido localizados”. Probablemente nos llevaríamos las manos a la cabeza y no pararíamos de buscar la última hora del caso.

Pues eso fue lo que le ocurrió a Antonio Narváez, un niño de tres años al que le mataron a su padre y a su madre con apenas unas semanas de diferencia. Hoy tiene ochenta y tantos y los sigue buscando. Y los periodistas tenemos la obligación de escucharle. “Ha sido el día más feliz de mi vida”, me dijo cuando declaró también en la causa de la querella argentina. Otro día acompañé a Paqui Maqueda y a Isabel Carmona a presentar una denuncia en un juzgado de Aracena por el hallazgo de restos en una fosa. Poco más de tres minutos dedicaron a atenderlas. Ni una pregunta. Ni una aclaración. Nada. Como si aquellos huesos fueran de animales. “¿Será posible? ¿Será posible? Esta es la justicia de este país. Menos atención que si hubiéramos denunciado que nos han robado la cartera”, susurraron a las puertas del juzgado. Así lo recogí en andalucesdiario.es, otro periódico que apostó desde el minuto uno por la memoria histórica. 

Antonio Narváez (izquierda) y Antonio Martínez (derecha) en la preparación de la declaración a petición de la jueza Servini. En el centro, con melena, Paqui Maqueda.

Paqui, unos días después, se fue a Argentina en busca de esa justicia que no encontró en su país.  Entre sus compañeras de viaje estaba Ascensión Mendieta, a quien encontré ya trabajando en La Marea, un medio que lleva la memoria histórica en su ADN. “La señora Ascensión Mendieta se pasea nerviosa entre cámaras de fotos y curiosos que la rodean continuamente. Es hija de Timoteo Mendieta, asesinado el 16 de noviembre del 1939 en las tapias del cementerio de Guadalajara. Su cuerpo se encuentra en la fosa común de este cementerio. Bastó para su condena que fuese miembro de UGT y presidente de la Casa del Pueblo. Ni los 77 años transcurridos desde la finalización de la guerra, ni los 10.000 kilómetros de distancia que separan nuestro país de Buenos Aires ni los 88 años que recién ha cumplido le han impedido realizar este largo viaje para declarar ante la jueza argentina y solicitar justicia en nombre de su padre”, escribió Maqueda en Diario de una andaluza en Argentina, una crónica diaria publicada en andalucesdiario.es.

Recuerdo aquellas madrugadas, debido a la diferencia horaria entre España y Argentina, esperando ansiosa los días de Paqui para subirlos inmediatamente a Internet. ¿Qué contará hoy? ¿Oye, ha mandado ya Paqui la crónica?, me preguntaban mis compañeros Artacho y Pablo y mi compañera Patricia en la redacción con horas de antelación. Al finalizar el viaje, con el apoyo del director del periódico, Antonio Avendaño, decidimos editar los textos en papel. Y así surgió En la silla del criminal, un pequeño gran libro prologado por el escritor Isaac Rosa y colaborador de La Marea, cuyos beneficios fueron destinados al colectivo. Hoy Ascensión ya ha localizado y enterrado a su padre

En este largo viaje, el del periodismo y la memoria –que no ha concluido, por cierto–, ha sido enriquecedor el encuentro con personas luchadoras como María Dolores Nepomuceno y Mari Ángeles Hidalgo, con su hija Paula, una nueva generación que no parará hasta saber dónde están las víctimas de El Castillo de las Guardas. Personas entrañables como Pedro el Sastre, que se fue sin saber qué había sido de las Rosas de Guzmán, o Luis Vega, que dice que se va sin saber pero sabiendo que ha hecho lo que tenía que hacer. Personas que no se rinden, como Adelia Hermoso, a quien encuentras perenne en cada acto en busca de Baldomero, el primer marido de su madre, Beatriz.

Personas con una vitalidad arrolladora como Lucía Sócam, la música y la letra de esas otras Rosas de Guillena. Personas comprometidas y rigurosas como los arqueólogos Andrés Fernández y el antropólogo Juanmi Guijo, o los historiadores José María García Márquez –y su memoria privilegiada– o José Luis Gutiérrez y Fernando Romero, faros gaditanos. Personas valientes como Manuel Camacho, que logró unir, al menos en una fotografía, a sus bisabuelos, separados ya ancianos por la Iglesia. Personas que, desde la distancia, como Pilar Comendeiro desde Argentina y Nelly Bravo desde Nueva Jersey, supieron guiarme para poder ayudarlas en la búsqueda de su tío José Palma Pedrera, uno de los mineros fallecidos en la emboscada de La Pañoleta.

Y tantas y tantas personas como las que anoche mismo realizaban una vigilia antifascista a las puertas del Arzobispado de Sevilla para que retiren los restos de Queipo de llano de la Macarena. “¿Cecilio, nos tomamos un café?”, lo llamo de vez en cuando. Y el incombustible Cecilio Gordillo, que no se casa con nadie, me vuelve a recordar por qué escribo, por qué debemos escribir, sobre memoria histórica.  

Vigilia antifascista ante el Arzobispado de Sevilla para pedir que retiren los restos de Queipo de Llano de la Macarena.

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