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Muere Martín Patino, cineasta de la juventud indignada

Basilio Martín Patino durante el rodaje de 'Libre te quiero' . Foto: basiliomartinpatino.org

Basilio Martín Patino (Lumbrales, Salamanca, 1930) abrió y cerró su filmografía enlazando tres temas que serían los pilares artísticos de su obra: la poesía, España y la juventud. Nueve cartas a Berta (1966) empezaba con los versos del Españolito de Antonio Machado: “Ya hay un español que quiere/vivir y a vivir empieza”. Su primer largometraje contaba la historia de un joven que escribe cartas a su enamorada, hija de exiliados españoles en Inglaterra, explicándole cómo es el país que su familia dejó atrás. En 2011, con 81 años y tras una década de silencio, volvió a agarrar la cámara para rodar Libre te quiero, un documental sobre el movimiento del 15-M con los versos de Agustín García Calvo (y la voz de Amancio Prada) como leitmotiv: “Libre te quiero, como arroyo que brinca de peña en peña. Pero no mía”.

Su primera película hablaba del despertar de la conciencia del joven Lorenzo (Emilio Gutiérrez Caba), estudiante de Derecho en la Salamanca en los años cincuenta, y del revuelo que entre sus familiares provoca esta inesperada actitud. A través de una relación epistolar no correspondida, Lorenzo identifica el gran tabú (el hecho de que, efectivamente, hay dos Españas) y no puede comprender el conformismo de quienes le rodean en la vieja y tranquila ciudad de provincias. Ni tampoco el suyo propio: “Me entra la preocupación de no tener ninguna preocupación”. En el testamento cinematográfico de Martín Patino, ubicado geográfica y sentimentalmente en la Puerta del Sol durante la primavera de 2011, resuena el mismo descontento juvenil y el mismo anhelo: “Alta te quiero/como chopo que en el cielo/se despereza”.

Cineasta comprometido e inclasificable, Martín Patino ha muerto en su domicilio de Madrid tras luchar varios años contra la enfermedad de Alzheimer. Resulta paradójico y trágico que alguien que consagró buena parte de su obra a la preservación de la memoria histórica muriera perdiendo los recuerdos. Pero queda su cine, implacable y lúcido, para contarnos de dónde venimos, quiénes somos y adónde vamos. Todo ello quedó reflejado en su impresionante tríptico documental: Canciones para después de una guerra (1971), Queridísimos verdugos (1973) y Caudillo (1974). Aquel gran fresco de la España franquista sólo pudo estrenarse, lógicamente, tras la muerte del dictador. La exhibición de la primera fue programada en el Festival de San Sebastián y retirada antes del pase por la intervención del mismísimo Carrero Blanco. La otras dos las realizó en la más absoluta clandestinidad.

La trilogía sobre Franco, compuesta por canciones populares, entrevistas a los funcionarios del garrote vil e imágenes del NO-DO, desprendía una tristeza y una grisura escalofriantes. Eso éramos. O fuimos. O todavía somos, quién sabe. Una sociedad que canta sus desgracias en privado, que ve cómo son atropellados los derechos más básicos de sus vecinos, un pueblo instalado en el inmovilismo y el miedo a la violencia del Estado, a la porra, al paro y al exilio. Por eso resulta tan gratificante que, antes de ser golpeado por la enfermedad, Martín Patino rodara Libre te quiero.

“Filmar el 15-M significó fotografiar la alegría”, explicaba en una entrevista con eldiario.es. “Sol era una plenitud total, inesperada. Una propina de la vida. Había vivido algo parecido otras veces, pero no igual”, decía aquel joven octogenario, soñando seguramente con la posibilidad de otra España.

Como promotor de las Conversaciones de Salamanca (1955) demostró que otro cine, diferente del oficial en aquellos años, sí era posible. Su generación (Mario Camus, Carlos Saura, Miguel Picazo, Manolo Summers) fue una suerte de Nouvelle Vague a la española, artesanal, sin un París que los inspirase y anclada en la sórdida realidad española. Como militante, no tuvo reparos en estampar su firma en la Carta de los 102 intelectuales enviada en 1963 a Fraga, entonces ministro de Información y Turismo, para protestar por la represión y las torturas a las que estaban siendo sometidos los huelguistas de la minería asturiana. Su nombre figura en aquel documento como ejemplo de una generación que enlazaba la memoria republicana con la Transición democrática: Aleixandre, Bergamín, Buero Vallejo, López Aranguren, Gabriel Celaya, Salvador Espriu, los hermanos Goytisolo, Caballero Bonald, Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan Marsé, Fernán Gómez, Paco Rabal, Román Gubern…

Quizás lo que distingue a Martín Patino entre todos ellos es que él fue joven hasta el final. Se movió al margen de la industria y presentó siempre apuestas audaces en el terreno artístico e intelectual, saltándose a menudo las convenciones que dividen realidad y ficción. Así lo hizo en Madrid (1987), la historia de un periodista extranjero que llega a la capital para rodar un documental sobre la Guerra Civil, y en Andalucía, un siglo de fascinación (1996), una serie sobre los mitos andaluces que tocaba, entre otros temas, el episodio de los Sucesos de Casas Viejas, en una narración que mezclaba los archivos reales con el falso documental. En este sentido, no se parecía a nadie. Hacía un cine ‘raro’ que, a la postre, terminó marginándolo a la hora de los premios. Aunque eso no parecía importarle. Siguió trabajando hasta sus últimos días de lucidez como lo había hecho siempre, de forma casi underground, con un equipo muy reducido de colaboradores, en la sala de montaje de su casa del Madrid de los Austrias, tomando el pulso de la calle, enamorado de la gente y, como buen anarquista, siendo incrédulo con el poder.
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Música nocturna entre túneles de historia

Manifestación del 15-M I La Marea

Esto tiene varios comienzos. Uno es en 1780. Boccherini, el compositor italiano, se ha puesto al servicio de la corte española. Su valedor, el hermano del rey Carlos III, es exiliado de la capital a Arenas de San Pedro por asuntos de matrimonio y familia. El músico cumple su contrato y parte a la villa abulense donde, entre la contemplación y el aburrimiento, compone un centenar de piezas. Entre ellas Musica notturna delle strade di Madrid, un quinteto para cuerda que describe sus recuerdos de la ciudad al caer la noche.

En ese tiempo que transcurre entre mayo y junio, ya vencido definitivamente el invierno pero aún sin los rigores del verano, las calles del centro, quizá un espacio imaginario que va del Prado a Oriente y de Embajadores a Bilbao, se alfombran repentinamente de vida, ya caído el sol, en una suerte de celebración espontánea y diaria de algo tan sencillo como la existencia. Quien sea de oídos atentos y de mirada curiosa, al participar aunque sólo sea un día de esta floración, no le costará entender qué quiso decir Boccherini con su música. Hay algo profundamente vital en ser parte de la reclamación de un espacio ocupado casi todo el año por la tristeza, el andar apresurado y el gesto torcido.

Nos trasladamos a otro de los posibles inicios, esta vez cien años después, a 1870, cuando Galdós está escribiendo su primera obra, La fontana de oro, en la que recordaba el Trienio Constitucional. La temática no es casual. La Primera República está a un paso, Isabel II ha perdido la corona tras la Gloriosa. El cronista de nuestro siglo XIX noveliza el periodo revolucionario en un folletín donde un joven liberal —en el sentido originario del término, no el actual, esa suerte de ética de tendero sociópata venido a más— busca el amor de una muchacha secuestrada por su tío absolutista. La acción transcurre en las mismas calles que Boccherini musicalizó salvo que, esta vez, la alegría popular ha pasado del vitalismo a la acción política.

El escritor toma el café centenario de la Puerta del Sol para dibujarnos un fresco de oradores que en asamblea permanente discuten sobre el derrocamiento del Rey Felón, sobre cómo sacar al país de un atraso inducido por una corte procaz, corrupta e inútil. El libro cuenta, en un valioso pasaje, cómo los ciudadanos eran una mera comparsa en las celebraciones patrióticas oficiales: “En aquellas fiestas, el pueblo no se manifestaba sino como un convidado más, añadido a la lista de alcaldes, gentileshombres, frailes y generales; no era otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y señaladas en los artículos del programa”. En un arranque de costumbrismo situacionista, Galdós explica que “las cosas pasaron de diferente manera en el periodo del 20 al 23 (…) Entonces la ceremonia no existía, el pueblo se manifestaba diariamente, sin previa designación de puestos en la imprenta de la Gaceta, poniendo en movimiento a la Villa entera, haciendo de sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se llamó el Deseado, por una burla de la historia”.

Esta narración vuelve a comenzar de nuevo el 19 de mayo del 2011. Esa noche tres personas presentan sus libros en un café no muy distante de La fontana de oro. Han decidido compartir las alegrías igual que comparten la desdicha. Trabajan en una histórica librería del centro pero desde hace siete meses apenas han recibido sueldo alguno. Esa noche, con un pequeño adelanto que arrancan al editor, acaban tarde, a la hora en la que el cielo clarea y los que se recogen se mezclan con los que van a trabajar, que por las fechas van siendo cada vez menos.

En Sol lleva sucediendo algo desde hace unos días, una multitud ha ocupado la plaza y, por entonces, aquello ya ha tomado aspecto del campamento de los niños perdidos. Los carteles con ocurrentes lemas empiezan a sustituir a las lonas publicitarias, han surgido unos plásticos azules que seccionan los espacios con diferentes funciones, la policía vigila con distancia y cautela, tras una desastrosa operación de desalojo que no ha hecho más que multiplicar a los allí congregados, que discuten con diferentes palabras pero exactamente de los mismos temas que los protagonistas del libro de Galdós 200 años antes. Aunque algunos lo intuyen, la mayoría no se imagina que aún queda lo peor. Tres, cuatro años, en los que el pueblo se vuelve a manifestar sin previa designación de puestos en ningún boletín, contra otro felón, esta vez vendido a algo llamado la Troika.

El nudo de esta historia sucede ayer mismo, 16 de mayo de 2017. Álex Portero, una de las tres personas del párrafo anterior, vuelve a presentar libro, La habitación de las ahogadas. Una audiencia se congrega en otro bar del centro de la misma ciudad. El poeta ha cambiado y ya no aparece con ropa oscura aunque formal, esta vez se transmuta en un sacerdote de alguna religión olvidada del Creciente Fértil. Invoca palabras que conmueven a los presentes. Me quedo con un verso: “Tan triste como besarle los pies al mentiroso o al torturador”.

Más tarde me encamino por calles que conozco mejor que mi anatomía, por las que anduve cientos de veces, algunas alegre, otras extenuado. Es extraño volver a los sitios que te pertenecieron pero que ya no son tuyos, es como andar por un decorado donde temes siempre encontrarte con un fantasma que se parezca a ti. Me pongo la Musica notturna para atenuar la sensación de vacío y comienzo a pensar en qué es la normalidad y qué lo excepcional. Nadie diría que en esta ciudad, en este país, pasa nada extraño, pero esa misma tarde el enésimo caso aislado de corrupción se ha destapado dejando al aire las vergüenzas de una corte procaz, corrupta e inútil. Terrorismo de autor, un colectivo de cineastas sin rostro, ha estrenado La gran ilusión, una pieza que me ha agitado por enlazar, una vez más, con una serie de referentes que son los que te mantienen en pie cuando todo flojea. Al final, una conversación cierra una reflexión de diez minutos sobre la normalidad:

-Ahí tienes tu acontecimiento.
-¿Dónde? No veo que pase nada.
-Por eso mismo, el acontecimiento es que no hay acontecimiento, amiga.
-¿Ni siquiera que uno de esos pescadores saque una bota del agua, o un cocodrilo?
-Ni siquiera, amiga. Así de sencillo: como ver crecer la hierba, como este falso Super-8, o como la naturalidad con que se normaliza hoy el fascismo.

Al llegar a Sol, llena de gente pero sin gente, miro al edificio que preside la plaza y me vuelvo a acordar del verso, porque ahí hubo torturadores y ahí hay hoy mentirosos. Siento una arcada porque casi huelo sus pies. En ese momento Boccherini ha llegado a la retreta, que es cuando su composición alcanza, no sé si en una interpretación personal, un aire de confianza en el progreso, en que nada se detiene, en los múltiples inicios. Leo las palabras del pronunciamiento de la Revolución Gloriosa de 1868:

“Españoles: la ciudad de Cádiz puesta en armas con toda su provincia niega su obediencia al gobierno que reside en Madrid, segura de que es leal intérprete de los ciudadanos y resuelta a no deponer las armas hasta que la Nación recupere su soberanía, manifieste su voluntad y se cumpla. Hollada la ley fundamental, corrompido el sufragio por la amenaza y el soborno, muerto el Municipio, pasto la administración y la hacienda de la inmoralidad, tiranizada la enseñanza, muda la prensa…”.

Esta historia aún está buscando su final. No puede ser escrito porque no ha sucedido. Dense prisa, estamos impacientes por teclear uno.

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Carolina León: “A raíz del 15-M aprendimos a vincularnos de un modo nuevo”

La periodista Carolina León. Foto: María Castelló

Carolina León es periodista, activista en diversos frentes y librera. Acaba de publicar Trincheras permanentes en Pepitas de Calabaza, un texto en el que reflexiona e investiga sobre los cuidados. Trata de visibilizar la retaguardia invisible y nada reconocida. Una retaguardia, unos cuidadores, de los que luchan, y que a la vez están en lucha por sus derechos, así como para salir del olvido e “integrar lo personal en lo colectivo”.
¿Qué entendemos por los cuidados?
Los cuidados son todas las tareas de atención a las necesidades materiales que permiten la reproducción de la vida -desde la limpieza a la cocina-, pero también el afecto y la mirada con el otro. Todas las acciones a menudo pequeñas, ínfimas, que permiten a los individuos estar y ser y actuar en lo político.
¿Quién cuida?
Básicamente los cuidados son algo que realizan mujeres, tanto si los miras en su práctica privada (de familia) como si miras en los colectivos. Existe una estructura muy arraigada de asignación del trabajo reproductivo en las mujeres y somos nosotras quienes lo acogemos con naturalidad o con resignación. Las mujeres tienen que pelear el compartir esas tareas ya que tienen (tenemos) que superar automatismos y cuestiones materiales (el empleo más débil, el de menor remuneración y el de jornadas parciales es eminentemente femenino. Creo que ese “problema” dejaría de plantearse progresivamente si asumiésemos que no se trata de cuidados hacia los “dependientes”, si cambiase por algún milagro el estatus que tienen las tareas tradicionalmente asociadas a lo “femenino”.
¿Qué tiene que ver con el género y la clase?
Todo. Las que llegaron a puestos de responsabilidad, por ejemplo, subcontratan las tareas directas con niños o ancianos o para la limpieza de la casa, y eso es trasladar el “problema” a otra clase, por mucho que lo pagues. En la nevera tengo un imán en el que se ve a una parejita heterosexual, marido y mujer, y ella le dice a él “Oh, lo siento, debes estar confundiéndome con la criada que no tenemos”. Eso me recuerda a diario el feminismo blanco que no ha visto más allá de sus narices: los cuidados son ineludibles, nos atraviesan a todos y a todas aunque los neguemos, y podemos encontrar soluciones (públicas, cada vez menos, o privadas) que sean medianamente dignas.
¿Qué relación hay entre los cuidados y la política?
Esa relación se da cuando nos activamos y organizamos, colectivamente, para transformar en algo nuestro mundo, para poner en marcha movilizaciones, protestas, acciones o para generar comunidades. Vivimos en grandes núcleos urbanos en los que el “vínculo” es extremadamente difícil, visto que estamos en celdas unifamiliares y los tejidos asociativos escasean. Todavía en esta parte del mundo sin embargo es posible “vincularse” y eso para mí fue producto del 15-M. Así, después de los años en que perseguí este asunto, los cuidados son parte de la política cuando ésta se permite hacer ingresar las vulnerabilidades privadas y particulares en sus formatos de organización.
¿Aprendimos algo en relación al otro, somos más “cuidadanos” a raíz del 15-M?
Creo que aprendimos a vincularnos de un modo nuevo. Éramos desconocidos, muchas veces, en nuestros propios barrios, no mirábamos a los problemas de al lado. Bajamos a Sol, si estabas en Madrid, pero luego siguieron las plazas de cada barrio y los colectivos de cercanía, y muchos decidieron que eso no iba con ellos, pero muchos otros se han mantenido activos, conectados, a la escucha. Los centros sociales han sido importantísimos también en ese post-15M.
Cuidar -más aún cuando se hace sin remuneración- parece un acto subversivo hoy en día.
¿Por qué no habría que remunerar los cuidados? O, al menos, darles un lugar de reconocimiento semejante al del que escribe los discursos. Sí, cuidar porque sí, por compromiso, por voluntad, saltándose los estereotipos, es un acto político. Todo lo que sea salirse de los márgenes y los condicionamientos, es acción, y ofrecerse voluntariamente, sin ser un familiar directo, para pasar unas horas con un niño y que la madre se dé un paseo es algo que cambia cosas.
¿Y si se remunerasen las faenas del hogar? 
Hubo una reivindicación en los años setenta que consiguió cierta potencia, un movimiento llamado “salarios para el trabajo doméstico”. Aquellas feministas (italianas, pero también norteamericanas y de otros lugares) pensaban que “salarizándolas” se conseguiría que tuviesen un valor, que fuesen hasta apetecibles. A veces salen estudios que cifran en millones de euros lo que no se paga por las tareas domésticas que se resuelven en lo privado. No sé si el salario es la solución, porque ahí ya hace tiempo que entra la externalización, tratarlas como un servicio, y otra vez el problema cambia de “clase”. Lo que está claro es que esas “faenas” deben dejar de asignarse en una parte de la población.
Las mejoras en temas de cuidados pasan por la organización.
En el libro, entre otros casos, hablo sobre Territorio Doméstico: desde hace diez años, estas mujeres, casi todas migrantes, se organizan para reivindicar mejores condiciones, salarios y derechos para sus empleos. Muchas de ellas son internas en casas del norte de Madrid, por ejemplo. La disposición social de los cuidados en nuestra sociedad hace que, cada una a solas, sea muy débil (muchas veces están sin papeles y sujetas a esa extorsión), pero poniéndose en relación unas con otras consiguen herramientas para la lucha. Son poderosísimas, y lo saben.
¿Luchando se cuida o cuidar es otra forma de luchar?
El sentido común es que te cuiden en casa y que tus problemas los sepan los tuyos. Sin embargo, ambas cosas son trincheras permanentes: hay organizaciones políticas que producen cuidados por sí mismas, por su misma existencia que permite a sujetos inesperados ser parte de lo común; y hay cuidados que son políticos en cuanto no son naturalizados. La política es un lugar de activación de subjetividad cuando sale de cuerpos precarios que se reconocen iguales en sus diferencias, eso conlleva una mutualidad de cuidados. Y cuidar uno mismo y una misma, a los que dependen y a los que no, tal y como están las cosas, puede surgir de un compromiso activo, de un posicionamiento, y es fundamentalmente político.

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Una historia de indiferencia y esoterismo

Coca Cola, Fuenlabrada I La Marea

Sábado por la noche, ciudad de Nueva York. Un cocinero de 36 años llamado Jared Neid coge el metro después de acabar su turno de trabajo. Nota algo raro en las caras del resto del pasaje, pronto advierte lo que ocurre. El vagón del suburbano está lleno de pintadas nazis y cruces gamadas. Una mujer, sentada bajo una de ellas, al percibir su estupefacción le mira y dice en alto lo que piensa: “Son absolutamente horribles. ¿Crees que las podríamos borrar de alguna forma?”. Neid recuerda que en la pizarra donde apuntan las comandas borran lo escrito con toallitas higiénicas y pide al resto del pasaje que miren en sus bolsos y abrigos. Al instante la mayoría de los viajeros se ponen manos a la obra y en un par de minutos las pintadas han desaparecido. El suceso es fotografiado por otro ciudadano que vuelve a su casa tras cenar con unos amigos. Esa noche lo sube a sus redes sociales. A la mañana siguiente medio millón de personas lo han compartido. El lunes la noticia es recogida por los grandes medios estadounidenses.

Es difícil saber cuánto tiempo llevaban esas pintadas en el vagón de metro. Imaginemos que un par de horas, tiempo suficiente para que varios cientos de personas tomaran ese transporte y las vieran. Posiblemente a la mayoría no le gustaron, pero nadie hizo nada. Tomaron una actitud indiferente respecto a las mismas, hicieron como que no existían, miraron para otro lado. De hecho, los mismos viajeros que procedieron a borrarlas iban por el mismo camino. El cambio, el impulso civilizatorio, llegó de la mujer y el cocinero que decidieron romper su indiferencia, que supieron ponerse del lado de la dignidad. Dos elementos tomaron parte en su actitud. El primero fue compartir la idea común de que aquellas pintadas no eran admisibles, el tener claro un consenso básico en torno a una irrupción que no esperaban pero a la que hicieron frente. El segundo fue el convertirse en individuos políticamente activos, al menos en ese momento, cosa que quizá no habían hecho nunca.

Lo político, es decir, las acciones conscientes que tomamos en la vida en sociedad, tiene lugar constantemente pero rara vez es percibido como tal. La política ha quedado reducida a una doctrina esotérica, a una sección en el informativo, a un ejercicio retórico en un edificio custodiado. Se limita lo que es de todos a una liturgia sacerdotal, que como todas está pensada para impresionar pero para que resulte incomprensible, hermética y exclusiva. Sucesos como el del metro de Nueva York se tienden a tratar desde una perspectiva ética, apelando a la valentía o cobardía del individuo, a su compromiso con una serie de valores. Pero rara vez se enfocan desde el punto de vista de la ruptura entre el dejarse hacer y el hacer, entre el cambio que supone pasar del mero espectador de la violencia cotidiana a tomar el libreto y escribir las líneas de diálogo necesarias para combatirla.

La separación entre representantes y representados, entre expertos y legos, entre profesionales de la cosa pública y sus administrados no es una cuestión técnica, procedimental, un mero problema de posiciones. Fue paradójico ver cómo en 2011, en pleno trayecto de la indiferencia a la acción, muchos debates giraban en torno a las técnicas para hacer la política más accesible. Mientras que ya se estaba haciendo política se pensaba en cómo se iba a hacer lo entendido exclusivamente como política en un futuro, porque la separación, la costumbre, mediaba poderosa entre los congregados en las plazas, y lo que era un pleno ejercicio ciudadano, cívico, pasaba a tomar la etiqueta de protesta, en un juego mutuamente aceptado entre los que eran señalados y los que señalaban. Por eso, entre otras cosas, hoy las plazas están vacías y la participación tecnófila sirve para elegir las plantas de los parterres en los ayuntamientos del cambio.

El gran triunfo de la reacción conservadora que se inició a finales de los 70 del pasado siglo no fue librar un combate de ideas donde por mayor pertinencia o acierto práctico ganaron las suyas. Eso nunca sucedió. El gran triunfo fue separar la política de la vida diaria de las personas, haciendo coincidir sus intereses con un mero ejercicio de supuesta gestión y las resistencias de los gobernados con actos de radicalidad que venían a turbar el normal devenir de la vida en sociedad. Una forma determinada de hacer política, aquella que favorecía los intereses de unos pocos, pasaba así a ser la única forma de hacer política, de ser políticos. Una semilla de totalitarismo que asumía de forma exitosa las formas electorales convirtiéndolas en un proceso de resultado controlado, que cerraba la sociedad a su propio fin último, la vida común consensuada, para convertirla en un conglomerado de recursos, transacciones y algoritmos.

Por eso, y no por una maldad intrínseca de un individuo, el pasado sábado en el metro de Nueva York alguien escribió en un vagón que los judíos pertenecían al horno. Por eso, cuando la afición del Rayo Vallecano rechaza que su equipo fiche a un jugador declaradamente nazi, se les sitúa como los que alteran el orden razonable de las cosas y no como unas personas actuando de manera cívica ante unas ideas que atentan contra la civilización. Por eso cerrar una empresa, aun dando beneficios, para especular con el trabajo es una inteligente diversificación de sus activos y la resistencia de los empleados por proteger el trabajo, que es suyo pero de todos, es la necia actitud de quien no quiere evolucionar con los tiempos. Por eso al director de cine que tiene un ojo atento con el presente se le dice que es un cineasta comprometido y a quien está comprometido con los valores hegemónicos tan sólo factura películas de entretenimiento sin carga ideológica alguna. Por eso ustedes leen prensa alternativa mientras que su jefe lee prensa a secas. Por eso echar a la gente de sus casas es un suceso cotidiano y tratar de impedirlo un acto radical. Por eso si las mujeres son asesinadas por su pareja tan sólo mueren y si se deciden a volverse políticas, esto es, feministas, pasan automáticamente al ámbito de lo despreciable.

A menudo se discute el cómo hacerlo, el cómo cambiar aquello que a muchos nos resulta intolerable. Y en el proceso se llegan a unos grados de especificidad de la propuesta que alcanzan el absurdo. No se discute sobre ideología en términos de un gran relato, que parece desaparecido y huidizo, sino de tácticas que no acaban siendo más que el refugio de identidades frágiles cuando no de intereses mezquinos. No es una cuestión de falibilidad de los dirigentes, de conspiraciones palaciegas, de miras demasiado cortas y siempre excluyentes, no en último término. Lo es sobre todo de ese proceso en el que la política vuelve a donde creemos, ya por costumbre, que debe estar. No en la acción diaria sino en el sumidero de palacio. Quien entre en política con ánimo de revolucionarla no puede contentarse con reproducirla, con fotocopiar las instrucciones de uso que ya estaban dentro de la máquina.

No esperen permisos, oportunidades, grandes ocasiones. No esperen que las grandes avenidas se llenen para sumarse. Desde que ponen un pie en la calle, cada mañana, forman parte de algo más grande que las fronteras de su propio yo. De algo sobre lo que tienen una responsabilidad para que no permanezca por más tiempo secuestrado. No sean indiferentes o perderán incluso la posibilidad de serlo.

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