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La España que deseo

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No soy nacionalista. Ni vasca ni española. Igual no lo soy precisamente porque soy vasca, porque llegué a la conciencia política en un contexto en el que la nación, tanto vasca como española, significaba para mí una especie de pozo negro donde fermentaban el odio, la polarización y la violencia. Me crié en un ambiente en el que España era los GAL, la guardia civil de los controles de tráfico, los “maderos” que nos sacaban a tortas de los bares. España era la monja bigotuda de mi colegio que se negaba a llamarme Edurne porque era un nombre vasco. España era el imperio que celebraba el quinto centenario del “descubrimiento” de América sin reconocer el genocidio indígena. España era lo peor. No nos acordábamos ni de Lorca ni de Miguel Hernández, ni de Durruti ni de Federica Montseny. En nuestro imaginario —o en el mío, solo debería hablar por mí— los españoles admirables lo eran a pesar de sus orígenes. O lo eran porque se rebelaron contra la España carpetovetónica, la que va de los Reyes Católicos hasta el Caudillo y sus herederos. Euskal Herria, la otra nación, tampoco me resultaba mucho más atractiva: era la Arcadia por la que algunos estaban dispuestos a matar. Con eso bastaba.

Ahora soy consciente de las limitaciones de mi visión polarizada, tanto de la nación española como de la vasca. Aun así, sigo creyendo que esa España carpetovetónica existe. Es la España inmovilista, la monológica, la que mira entre el desprecio y el odio cualquier demostración de diferencia, la que está dispuesta a sacar los tanques en defensa de una constitución fallida y defectuosa. Es la España que se aferra a una legalidad que parece escrita no por seres humanos, con las limitaciones propias y de su contexto histórico, sino por un dios omnisciente que ha marcado su ley en unas tablas sagradas invariables, eternas, irrevocables. Es la España que cuando se habla de la dispersión de presos dice “que se jodan”, la que piensa que si a un detenido le torturan, “algo habrá hecho”.

Es la que no reconoce el feminicidio ni ampara como debiera a las mujeres y niños víctimas del abuso, la que cuestiona la ley de matrimonio homosexual. Es la que condena con la cárcel a gente que cuelga un chiste en Twitter pero se calla, cómplice, cuando un torero enarbola la bandera con el aguilucho franquista o cuando un cura dice desde el púlpito que con Franco se vivía mejor. Es la que defiende que desenterrar a los muertos de las cunetas y devolverlos a sus familiares en duelo eterno significa reabrir la herida de la Guerra Civil. Es la que cierra sus puertas a los refugiados, la que dice que se queden en sus casas si no se quieren morir ahogados en el mar. Esa España existe, no es minoritaria, vota en las elecciones, elige a sus representantes. A esa España yo no la quiero.

Pero sé que hay otra España, una con la que se podría construir la que yo deseo. No soy politóloga ni abogada ni juez. No sé qué mecanismos se pueden crear para mejorar la Constitución ni cómo habría que cambiar las leyes para poder desarmar a esa otra España ruin. Para sentirme ciudadana en este país, para aceptar a España como una nación con la que me siento identificada, que reconoce mis derechos y mi diferencia, tendrían que cambiar mucho las cosas.

Yo quiero una España en la que hablar en lengua propia, ya sea el catalán, el gallego, el euskera, el bable o cualquiera de los idiomas o dialectos que pueblan nuestro Estado, no sea objeto de linchamiento colectivo, como vimos a cuenta de las comunicaciones de los Mossos durante el atentado de Barcelona. Una España que reconozca los errores históricos y que se empeñe en acomodarse a los nuevos tiempos, a las necesidades políticas, económicas y afectivas de sus ciudadanos de las periferias. Una España que penalice el feminicidio pero no la libertad de expresión, solidaria con los más desfavorecidos de dentro y de fuera. Me llamarán ingenua, adanista, pero me da igual. A mí me han preguntado qué España quiero, no qué España creo que sea posible. El deseo a veces es incompatible con la realidad, pero sin deseo tampoco hay futuro.

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Los cuentos son (también) para el verano

El turista accidental | La Marea

Harkaitz Cano (Lasarte, 1975), ha publicado en Seix Barral una colección de cuentos titulada El turista perpetuo, traducción del propio autor de Beti Oporretan (Susa Literatura, 2015). No sé cómo de difícil será traducirse a sí mismo, cuándo un autor se podrá dar por satisfecho con su propia traducción, cuánto tendrá que controlarse para no estar exprimiendo las posibilidades creativas de la traducción hasta el infinito. En este caso el resultado es una colección de cuentos cuya tónica general es un lenguaje exquisito y cuidado, una rica variedad de voces narrativas y una serie de temas que van desde el verano como ese gran espacio temporal para el descubrimiento hasta una peculiar Angela Merkel saltando de capó en capó en un macroatasco automovilístico.

El tema común de todos los cuentos es, de una forma directa o indirecta, las vacaciones de verano… o algo parecido. Pero no se crea el lector que son cuentos para saciar la sed de nostalgia de Verano azul o algún subproducto televisivo de aquellos horrorosos años. No hay historietas de adolescentes y, si las hay, nada tienen que ver con el consumo de nostalgia ochentera tan de moda en estos días. Sus relatos pueden estar relacionados con un lugar o una actividad vacacional que resuena a isla, a Mediterráneo, a piscina de veraneo, a río en la montaña, pero en el fondo nos están hablando de otras cosas: de la muerte, del descubrimiento del sexo como algo vergonzoso, de difíciles relaciones familiares, de pasiones que ya no son lo que una vez fueron. En otros cuentos, Cano aprovecha el evento de la vacación —un puente del 1 de mayo— para narrar un adulterio y una relación entre hermanas en las que se entromete ETA, o un destino exótico —un safari— para mostrar el grado brutal de corrupción moral de un ejecutivo de una conocida cooperativa vasca.

En sus relatos de turistas hay playa y montaña, hay Suecia y Marsella, pero también hay crisis social, conflicto político, maltrato, formas inesperadas de violencia. Encontramos en esta rica colección un cuento titulado Boeing 767 en el que Cano despliega su gran capacidad para crear ambientes asfixiantes filtrando la información con cuentagotas. Durante 15 páginas, el autor reproduce, sin ni siquiera un punto y seguido y en el más puro flujo de conciencia, los pensamientos de los ocupantes del vuelo que se estrelló contra una de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Un relato magistral, sin melodrama ni grandilocuencia, a veces con un atisbo de humor y al mismo tiempo sin ninguna ligereza.

Cano muestra en varios relatos su ya consagrada capacidad de contar sin desvelarlo todo, dejar espacio a sus lectores para la intuición y el juego, para desarrollar su imaginación a partir de lo que nos dan sus narradores. Su uso de la elipsis y los silencios en La piscina, El río o Las llaves de casa permite una lectura activa, construyendo el relato con los retazos que van tejiendo los narradores que, en algunos casos, son también los protagonistas. Además, en esta colección hay también lugar para la extrañeza, como en el delirante Danubio mecánico (no puedo describirlo, más allá de la imagen de Angela Merkel saltando de capó en capó… hay que leerlo), el inquietante Sapore di sale o en el oblicuo Aullad, estrellas.

He disfrutado con cada uno de estos relatos. Algunos me han sobrecogido (El río, un cuento de un niño frágil y vulnerable), otros me han hecho sonreír (Ikea Crucifixión… ¡ay, la sorpresa con la que se encuentra ese pobre periodista, atormentado por los celos hacia el dildo de su novia…!), otros me han entristecido (La llave de casa, una historia sobre el maltrato machista). Otros, me han parecido un tratamiento original y profundamente humano de situaciones que atañen a lo colectivo (El puente del 1 de mayo o Boeing 767). Más allá de la valoración literaria —en mi opinión, excelente— estos cuentos también recrean situaciones cotidianas, o no tanto, pero de cualquier manera momentos en los que nos podemos ver reflejados, nosotros o nuestras preocupaciones, de tal manera que nos hacen pausar y reflexionar sin dejar por ello de disfrutar el placer de la lectura. Es difícil encontrar colecciones de cuentos sólidas y coherentes, sin rellenos o relatos forzados. El turista perpetuo es, sin duda, una de ellas.

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Perversión normalizada: ‘Sprinters. Los niños de Colonia Dignidad’

En el año 2005 estalla en Chile un escándalo que se venía intentando contener desde el fin de la dictadura pinochetista: el horror de Colonia Dignidad, fundada en 1961 por Paul Schäfer, un alemán que había formado parte de las juventudes hitlerianas. Se desvela todo aquello que se sabía pero que las autoridades chilenas nunca quisieron investigar hasta ese momento: que durante la dictadura de Augusto Pinochet fue un campo de detención y desaparición al servicio de la policía secreta o DINA, que la práctica de violación de menores por parte de los dirigentes de la colonia era sistemática, que se hacían experimentos médicos y psiquiátricos con personas, que tras sus muros se asesinaba gente, que la colonia estaba involucrada en tráfico de armas, y un largo etcétera de abusos, violaciones, prácticas sectarias y despropósitos perversos. En 2005 Schäfer es detenido en Buenos Aires y extraditado a Chile, donde es condenado a cadena perpetua por abusos a 25 menores de edad. Muere cinco años después en prisión, sumando más cargos. La colonia sigue operativa hoy bajo el nombre Villa Baviera.

En Sprinters: Los niños de Colonia Dignidad (Hueders, 2016), Lola Larra (Santiago de Chile, 1968) indaga en esta historia a través de una propuesta narrativa múltiple: la elaboración ficticia, el testimonio, la crónica y el story board de un guión (ilustrado por Rodrigo Elgueta). Estas formas diferentes de representación e investigación se complementan entre sí, planteando un diálogo entre ficción y no ficción que enriquece la comprensión de un trauma colectivo centrándose en cómo ese trauma afecta al tejido íntimo de sus protagonistas. La narradora, que es periodista y escritora, cuenta en primera persona el proceso tanto de investigación como de elaboración de esas averiguaciones en forma de guion de cine. Ella encarna al testigo que ha vivido fuera de la violencia de la Colonia, pero que ha sido rozada por ella a través de su relación con varios de sus habitantes y de su creciente obsesión por las atrocidades que allí se cometieron, particularmente contra los “sprinters”, que eran los niños elegidos por Paul Schäfer para satisfacer sus deseos. Desde ese punto de vista del testigo, la narradora investiga, elabora el relato que teje el guion y nutre el texto con testimonios y cartas de personas reales que se fugaron de la Colonia y que denunciaron los abusos que se cometieron allí. A través de su narración y de su relación con Lutgarda, una colona muy peculiar que sigue dentro, nos introduce en la vida interna de la Colonia, completando con la imaginación aquello que la historia es incapaz de mostrar.

En el libro se narran algunos de los abusos mencionados, que son de sobra conocidos por todo aquel que sepa un mínimo de la historia de la Colonia, pero no es un libro de denuncia al uso, donde el lector se ve enfrentado repetidamente al horror. Este libro presenta las secuelas íntimas, tanto del testigo que se enfrenta a una tarea tal vez demasiado exigente como de la víctima que a veces ni siquiera es consciente de que lo es. La testigo/narradora es un personaje complejo, que se debe enfrentar a la responsabilidad de crear una historia (su guion) sobre un tema que le resulta a veces insoportable, que la obliga a luchar constantemente contra su impulso de huir y que le plantea cuestiones éticas fundamentales. ¿Cómo contar la historia de Colonia Dignidad a través de la ficción? ¿Dónde están los límites de lo que se debe mostrar? ¿Cómo hacer justicia a las víctimas sin regodearse en lo escabroso? 

El personaje de Lutgarda, una mujer endurecida por sus condiciones de vida, sufre también su propio proceso de (auto)conocimiento. Sin desvelar nada de su historia, sí puedo decir que su rasgo principal es que ha normalizado la violencia de la Colonia y por ello ni siquiera se piensa a sí misma como víctima. Hace poco escribía sobre la novela La cuadra, de Gilmer Mesa, que una de las cosas que más me impresionó fue la naturalidad con la que sus personajes vivían y ejercían la violencia en un barrio de Medellín durante la época más dura de la guerra entre el Cártel y el Estado. La novela de Lola Larra, aunque habla de otro tipo de violencia y esa violencia no aparece de forma tan explícita en su texto, tiene en común con la de Mesa que también está asumida como parte de la vida cotidiana, metabolizada y naturalizada. Para adentrarse en las secuelas de esa normalización ninguno de los dos autores se centra exclusivamente en la narración de los hechos históricos, sino que examinan con las herramientas de la ficción las vidas íntimas de sus personajes. Esto les permite indagar en cómo la violencia constante y normalizada transforma su visión del mundo y su relación con la realidad.

Sprinters es un excelente ejemplo de cómo la elaboración imaginativa de un pasado traumático desde la ficción puede dialogar con los hechos históricos y ampliar nuestro conocimiento, permite asomarnos a  las corrientes oscuras y subterráneas que atraviesan la historia. También, a través de su cuestionamiento ético de ese mismo tratamiento –¿cómo reflejar en la ficción unos hechos tan escabrosos sin caer en la espectacularidad o la  banalidad?– Lola Larra abre un importante debate que no solo atañe a la historia de Colonia Dignidad, sino a cualquier historia de abuso, impunidad e injusticia.

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‘Los caballos de Dios’: los monstruos no existen

Escena de 'Los caballos de Dios'' I La Marea

Los caballos de Dios no es una primicia editorial pero trata de un tema muy vigente en nuestro presente más inmediato. Se publicó originalmente en francés en 2010 con el título Les Étoiles de Sidi Moumen (Las estrellas de Sidi Moumen). Poco después, en 2012, el director marroquí Nabil Ayouch llevó esta novela al cine. Fue traducida en 2015 al castellano para Alfaguara por María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, y en mayo de 2016 alcanzó a su tercera edición.

Las caballos de Dios tiene como punto de partida los atentados de Casablanca (Marruecos) del 16 de mayo de 2003, en los que murieron 45 personas, entre ellos los 12 jóvenes que hicieron estallar las bombas que llevaban pegadas al cuerpo. Mientras acababa de leer esta novela, ocurrió el atentado de Manchester, en el que un muchacho de 22 años saltó por los aires matando a 22 personas, algunas mucho más jóvenes que él. Mi primera reacción al ver su fotografía fue preguntarme qué habría llevado a este chico, con aspecto de adolescente a medio hacer y la mirada triste, a cometer un acto así. Los caballos de Dios ofrece no tanto una respuesta —todavía me pregunto lo mismo—, sino una narrativa que ayuda a salir de esa imaginación enquistada que nos impide concebir al terrorista fuera del «arquetipo monstruo».

La novela está narrada por Yashin, un joven de 18 años que se acaba de inmolar en uno de los atentados suicidas de Casablanca. Nos cuenta su historia desde un más allá que nada tiene que ver con el prometido por el imán que le alistó en la yihad. No está en el paraíso rodeado de huríes, pero aun así no echa de menos «los puñeteros 18 años que me tocó vivir». Desde ahí, desde ese vacío en el que Yashin solo cuenta con su conciencia y su memoria, describe sus pocos años de vida en Sidi Moumen, un poblado de chabolas en torno a un vertedero en el que los jóvenes sobreviven escarbando en las basuras y en el que la violencia está normalizada.

Mahi Binebine ofrece un abanico de personajes de esta comunidad depauperada que, no por ser representativos, son planos. A través de la voz de Yashin, conocemos a los «muertos de hambre» que le acompañan en la vida y en la muerte: su hermano mayor Hamid, al que adora y al que sigue los pasos en el vertedero, en el equipo de fútbol «Las estrellas de Sidi Moumen» del que Yashin es portero, y después también en la yihad; Nabil, un joven hermoso y de rasgos femeninos, hijo de una prostituta y del que muchos abusan sexualmente, incluso sus amigos; Fuad, un chaval inestable enganchado al pegamento; Azzi, hijo de un padre abusivo que carga con un pasado traumático; Jalil, un recién llegado de la ciudad al que enseñan las normas de convivencia del vertedero a base de palizas.

En medio de la violencia y la miseria, Yashin y sus amigos encuentran en su equipo de fútbol un espacio donde demostrar el afecto. En este contexto en el que la brutalidad se salpica de vez en cuando con algo de amor y amistad aparece Abu Zubier, un hombre que comparte orígenes con los muchachos, también un pasado de vicios y violencia, pero que vuelve depurado para así ayudar a purificarlos a ellos, empezando por Hamid, el líder del grupo.

El proceso de conversión dura apenas dos años, pero dadas las condiciones en las que vive el grupo de amigos, resulta más que verosímil. Abu Zubier y los hombres barbudos que cada cierto tiempo les visitan consiguen trabajos para todos, envían alimentos y dinero a sus familias, les reconfortan cuando pasan momentos duros, les sacan de apuros con la ley. En pocas palabras, les ofrecen todo aquello que el Estado y la sociedad fuera del vertedero les ha negado y todo lo que los infieles occidentales (léase cristianos y judíos) les han arrebatado.

Algunos lectores igual encuentran esta trama predecible. Pero el interés de la novela no está tanto en ella —conocemos desde el principio el brutal desenlace— sino en la representación y elaboración que Binebine hace de la vida de este joven y su comunidad: el humus donde crecen muchos de esos jóvenes cuya fotografía observamos con una mezcla de pena, desconcierto y repulsión cada vez que se comete un atentado yihadista.

El autor intenta meterse en la cabeza de este muchacho de 18 años —sí, un terrorista, un asesino al fin y al cabo— una vez que el daño está hecho. Pero Binebine no se centra en el remordimiento, ni en el arrepentimiento ante el dolor causado —aunque haya momentos en el que se hable de él—, sino que a través del recuerdo de la vida del personaje indaga en todos aquellos aspectos que han podido llevarle a preferir su muerte y la de otros seres humanos a seguir viviendo. Y es en este intento de profundización tanto en la psique como en el contexto del que proviene el terrorista donde está la originalidad y el valor de esta novela.

Con un lenguaje a veces poético, a veces descarnado, el autor nos invita a abandonar interpretaciones simplistas del «terrorista islámico» (el «monstruo» o el «perdedor malvado» que diría Donald Trump), y a adentrarnos en la comprensión de este fenómeno teniendo en cuenta tanto la individualidad de la circunstancia como los contextos históricos, socioeconómicos y culturales en los que se fragua el radicalismo. Los caballos de Dios no justifica la acción del terrorista, sino que confronta, a través de la elaboración imaginativa y el conocimiento del contexto en el que surge esa acción, la pregunta que nos hacemos todos: ¿por qué?

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‘Los Cinco y yo’, de Antonio Orejudo: mucho más que entretenimiento

'Los Cinco y yo', de Antonio Orejudo.

Es frecuente escuchar a Antonio Orejudo hablar de la literatura como forma de entretenimiento. Lo ha dicho en más de una entrevista, en más de una presentación: leer es lo que hacemos en nuestro tiempo de ocio y, por tanto, no podemos pretender que la literatura sea más que eso: una distracción. Sus novelas son, en consecuencia, entretenidas: su peculiar sentido del humor, sus tramas sorprendentes, su espléndido manejo del lenguaje, sus estructuras aparentemente sencillas, todo hace que sus novelas —Fabulosas narraciones por historias, Ventajas de viajar en tren, Un momento de descanso o incluso la más densa Reconstrucción— resulten lecturas que confirman su visión de la literatura: son amenas y entretenidas. Pero por mucho que Orejudo nos quiera convencer de que la literatura es solo eso, la suya es mucho más. Cualquiera de sus novelas mencionadas y la nueva Los Cinco y yo (repite en Tusquets) no solo nos deleitan. Con su humor incisivo, un análisis siempre agudo del mundo a representar, con sus juegos entre realidad y ficción, sus personajes desconcertantes y con una visión peculiar y casi siempre ácida del presente y del pasado, Orejudo ahora, como siempre, nos da herramientas para la reflexión, la crítica y también el descubrimiento.

En Los Cinco y yo Orejudo nos presenta a un narrador, Toni o Toñito con un apellido que empieza por O, que nos cuenta en primera persona sus recuerdos de infancia y adolescencia como parte de la generación del baby-boom, esa generación que desbordó los colegios y que alcanzó su pico hormonal en el momento del destape, también de la heroína. Es esa generación que, según el narrador, ha pasado por la historia sin actuar sobre ella, que llegó demasiado pronto a la Transición y demasiado tarde al 15-M. Una generación pasiva y acomodaticia. A la muerte de Franco, «los que se hicieron con las riendas del país tenían entonces la edad de Cristo. Nosotros, que acabábamos de cumplir diez, once o doce años, teníamos la edad de Los Cinco».

Toni cuenta cómo con ellos descubrió el placer de la suspensión de la incredulidad, el encanto de sumergirse en la ficción de tal manera que todo era posible dentro de ella. En Los Cinco y yo Toni O. enlaza su biografía con la historia de Los Cinco y lo que llegarían a ser esos cuatro chavales cuarenta años después (el perro, como se comprenderá, no da para tanto). Y esa historia futura que nos cuenta Toni es en realidad la novela After Five, escrita por un «gordito pedante» que no es otro que un personaje llamado Rafael Reig (sí, como el escritor de verdad). Precisamente es la presentación de After Five, el bestseller de Reig, lo que sirve de pie para el arranque de la novela. «A los cincuenta», dirá más tarde el narrador, «tocaba mirarse en el espejo de estos personajes y preguntarse qué había sido de aquellos chicos con la misma curiosidad con que uno se preguntaba en las fiestas de viejos compañeros de colegio qué había sido del Manguas o del Búfalo». Así, los personajes que Toni nos presenta como parte de su vida (el Manguas y compañía), se reflejan en los personajes creados por Enid Blyton, y en su continuación cuarenta años después en la novela de ese Rafel Reig de ficción. ¿Me siguen? 

Así que parodia, juegos de guiños autobiográficos y referencias a colegas literarios, metaficción, ficción sobre ficción, mucho humor y una narración endiabladamente inteligente. Y, sin embargo, la novela también destila cierta tristeza. Decía hace poco en su blog José Ovejero que «en realidad, el humor en la literatura española es casi siempre triste porque el tema central suele ser la derrota, individual o social; así es en el Quijote, así es en buena parte de la picaresca, así es en Orejudo, en Reig…». Y efectivamente así es en Los Cinco y yo. Las referencias a la derrota, al fracaso, impregnan toda la novela y aunque siempre se tiñen del humor ácido característico del autor, a veces la acidez vence: el niño apocado que ansió el reconocimiento de sus pares y nunca lo consiguió, que creció tarde y tuvo que compensar su falta de encanto con mucho sentido del humor, el escritor que ya no escribe, que ha dejado al menos ocho proyectos sin acabar o sin empezar (por desidia, por desinterés, por…), la fiesta de cincuentones en la que todos se miran contemplando el fracaso ajeno. Y, sobre todo, el fracaso colectivo de esa generación pasiva, de la que el narrador hubiera querido escribir una obra titulada Elogio de la mediocridad, pero tampoco entonces encontró suficientes alicientes para hacerlo.

Los Cinco y yo no solo habla de la generación de Orejudo, también de la de sus padres y lo hace con mucha ternura. Habla de esos progenitores incansables nacidos durante la guerra civil o la primera posguerra que salieron de sus pueblos y se fueron a las grandes capitales, llevando con ellos todos sus miedos y recelos, también su sentido común y su ética del trabajo, de la dignidad. Es esa madre para la que leer era «coger un libro» o que se moría del susto cuando su hijo llegaba tarde a casa y se lo dejaba saber a zapatillazo limpio; o ese padre estricto con las horas de sueño y coleccionista de fascículos, que inculca en Toni sus dos virtudes esenciales: «la disciplina y la fuerza de voluntad». ¿Y hay nostalgia en todo esto? Ninguna. La tristeza no añora un pasado idealizado, sino que nace de la certeza de lo no realizado, es decir, de todo aquello en lo que se fracasó. Por eso, si se toma en serio, esta tristeza es mucho más dolorosa que la nostalgia.

Los Cinco y yo explora otros temas que dejo en el tintero para descubrimiento y placer del lector o lectora. Y sí, es cierto: es una novela que se lee ágilmente y entretiene, estimula el cosquilleo de la risa y, sobre todo, deslumbra por su inteligencia.

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‘Europa’, de Cristina Cerrada: cuando la vida deja de serlo

Un pueblo, una fábrica, un tren, un campus devastado. Heda, el Padre, Vanÿek, Pamuk, Schultz, personajes de nombres lejanos y vidas marcadas por la violencia. Un recuerdo dominante e inaprensible. Un asesinato. Una huelga. Un romance sórdido. Estos son algunos de los ingredientes que conforman Europa, la nueva novela de Cristina Cerrada que publica Seix Barral. En ella, Cerrada nos confronta con las consecuencias devastadoras de la guerra a través de Heda, una joven a la que vemos en tres tiempos: un pasado traumático, un presente hostil al que es incapaz de adaptarse y un futuro (o tal vez un futurible) en el que las lastras del pasado siguen estando presentes. La novela está dividida en breves capítulos que a veces sitúan a la protagonista en diferentes espacios y tiempos, a veces en relación con los personajes que la rodean. La voz narrativa que observa y narra a Heda es certera, despojada de artificio o dramatismo, parca, pero sin llegar a ser fría. Es una voz que se adentra en la opacidad de Heda y nos la va mostrando poco a poco, con toda su vulnerabilidad y sus aristas.

Heda y su familia huyen de la guerra en un país sin nombre y llegan, con otras olas de refugiados, a un pueblo en un país extranjero, frío e inhóspito. Son acogidos por un industrial —Schultz— que les da trabajo en su fábrica: a Heda de secretaria, a su hermano Pamuk en la planta, a su padre, antiguo profesor y escritor, lo contrata como su maestro particular. La madre se encierra en casa, cocina y limpia, teje mientras ve las imágenes sin volumen de la televisión: se niega a aprender el nuevo idioma. Parece que la vida sigue, que los personajes se incorporan a la nueva realidad: Pamuk trabaja en la fábrica y se enamora de una dulce chica local, Ibbet, que no ha conocido los horrores de la guerra, el padre anima a Heda a tratar bien a su jefe, agradecido por las oportunidades que les ha dado, los refugiados se reúnen en la cantina del pueblo y cantan canciones de su país. Sí, la vida pasa, pero no el pasado, no para Heda. Mira a su hermano y no ve al muchacho, sino al brutal soldado que fue no hace tanto; mira a su padre y ve en él la derrota, en su madre el miedo. Y en un trabajador de la fábrica cree reconocer a su verdugo. El pasado es presente para Heda.

Hacia la mitad de la novela aparece esta frase: «Un momento antes todavía era la vida». Nos preparamos para descubrir lo peor, el evento traumático que transformó la vida de Heda, en torno a cuya elipsis se ha ido construyendo la narración. Ya sabemos que ese es el instante del quiebre, el punto en el que la protagonista deja de sentir la vida como tal y se adentra en la pesadilla, un momento sugerido a través de un lenguaje preciso y al mismo tiempo oblicuo que muestra la magnitud del daño sin explicárnoslo. Cristina Cerrada despliega magistralmente un estilo narrativo y un uso del lenguaje que remite a los mecanismos del trauma, a cómo el evento traumático acecha, posee a la víctima, la deja suspendida en el tiempo, incapaz de acceder a una reconstrucción de los hechos coherente. El evento que causa el daño es inaprensible, indescriptible, y al mismo tiempo ferozmente presente, también para el lector.

En la novela hay otros daños: el maltrato de un hijo oscuro hacia un padre débil, el abuso de un hombre de poder hacia aquellos que ya lo han perdido todo, el desprecio por la vida cuando la guerra permite la impunidad. La guerra y sus secuelas sólo pueden generar derrumbe y dolor. No sabemos qué guerra es —sí que es étnica, con lo que irremediablemente pensamos en los Balcanes— o en qué país —tal vez Croacia—, pero estos detalles no importan: la guerra es la guerra. El título apunta que el conflicto es europeo, pero en realidad Europa es una sórdida pensión en la que observamos a la Heda del futuro, en plena lucha por el control sobre su propio cuerpo, tal vez explorando la posibilidad de un amor.

Europa es una historia aparentemente sencilla, pero bajo la parquedad del lenguaje y de las descripciones,  la contención narrativa de una trama reducida a breves escenas y los personajes sucintamente pincelados, reside una novela rica y compleja. Es una historia que desgarra por lo que muestra y por lo que oculta: la ferocidad de la guerra cuyos horrores solo llegamos a vislumbrar, las vidas marcadas por la violencia ejercida y sufrida y, sobre todo, ese estado de trauma perenne de Heda, de todas las Hedas que sobreviven a la destrucción de lo que en algún tiempo remoto pensaron que era la vida.

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‘Clavícula’, de Marta Sanz: una poética de la fragilidad

Clavícula no es una novela, tampoco un ensayo ni una autobiografía. No es un libro de memorias ni un manual de autoayuda. Es un libro híbrido que a veces tiene el tono de diario íntimo, otras la profundidad del ensayo, salpicado de reflexiones lúcidas, anécdotas cargadas de humor negro, relatos de viaje, tiernos correos electrónicos, un poema desgarrador, un cuento juguetón. Es un libro fragmentado y al mismo tiempo con una gran coherencia interna, la coherencia que da la presencia del dolor al proceso de escritura.

La lectura de Clavícula impacta, descoloca, remueve. Por su honestidad. Porque expresa sin ningún tipo de pose ni tapujos, en algunos momentos casi de forma bronca, una fragilidad que surge de sentimientos que normalmente se ocultan o, si no, se disfrazan. Incluso o, mejor dicho, sobre todo, en un tipo de narrativa del yo de la que se despega, con toda su crudeza y verdad, este libro de Sanz. La fragilidad en la que se sumerge Clavícula está relacionada con un dolor físico, real, tan real que a veces llega a borrar la misma realidad. Un «dolor que anula la inteligencia», dice la narradora, y que, incomprensiblemente, se agarra como una garrapata a un espacio vacío de su cuerpo: «el único territorio de la masa corporal donde no hay absolutamente nada y toda la carne es éter y arcángeles». Un médico se lo dice así de claro: «Si te clavara una aguja exactamente en ese punto, llegaría limpia al otro lado». Para ella el dolor es innegable, para los sucesivos médicos de cabecera y especialistas que visita, puede ser nada o todo, imaginario o lo peor.

«Escribo de lo que me duele», responde siempre Sanz en las entrevistas cuando le preguntan sobre sus temas. Clavícula es una nueva vuelta de tuerca. ¿Cómo escribir de un dolor que nadie reconoce como tal, sólo quien lo sufre? Clavícula es una reflexión sobre las muchas imposibilidades de la literatura. Y sobre sus posibilidades. «Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece». La realidad sentida dolorosamente puede ser irreal, ficción. En la tensión entre la incertidumbre de una posible enfermedad imaginaria y la certeza del dolor reside la fuerza de la escritura de Sanz, que ordena, aclara, ata, nombra, araña, apunta, identifica… «La escritura quiere poner nombre e imponer un protocolo al caos». Esa enfermedad que no se refleja en las pruebas médicas se escribe y se hace innegable. Experiencia y lenguaje son indivisibles en la Clavícula de Sanz.

Esta obra no es, sin embargo, una reflexión solipsista sobre el dolor de la que escribe. Su poética de la fragilidad se nutre también de reflexiones —cargadas de humor, frustración rabia, tristeza— sobre las dolencias, molestias y vulnerabilidad psicológica que genera la menopausia: «El estreñimiento es una dolencia de las mujeres menopáusicas. […] Nuestro culo es una caja fuerte. Sin embargo, los hombres plantan pinos como rascacielos de Manhattan». También explora enfermedades femeninas — endometriosis— y otras que afectan casi en exclusiva a las mujeres —fibromialgia— y que son difíciles de diagnosticar. La enfermedad femenina que no se puede nombrar o de la que no hay suficiente conocimiento enseguida se convierte en patología psicológica. Lo que la mujer siente como real y físico, el mundo médico lo ve como una afección psicológica. Ante todo esto, la narradora se rebela: «No soy hipocondriaca. No estoy deprimida. Tengo un dolor. Una enfermedad. Lo reivindico. Me quejo».

Clavícula es un libro que sacude por su aparente impudor al hablar de temas tabú, no tanto por lo transgresores (aunque también), sino por el tratamiento que les da Sanz, en el que la desnudez, la falta de artificio, la sensación de verdad, vulneran esa membrana, esa laminilla con la que todos intentamos esconder nuestras miserias. Sanz nos hace ver que lo transgresor, en un mundo cada vez más sensiblero pero menos sensible, es profundizar en aquellos temas que nos desnudan, porque nos duelen o nos avergüenzan, que nos descubren en nuestra fragilidad. «Mi impudor es mucho más limpio que el panóptico digital», dice Sanz hablando de la estigmatización de la sinceridad. En un mundo en el que se mide la sensibilidad desde la superficialidad más ridícula (caritas con lágrimas en FB como muestra de duelo ante el anuncio de una muerte o vídeos de gatitos salvados por un gorila o cualquier otra estupidez), la autora nos advierte con su obra que la verdadera sensibilidad —la suya— resulta incómoda, medicable, se calma con antidepresivos y ansiolíticos, o se castiga. Y esa sensibilidad exacerbada es la que la lleva a tratar temas como el amor de pareja o el amor a los padres con una ternura conmovedora, capaz de mostrar todas las versiones del cariño. El amor en la pareja: el deseo, el deseo del deseo, el cambio en las relaciones, los cambios en la sexualidad y el afecto, la búsqueda de otro tipo de afectividad y felicidad. El amor a los padres: el respeto al padre, la complicidad con la madre, el miedo a que ellos desaparezcan, la anticipación del dolor —y el duelo— ante su futura ausencia.

Las reflexiones sobre el cuerpo femenino, la madurez, las complicaciones que surgen al aparecer la enfermedad, las relaciones de pareja y de familia no se quedan en autocontemplación. Como en cualquier obra anterior, Sanz está muy anclada en lo social, en las condiciones objetivas de la existencia y por eso muestra también la precariedad del mundo literario, la inseguridad laboral que la lleva a explotarse, el paro de su marido, las limitaciones del cuerpo enfermo y la necesidad de trabajar. Y trenzando todo esto, la culpa. El peso de la culpa por sentirse enferma, por no poder trabajar todo lo que debiera, por ser una carga para sus padres o su marido, por no poder salir del ensimismamiento que le produce el dolor, por defraudar a los que quiere y los que la quieren, por trabajar demasiado y por no trabajar lo suficiente, por hacer demasiado caso a su cuerpo y por no hacérselo, por sentir dolor, ¡hasta por morirse!. Y acompañando a la culpa, el miedo: al dolor, a la locura, a la miseria, a estar enferma, a la muerte propia y de los seres queridos.

Marta Sanz despliega en Clavícula una poética de la fragilidad que marcará un antes y un después en su obra y en eso que se ha venido llamando «narrativas del yo». Su escritura rezuma dolor y verdad. Y sin embargo, como dice ella acordándose de Sarinagara de Philippe Forest, también rezuma vida y posibilidad, catarsis y juego, luminosidad y humor. Escritura «como deporte de riesgo«. Un riesgo que, sin duda, merecerá la pena a sus lectores.

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