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Andalucía no es Castilla de la Frontera

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-¿Qué es Andalucía para usted?

–Desde su conquista por el rey Fernando III y sus sucesores, Andalucía es la parte más meridional del reino de Castilla.

–¿Entonces Andalucía es solamente la parte de una nación que no tiene identidad propia?

–Desde la etapa medieval tiene una clara identidad dentro del reino, de manera que se la conoce como la frontera. Podríamos decir que Andalucía es la tierra de frontera.

–¿Esa situación geográfica marca el ser del andaluz como un individuo fronterizo?

–Más allá del andaluz como tal, que no existe, esa frontera marca la vida de la gente que vive en Andalucía.

Así comienza la entrevista de un diario nacional-católico español a una historiadora cordobesa en defensa de quien pretende amputar a Córdoba el nombre, la historia y la propiedad de su Mezquita. Sus tesis negacionistas son espejo del escudo de la provincia: castillos y leones presididos por una corona con su cruz. Idéntico al del lugar de procedencia de la exministra Tejerina y de sus estudiantes aventajados. Para las dos, Córdoba solo existe como ciudad española a partir de su conquista castellana y católica. Para las dos, parece que nunca hubiera sido capital de la Bética, de la Hispania Bizantina y, muchísimo menos, de Al Ándalus.

Porque para las dos, Andalucía solo es Castilla de la Frontera, un territorio conquistado a los moros donde no viven andaluces ni andaluzas, sino malos españoles que todavía no hemos aprendido a hablar ni rezar como es debido. No alcanzan a comprender por qué somos tan diferentes a los que nos repoblaron con la piel, la religión y la lengua correcta. Para las dos, Andalucía es una falla histórica, el producto de un error inexplicable. Y por eso también nos equivocamos al no votar a la derecha centralista del “a por ellos” y de los que cuelgan banderas de cara al sol.

Mucho me temo que las equivocadas son ellas. Andalucía no es una frontera sin memoria, sino una memoria sin fronteras. Como decía Blas Infante, en Andalucía no hay extranjeros porque nuestra identidad es el abrazo, no la concertina. El mestizaje y no el desprecio a la diferencia. La cultura compartida y no la sangre excluyente. La dignidad del que reparte lo poco que tiene. Y la memoria milenaria que habita en el alma y en la garganta de quienes se negaron a marcharse y olvidar. De ahí que frente a cuantos nos bombardean con insultos y ofensas –"no merece siquiera que le responda", me dijo mi hijo de 14 años tras mostrarle la intervención de Jorge Verstrynge–, la única respuesta cabal sea la de reconstruir nuestra historia mutilada en los colegios y universidades donde, por ejemplo, se siguen ninguneando los nombres de monarcas, filósofos, médicos y mujeres andalusíes. Y si esto es grave en el resto del Estado, resulta imperdonable en Andalucía.

Ningún informe PISA explicará la supervivencia de la cultura morisca o negra en nuestra forma de pensar y sentir; la prisión general del pueblo gitano, segregando a hombres y mujeres para exterminar la especie como ratas; la entrega de suelo andaluz a colonos extranjeros con la prohibición de aparearse con los jornaleros que morían de hambre a su vera… Solo conociendo nuestra verdadera historia comprenderemos por qué lo peor del caciquismo español y lo mejor de nuestras revoluciones se parieron en Andalucía, desde la gloriosa republicana a las manifestaciones del 4 de diciembre. Y de esta ignorancia impuesta y consentida, que aún nos considera Castilla de la Frontera, también es culpable la Junta de Andalucía.

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