Aldea global



Las redes sociales, pese a su aparente radicalismo individual no son origen de inestabilidad, sino fundamentales para la conservación de un determinado equilibrio. Pese a su aparente disposición para el antagonismo, jamás conseguirán poner en entredicho el poder de la especie dominante. 


El cotilleo se conformaba como una inquisición continua y recíproca, espionaje y vigilancia de todos por todos durante todas las horas del día y de la noche

Internet es una antigüedad inmensa construida con cables submarinos. Palabras talladas en fibra óptica en lugar de en las rocas. Nunca se ha escrito tanto en el mundo como hoy. Y la estructura que hace posible esa explosión de la escritura es, precisamente, internet. Las redes producen, principalmente, textos. El código, base de la creación de todo software, puede llegar a ser literatura.
Como analiza Maurizio Ferraris en Movilización total, la esencia de internet es el registro.
Si bien configura un avance tecnológico que, como la mayoría de todos los avances, sería responsable de guiarnos hacia el progreso —en ese sentido que tiene el progreso de que la vida en el futuro siempre será mejor que en el presente—, la estructura y sistema de relaciones sociales que establece internet la define como un regreso a formas de vida primitivas.
La cacharrería electrónica (esos gadgets cuyo espectro va del smartphone a Alexa) puede que sea nueva, pero el aparato que nos gobierna —citando otra vez a Maurizio Ferraris— es antiquísimo. Por revelar la humanidad a sí misma, toda innovación técnica hace que la humanidad regrese a sus orígenes, esto es, que sea más antigua.
Al contrario de lo que pueda suponerse, las redes sociales, pese a su aparente radicalismo individual —una parte considerable del material que circula por las redes sociales es una exhortación mesiánica al nihilismo que confluye en la pendencia, la confrontación y la disputa— no son origen de inestabilidad, sino fundamentales para la conservación de un determinado equilibrio social. Tal como las redes de saneamiento, de electricidad o de suministro de agua de una ciudad, las redes sociales tienen la función de mantenernos unidos. Conectados, se dice.
Para Gabriel Tarde, sociólogo y criminólogo francés de la segunda mitad del siglo XIX, el cotilleo tenía un papel social importante. El cotilleo se conformaba como una inquisición continua y recíproca, espionaje y vigilancia de todos por todos durante todas las horas del día y de la noche. E insistía. Lo que hacía de las grandes ciudades y, sobre todo, de las capitales modernas, focos de corrupción moral y degeneración de costumbres era la ausencia, precisamente, de cotilleo. De ahí la coincidencia: publicar una foto o un post en las redes sociales es, en puridad, una forma de chismorreo. La velocidad de la información reduce el tamaño del mundo. No en vano, se llama al mundo donde vivimos aldea global.
Para la conservación de estructuras estables y previsibles es fundamental que la velocidad de comunicación global (de ahí viene la importancia vital de la velocidad en internet) supere las interacciones locales entre individuos que, por su propia naturaleza, son más intermitentes y convulsas. El hecho de que, cada vez más, la sociabilidad se realice a la distancia y no en la proximidad -lo que conlleva, además, una erosión del espacio- disminuye los niveles de conflictividad -al menos físicos- entre los miembros de una comunidad. Poder acceder a un documento —sea un billete de avión, sea la declaración de la renta— desde cualquier lugar es el corolario de la computación ubicua, en la definición dada por Martin Dodge y Rob Kitchin: la incorporación de los aparatos informáticos en nuestro cotidiano es de tal magnitud que esos mismos aparatos se vuelven invisibles hasta el punto de considerarlos imprescindibles para nuestras vidas.
Según Prigogine, cuanto mayor sea la velocidad de comunicación dentro del sistema, tanto mayor será el porcentaje de fluctuaciones insignificantes que son incapaces de cambiar el estado del sistema. Por eso, cuando se quiera hacer una revolución, lo importante será ir despacio. Principalmente, por lo que respecta a la transmisión de información. Porque los flujos de información son fundamentales para que, al margen de nuestros deseos individuales, actuemos como un todo.
El mismo Prigogine, allá por los años 1970, preguntaba: ¿qué sucedería al sistema democrático si los medios de comunicación permitiesen que cada persona fuese permanentemente consultada sobre los más diversos asuntos por un poder central representativo? ¿Esto no sería la realización de un orden extremadamente estable y conservador?
La reiterada insistencia que deposita en la participación todas las esperanzas de una redención democrática solo contribuye para el mantenimiento de las estructuras sociales que, en un principio, esa misma participación tenía como finalidad modificar. 
Pese a su aparente disposición para el antagonismo, la disidencia y la polémica, las redes sociales jamás conseguirán crear una especie mutante (o fluctuante) que coloque en entredicho el poder de la especie dominante. De ahí que las verdaderas innovaciones sociales provengan de grupos de individuos o, simplemente, de individuos, que están aislados de la sociedad. Que no pertenezcan a las redes sociales. Porque no será internet quien venga a cambiar la historia. Como mucho, la historia se escribirá en internet.
José Ferreira Matos